Capítulo XXVII

1372 Palabras
CAPÍTULO XXVIIEl príncipe entró empolvado y rasurado en el comedor a la hora fijada; allí aguardaban su nuera, la princesa María, mademoiselle Bourienne y el arquitecto del príncipe, quien era admitido a la mesa debido a un capricho suyo, si bien por su posición social aquel plebeyo no podía aspirar a tal honor. El príncipe, que siempre había distinguido las clases sociales y no admitía a su mesa ni a distinguidos funcionarios de la provincia más que en raras ocasiones, quería probar con el arquitecto Mijaíl Ivanovich, que se sonaba tímidamente con su pañuelo a cuadros en un rincón, que todos los hombres son iguales, de modo que a menudo decía a su hija que Mijaíl Ivanovich no era inferior en nada a ellos. Y en la mesa el príncipe se volvía con más frecuencia hacia el silencioso Mijaíl Ivanovich que hacia los otros. En el comedor de altos techos, como el resto de la casa, los lacayos y camareros, erguidos detrás de cada silla, aguardaban la entrada del príncipe; el mayordomo seguía los preparativos con la servilleta en el brazo, daba indicaciones a los lacayos sin dejar de mirar inquieto el reloj de pared y la puerta por donde debía entrar su señor. El príncipe Andréi contemplaba un gran cuadro de marco dorado, nuevo para él; contenía el árbol genealógico de los Bolkonsky; estaba frente a otro cuadro, también con un gigantesco marco, que debía de ser el retrato chapucero, sin duda de un pintor doméstico, de un príncipe coronado, seguramente un descendiente de Rurik, el primero del linaje de los Bolkonsky. El príncipe Andréi miraba el árbol genealógico meneando la cabeza y sonriendo con el gesto con que se mira un retrato ridículo. —¡Cómo lo reconozco en esto! —dijo a la princesa María acercándosele. Ella miró asombrada a su hermano. No comprendía por qué sonreía. Cuanto hacía su padre era para ella motivo de veneración sin posibilidad de crítica. —Todos tienen su talón de Aquiles —continuó el príncipe Andréi—. ¡Caer en este ridículo, con su gran inteligencia! La princesa María, incapaz de comprender el osado razonamiento de su hermano, iba a replicar cuando sonaron en el despacho los esperados pasos. El príncipe siempre entraba rápida y alegremente, como para contraponer sus movimientos presurosos al estricto orden imperante en la casa. En ese momento el reloj de péndulo dio dos campanadas y el de la sala contigua respondió con su vocecilla fina. El príncipe se detuvo; sus ojos animados, severos y brillantes bajo sus pobladas cejas miraron a los invitados y se detuvieron en la princesa Lisa. Ella experimentó entonces la sensación de un cortesano al entrar la familia real: ese era el temor y respeto que imponía el viejo a cuantos se acercaban a él. Acarició la cabeza de la joven princesa y le dio unas palmaditas en la nuca con mano torpe. —Estoy contento. —La miró a los ojos y se sentó en su sitio—. Siéntense, Mijaíl Ivanovich; siéntese. Señaló a su nuera un sitio a su vera. El camarero colocó una silla para ella. —¡Oh! Te has dado demasiada prisa y no está bien —dijo el viejo aludiendo al estado de gravidez de la princesa. Rio con una risa seca, fría y desagradable, como siempre, solo con la boca, no con los ojos. —Debes pasear mucho, cuanto más mejor —comentó. La princesa Lisa no escuchaba o no deseaba hacerlo. Callaba y parecía confusa. El príncipe le preguntó por su padre y ella empezó a hablar con una sonrisa. Le preguntó sobre amistades comunes; ella, más animada, le narró los sucesos y murmuraciones de la ciudad y le transmitió saludos de los conocidos. —La condesa Apraksine, la pobre, ha perdido a su marido y ha llorado más agua que lleva el río. —contó la joven cada vez más animada. Pero conforme iba animándose, el príncipe la miraba con mayor dureza y, de repente, como si la hubiese estudiado ya lo suficiente para hacerse una idea clara sobre su personalidad, se volvió hacia Mijaíl Ivanovich. —Pues sí, Mijaíl Ivanovich, nuestro Bonaparte lo va a pasar mal. El príncipe Andréi —hablaba siempre de su hijo en tercera persona— me ha contado las fuerzas reunidas contra él. ¡Y nosotros que lo consideramos siempre un cero a la izquierda! Mijaíl Ivanovich, que ignoraba en absoluto que hablarían de Bonaparte en ese sentido, comprendió que él era necesario para abrir la