Capítulo XXVI

1534 Palabras
CAPÍTULO XXVISentado en su silla, el ayuda de cámara cabeceaba atento a los ronquidos del príncipe en su despacho. A través de las puertas cerradas llegaban desde la otra parte de la casa, repetidos por vigésima vez, los complicados pasajes de la sonata de Dussek. Se detuvieron entonces frente a la puerta principal un carruaje y una carreta; del primero se apeó el príncipe Andréi, que ayudó a su esposa y la dejó pasar delante. El viejo Tijon apareció con su peluca en la puerta de la sala, anunció en voz queda que el príncipe dormía y cerró. Tijon sabía que ni la llegada del hijo ni ningún acontecimiento, por extraordinario que fuese, debían alterar el orden. El príncipe Andréi lo sabía también, pues consultó el reloj para comprobar que los hábitos de su padre no habían cambiado desde que se vieron por última vez y se volvió hacia su mujer: —Se levantará en veinte minutos —dijo—. Vamos a ver a la princesa María. La princesita había engordado últimamente, pero sus ojos y su labio sonriente con un leve bozo siempre se alzaba del mismo modo alegre y gracioso. —Pero qué palacio —dijo a su marido mirando con la expresión con que se felicita al anfitrión de un baile—. Allons, vite, vite…63 Miraba con una sonrisa a Tijon, a su marido y al camarero que los acompañaba: —¿Es María quien practica? Vayamos en silencio. Hay que darle una sorpresa. El príncipe Andréi la siguió cortés pero tristemente. —Has envejecido, Tijon —dijo al viejo, que le besó la mano. Antes de llegar a la sala de donde procedían las notas, apareció por una puerta lateral la hermosa y rubia francesa. Mademoiselle Bourienne parecía encantada. —¡Ah! ¡Qué alegría para la princesa! —exclamó—. ¡En fin! Debo avisarla. —No, no, por favor… Usted es mademoiselle Bourienne, la conozco por la amistad que profesa a mi cuñada —repuso la princesa besándola—. ¿No nos espera? Se acercaron a la puerta del salón de los divanes tras la cual se oía el pasaje repetido. El príncipe Andréi se detuvo frunciendo el ceño como si esperase algo desagradable. La princesa entró. La música se interrumpió y se oyó un grito y los pasos pesados de la princesa María y unos sonoros besos. Cuando el príncipe Andréi entró, las princesas, que solo se habían visto con ocasión de la boda, estaban abrazadas besándose en los mismos sitios que alcanzaron en un primer momento. Mademoiselle Bourienne estaba a su lado con las manos sobre el corazón; sonreía encantada, lista para reír y llorar. El príncipe Andréi se encogió de hombros y arrugó la frente como los entendidos en música cuando oyen una nota falsa. Las mujeres se separaron. Como si temiesen retrasarse, se tomaron las manos y se besaron de nuevo; se separaron, se juntaron y repitieron los besos y, lo que asombró al príncipe Andréi, rompieron a llorar sin dejar de besarse. Mademoiselle Bourienne lloraba. El príncipe Andréi se sentía cohibido, pero a ambas mujeres les parecía tan natural llorar que jamás habrían imaginado aquel encuentro de un modo distinto. —Ah, chère…! Ah, Marie…! —hablaron vez riendo—. ¡He soñado esta noche…! Entonces no nos esperabas… ¡Ay! María, has adelgazado… Y has reanudado… —He reconocido de inmediato a la princesa —terció mademoiselle Bourienne. —¡Y yo que no sospechaba! —exclamó la princesa María—. ¡Ah! ¡Andréi…! No te había visto. El príncipe Andréi besó a su hermana estrechándole las manos y le dijo que seguía siendo la llorica de siempre. La princesa María se volvió hacia su hermano y se detuvo en él, entre lágrimas, con la mirada cariñosa, tierna y cálida de sus ojos, hermosos, grandes y resplandecientes en ese momento. La princesa Lisa hablaba sin cesar. El labio superior descendía rápidamente a cada momento y tocaba el rosado labio inferior abriéndose en una sonrisa que brillaba en sus dientes y ojos. La princesa Lisa relató un accidente sucedido en el campo, junto al monte de Spasskoïe y que, en su estado, podría haber sido una calamidad. Entonces dijo que había dejado su ropero en San Petersburgo y que solo Dios sabía lo que se pondría aquí; que Andréi había cambiado mucho; que Kitty Odintzova se había casado con un viejo; que efectivamente había un pretendiente para la princesa María, pero que ya hablarían luego. La princesa María miraba en silencio a su hermano con amor y pesar. Sin duda sus ideas iban por otro camino que las de su cuñada. Durante el relato de las últimas fiestas en San Petersburgo, se volvió a su hermano: —¿Te vas entonces a la guerra, Andréi? —suspiró. Lisa también suspiró. —Mañana —repuso Andréi. —Me deja aquí, y Dios sabe por qué, cuando podría haber ascendido… La princesa María seguía pensando; se volvió a su cuñada y señaló su vientre con ternura: —¿Es seguro? —preguntó. El rostro de la princesa Lisa cambió. —Sí, seguro —suspiró—. —Ah, es terrible… Descendió su labio, acercó