CAPÍTULO XXVIIIEl príncipe Andréi debía marcharse al día siguiente al atardecer. Su padre no alteró sus hábitos y se fue a dormir después de comer. La princesa Lisa estaba con su cuñada. El príncipe Andréi, vestido con ropa de viaje y sin charreteras, preparaba con su ayuda de cámara las maletas en sus aposentos. Tras inspeccionar él mismo el carruaje y la colocación del equipaje, ordenó que preparasen los caballos. En la habitación solo quedaron los objetos que llevaría el príncipe: una arqueta, un neceser de plata, dos pistolas turcas y una espada de Ochakov, regalo de su padre. El príncipe Andréi cuidaba con esmero estos objetos: todo estaba nuevo, limpio, en sus fundas y atado con cintas.
Al partir o cambiar de vida, los hombres capaces de reflexionar sobre sus actos se sumen en pensamientos graves. En tales circunstancias se suele rememorar el pasado y se trazan planes para el futuro. En ese momento el rostro del príncipe Andréi expresaba ternura y ensimismamiento. Caminaba rápidamente con las manos a la espalda por su habitación, de aquí para allá, mirando hacia delante y meneando la cabeza. ¿Le costaba ir a la guerra? ¿Le apenaba dejar a su mujer? Quizá ambas cosas, pero sin duda no deseaba que lo viesen así. Oyó pasos en el vestíbulo, separó raudo las manos, se detuvo junto a la mesa, como si estuviese cerrando la arqueta, y retomó su habitual expresión de calma impenetrable. Era la princesa María con sus andares pesados.
—Me han dicho que has ordenado enganchar —dijo sin resuello, pues había acudido corriendo—, y yo que quería hablar contigo a solas. Sabe Dios cuánto tiempo estaremos separados. ¿No te molesta que haya venido? ¡Has cambiado tanto, Andriusha! —añadió como para justificar su pregunta.
Sonrió al llamar así a su hermano. Era obvio que le resultaba raro pensar que aquel hombre apuesto, de aire grave, era Andriusha, el chico delgado y travieso que había sido su compañero de la infancia.
—¿Y Lisa? —preguntó él dedicando una sonrisa a sus palabras.
—Está tan agotada que se ha dormido en el diván de mi habitación. ¡Ay! ¡Andréi tienes una alhaja de esposa! —dijo sentándose en el diván frente a su hermano—. Es toda una niña graciosa y alegre. ¡Le he tomado mucho cariño!
El príncipe Andréi no habló, pero la expresión irónica y desdeñosa de su rostro no pasó inadvertida para su hermana.
—Hay que ser tolerante con las debilidades, Andréi. ¿No las tenemos todos? Recuerda que ha sido educada y ha vivido en un entorno mundano, y que su situación actual no es la mejor. Hay que ponerse en el lugar de los demás; tout comprendre, c’est tout pardonner.67 Piensa en lo triste que debe ser para la pobre separarse del marido y quedarse sola en el campo y en su estado después de la vida que tenía. Es durísimo.
Al mirar a su hermana, el príncipe Andréi sonreía como cuando oímos hablar a alguien a quien creemos conocer a fondo.
—Tú vives aquí y no te parece terrible esa vida —comentó.
—Yo soy distinta. ¡Para qué hablar de mí! No deseo ni puedo desear otra vida porque es la única que conozco. Pero, Andréi, piensa lo que tiene que ser para una joven mundana enterrarse en el campo durante los mejores años de su vida, y sola porque papá siempre está ocupado y yo… ya me conoces… soy pobre en recursos para distraer a alguien hecho a la mejor sociedad. Solo mademoiselle Bourienne…
—No me gusta nada esa Bourienne… —la cortó el príncipe Andréi.
—¡Oh, no! Es muy buena y cariñosa… ¡Además es tan desdichada! No tiene a nadie en el mundo. Lo cierto es que no la necesito, más bien me estorba. Ya sabes que siempre he estado un poco asilvestrada, y más ahora. Me gusta la soledad… Mon père la quiere mucho… Siempre es bueno y cariñoso con ella y Mijaíl Ivanovich porque ambos le están obligados. Según Stern, amamos a los hombres más por el bien que les hacemos que por el que esperamos de ellos. Mon père la recogió huérfana de la calle, es muy buena. A papá le gusta cómo lee. Por las noches le lee en voz alta y lo hace muy bien.
—La verdad, María, a veces me pregunto si te hace sufrir el carácter de papá —dijo de pronto el príncipe Andréi.
Al principio la princesa María se sorprendió, luego le asustaron aquellas palabras.
—¿A mí?… ¿A mí?… ¿Sufrir yo? —vaciló.
—Siempre fue duro, pero me parece que ahora es más —prosiguió el príncipe Andréi con intención de alterar o probar a su hermana hablando a la ligera del padre.
—Tú eres bueno en todos los sentidos, André; pero tu mente es orgullosa y eso es un grave pecado —dijo ella siguiendo sus propios pensamientos más que la conversación—. ¿Es que se puede juzgar a un padre? Si así fuese, ¿puede existir un sentimiento que no sea la veneración hacia alguien como mon père? ¡Estoy tan contenta, tan dichosa con él! Ojalá todos fuesen tan felices como yo.
El hermano hizo un gesto de incredulidad.