conversación predilecta; miró con sorpresa al joven príncipe sin saber lo que seguiría. —¡Oh! Es un gran táctico —dijo el príncipe a su hijo señalando al arquitecto. La conversación retornó a Napoleón o a los generales y hombres de Estado del momento. El viejo príncipe no solo parecía convencido de que los actuales gobernantes eran unos muchachos ignorantes de los rudimentos del arte militar y estatal, y de que Bonaparte era un francesillo despreciable que triunfaba únicamente porque no se había nunca enfrentado con un Potemkin o a un Suvorov; creía que en Europa no había ninguna dificultad política ni guerra, que aquellos hechos eran un simple guiñol que los actuales gobernantes representaban para matar el tiempo. El príncipe Andréi soportaba con alegría las pullas de su padre sobre la gente de ahora y sentía verdadero placer pinchándolo para oírlo. —Lo de antes siempre parece bueno —dijo—. ¿No cayó Suvorov en la trampa que le tendió Moreau, y no supo salir de ella? —¿Quién ha dicho eso? ¿Quién? —gritó el príncipe—. ¡Suvorov! —Apartó con violencia su plato, que Tijon recogió rápidamente—. ¿Suvorov?… Reflexiona, príncipe Andréi, solo hubo dos: Federico y Suvorov… ¡Moreau! Moreau habría caído prisionero si Suvorov hubiese tenido las manos libres; pero tenía encima a los del Hof-Kriegs-Wurst-Schnaps-Rat, los del Alto Mando de la salchicha y el aguardiente. Ya verás lo que son esos del HofKriegs-Wurst-Schnaps-Rat. Suvorov no pudo con ellos, ¿cómo va a poder Mijaíl Kutúzov? No, amigo; vuestros generales no bastan contra Bonaparte. Hay que recurrir a los franceses que no reconocen a los suyos y caen sobre ellos. Hemos enviado a un alemán, Pahlen, a Nueva York, a América, en busca del francés Moreau —aludió a la oferta realizada ese año a Moreau para se pusiese al servicio de los rusos—. Lo que faltaba por ver. ¿Es que eran alemanes los Potemkin, los Suvorov y los Orlov? No, amigo, o todos vosotros habéis perdido la cabeza, o la he perdido yo. Que Dios os ampare, ya veremos. ¡Para vosotros Bonaparte se ha convertido en un gran capitán! ¡Hum…! —Yo no creo que todas las medidas adoptadas sean buenas —replicó el príncipe Andréi—. Lo que no comprendo es cómo puede juzgar a Bonaparte tan a la ligera. Ríase cuanto guste, pero es un gran capitán con todo. —¡Mijaíl Ivanovich! —gritó el viejo príncipe al arquitecto, que confiaba en que lo hubiesen olvidado y estaba distraído con la comida—. ¿No le he dicho que Bonaparte es un gran táctico? También él lo dice. —Por supuesto, excelencia —repuso el arquitecto. El príncipe rio de nuevo con su risa fría. —Bonaparte ha nacido de pie. Sus soldados son excelentes y al principio solo batalló contra los alemanes. ¿Quién no los ha derrotado? Desde que el mundo es mundo todos los han derrotado, y ellos a nadie más que a sí mismos. Así es como Bonaparte se ha ganado su fama. El príncipe se puso a desgranar los errores cometidos por Bonaparte según él en las distintas campañas y hasta en los asuntos de estado. Su hijo no lo contradecía, aunque pese a todas las razones en contra, sin duda era tan incapaz como el viejo príncipe de cambiar de parecer. El príncipe Andréi escuchaba sin interrumpir, atónito de que aquel anciano aislado en el campo desde hacía años conociese y criticase con tanto detalle los últimos sucesos militares y políticos de Europa. —¿Crees que un viejo como yo no comprende la actual situación? —concluyó—. ¡Pues lo tengo todo aquí! No duermo por las noches. Bueno, ¿dónde está tu gran capitán? ¿Dónde ha demostrado serlo? —Sería largo de explicar —respondió el hijo. —Pues vete con tu Bonaparte. Mademoiselle Bourienne, voilà encore un admirateur de votre goujat d’empereur65 —gritó en excelente francés. —Vous savez que je ne suis pas bonapartiste, mon prince.66 —Dieu sait quand reviendra… —desafinó el príncipe, y abandonó la mesa con una risa aún más desafinada. La princesa Lisa permaneció en silencio durante la discusión y el resto de la comida, mirando asustada a la princesa María y al suegro. Cuando todos se hubieron levantado de la mesa, tomó a su cuñada por el brazo y la llevó a otra habitación. —Tu padre es todo un carácter —dijo—. Tal vez por eso me asusta. —¡Oh! ¡Es tan bueno! —le contestó la princesa María.
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