su rostro al de su cuñada y lloró. —Necesita descansar —el príncipe Andréi frunció el entrecejo—. ¿A que sí, Lisa? Llévala a tu habitación, yo iré a ver a padre. ¿Sigue igual? —Igual. No sé cómo lo encontrarás tú —contestó alegremente la princesa. —¿Las mismas horas y paseos por las avenidas del parque? ¿Y el torno? —prosiguió el príncipe Andréi con una imperceptible sonrisa reveladora de que, pese a su amor y respeto, comprendía las debilidades de su padre. —Las mismas horas, el mismo torno y las matemáticas y mis lecciones de geometría —sonrió la princesa María, como si la geometría fuese de lo más ameno de su vida. Pasados los veinte minutos que faltaban para que se levantase el viejo príncipe, Tijon fue a llamar al príncipe joven. El anciano hacía una excepción en sus costumbres por la llegada del hijo. Ordenó que fuese llevado a sus aposentos, mientras se vestía para la comida. El príncipe iba a la moda antigua, con caftán y la cabeza empolvada. Cuando el príncipe Andréi entró en la alcoba de su padre con el rostro y un talante sin asomo del desdén y el tedio que expresaba en los salones, sino con la animación que mostraba al hablar con Pierre, el viejo estaba ante el tocador en una butaca de cuero, cubierto por un batín, mientras Tijon se ocupaba de su cabeza. —¡Hola, guerrero! ¿Quieres conquistar a Bonaparte? —dijo sacudiendo la cabeza empolvada apenas lo permitían las manos de Tijon, que le trenzaba el cabello—. A ver si al menos tú le zurras porque, si no, seremos sus súbditos ¡Buenos días! —le ofreció su mejilla. El viejo estaba de buen humor tras su siesta antes de comer. Solía decir que el sueño después de comer es plata, y el de antes es oro. Miraba a su hijo bajo sus cejas espesas y caídas. El príncipe Andréi se acercó y lo besó donde indicaba. No contestó al tema favorito del padre; le gustaba mofarse de los militares del momento, en especial de Bonaparte. —Sí, padre; he venido con mi mujer, que está embarazada —dijo siguiendo con una mirada alegre y respetuosa el movimiento de cada rasgo del rostro paterno—. ¿Cómo se encuentra? —Amigo, solo los tontos y los libertinos arrojan su salud por la borda; tú ya me conoces; me ocupo en algo desde la mañana hasta la noche, soy moderado en todo, así que estoy bien. —¡Alabado sea Dios! —sonrió el hijo. —Dios no tiene nada que ver. Cuenta —añadió volviendo a su tema favorito—. Cuéntame cómo os han enseñado los alemanes a luchar contra Bonaparte según esa nueva ciencia vuestra que se llama estrategia. El príncipe Andréi sonrió. —Permítame, padre, que me recupere —su sonrisa mostraba que las debilidades del anciano no le impedían respetarlo y amarlo—. Aún no nos hemos instalado. —No es verdad —exclamó el viejo sacudiendo su trenza para comprobar que estuviese bien hecha y agarrando a su hijo por el brazo—. Los aposentos de tu mujer están listos; la princesa María la llevará; tienen cháchara para rato, para eso son mujeres. Me alegra verla aquí. Tú siéntate y cuenta. Comprendo lo del ejército de Mijelson y lo que hace Tolstoi… el desembarco simultáneo… Pero, ¿qué hará el ejército del Sur? Sé que Prusia es neutral. ¿Y Austria? —El viejo príncipe se levantó y comenzó a pasear seguido de Tijon, que iba dándole las distintas prendas de su atuendo—. ¿Y Suecia? ¿Cómo cruzarán Pomerania? Al ver la insistencia del padre, el príncipe Andréi respondió con apatía al principio, pero se animó y a mitad de la conversación comenzó a mezclar, según acostumbraba, el ruso con el francés y le expuso el plan de la campaña proyectada. Contó que un ejército de 90.000 hombres debía amenazar a Prusia para que abandonase su neutralidad y llevarla a la guerra; que parte de ese ejército se uniría en Stralsund al ejército sueco; que 220.000 austríacos con 100.000 rusos actuarían en Italia y el Rin; que 50.000 rusos y otros tantos ingleses desembarcarían en Nápoles, que un ejército de 500.000 hombres en total atacaría a los franceses desde varios puntos. El viejo príncipe no mostraba interés por aquello; era como si no lo oyese, y continuaba vistiéndose sin dejar de moverse; lo interrumpió tres veces de improviso. La primera vez lo detuvo para exclamar: —¡El blanco, el blanco! Eso significaba que Tijon no le había dado el chaleco que quería; se paró de nuevo a preguntar: —¿Dará a luz pronto? —meneó la cabeza y añadió con reprobación—: ¡No está bien! Continúa. La tercera vez, cuando el príncipe Andréi terminaba, el viejo canturreó con voz cascada y desafinada: Malbrough s’en va-t-en guerre, Dieu sait quand reviendra…64 El hijo sonrió. —Yo no apruebo el plan; solo se lo cuento. Napoleón ha trazado el suyo y no será peor que este. —Bueno, no me has contado nada nuevo —pensativo, el viejo musitó con rapidez—: «Dieu sait quand reviendra». Ve al comedor.
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