—Solo me apena algo de veras, André: las ideas religiosas de papá. No sé cómo alguien de su talento no vea lo que está claro como el agua y yerre así. Es mi único dolor. Pese a todo, últimamente atisbo una mejoría. Es menos cáustico e incluso ha recibido a un monje y ha hablado largo y tendido con él.
—Temo, querida, que el monje y tú gastaréis saliva en vano —dijo el príncipe Andréi con ternura y burla al mismo tiempo.
—Ah! mon ami, ruego sin cesar a Dios y espero que me escuche —dijo ella con timidez; después añadió—: Debo pedirte algo.
—¿Qué?
—Prométeme que no te negarás. No te costará esfuerzos ni es indigno de ti, pero para mí será un consuelo. Prométemelo, Andriusha —dijo introduciendo la mano en su bolso y tomando algo, que no mostró aunque fuese el objeto de la petición, como si no pudiese sacar aquello de la bolsa antes de arrancar la promesa —dirigió al hermano una mirada tímida y suplicante.
—Aunque me costara un gran esfuerzo… —respondió el príncipe Andréi como si adivinase de qué se trataba.
—Piensa lo que gustes. Sé que eres como mon père. Piensa lo que gustes, pero hazlo por mí, te lo ruego. El padre de nuestro padre, el abuelo, lo llevó siempre en sus campañas… —seguía sin sacar de la bolsa lo que tenía—. ¿Me lo prometes entonces?
—Claro, ¿de qué se trata?
—André, te bendigo con esta imagen; prométeme que jamás te la quitarás… ¿Me lo prometes?
—Si no pesa mucho ni me tira del cuello… para complacerte… —dijo él, pero se arrepintió al ver el dolor reflejado en el rostro de su hermana por su broma—. Me siento muy feliz, querida —añadió.
—Aunque no lo quieras, te salvará y te hallarás a ti mismo, pues la verdad y la paz solo en él residen —dijo con voz trémula por la emoción mostrando con solemnidad a su hermano una vieja imagen ovalada del Salvador, de rostro ennegrecido, marco de plata y cadena finamente labrada del mismo metal.
María se persignó, besó la imagen y se la dio a su hermano.
—Hazlo por mí, André, te lo suplico…
Sus grandes ojos irradiaban bondad y dulzura iluminando el rostro enjuto y enfermizo y embelleciéndolo. Él quiso tomar la imagen, pero ella lo detuvo. Andréi comprendió. Se persignó y besó la medalla. Su rostro expresaba ternura y burla, aunque estaba emocionado en el fondo.
—Merci, mon ami.68
María le besó frente y se sentó en el diván. Ambos guardaron silencio.
—Antes te decía, Andréi, que fueses bueno y generoso, como lo has sido siempre; no seas severo con Lisa. Es buena y agradable, y su situación es triste ahora…
—Masha, creo que no te he dicho nada de mi mujer; ni que le reproche algo o que esté enfadado con ella. ¿Por qué me dices eso entonces?
El rostro de la princesa se cubrió de manchas rojas y calló como si se sintiese culpable.
—Yo no dije nada… Pero ya te han hablado, y eso me apena.
Las manchas rojas en la frente, las mejillas y el cuello de la princesa María se intensificaron. Quería decir algo, pero no podía. El hermano había adivinado que después de la comida la princesa Lisa había llorado manifestando sus sentimientos sobre un mal parto; temía el nacimiento y se lamentaba de su suerte, de su suegro y de su marido. Después de llorar se durmió. El príncipe Andréi se compadeció de su hermana.
—Masha, nunca he reprochado, reprocho ni reprocharé nada a mi esposa; pero puedo decirte también que nada tengo que reprocharme con respecto a ella; siempre será así en cualquier circunstancia. Pero si quieres saber la verdad… si soy feliz… ¡No! No lo soy. ¿Es feliz ella? Tampoco. ¿Por qué? No lo sé…
Dicho esto, se acercó a su hermana y le besó la frente. Sus ojos se iluminaron con una luz inteligente y bondadosa, rara en él, pero no miraba a su hermana; sus ojos se perdían en la penumbra de la puerta abierta, por encima de la cabeza de María.
—Vayamos a verla. Hay que decirle adiós. Mejor ve tú antes; despiértala y yo iré enseguida. ¡Petrushka! —llamó a su ayuda de cámara—. Ven a llevarte estas cosas; esto va en el pescante y eso, a la derecha.
La princesa María fue a la puerta. Allí se detuvo:
—André, si tienes fe, te habrías dirigido a Dios para que te dé el amor que no sientes, y él habría escuchado tu oración.
—Es posible —repuso él—. Ve, Masha. Yo iré enseguida.
Cuando iba a los aposentos de su hermana, el príncipe Andréi se topó con mademoiselle Bourienne en la galería que unía ambas alas del edificio. Mademoiselle Bourienne sonrió con admiración e ingenuidad. Era la tercera vez ese día que tropezaba con aquella sonrisa en lugares recoletos de la casa.
—¡Ah! Creía que estaría en su habitación —ella enrojeció sin motivo aparente bajando la mirada.
El príncipe Andréi la miró con severidad y un sentimiento de rabia. No le dijo nada, pero se fijó en la frente y los cabellos de la mujer sin mirarla a los ojos; lo hizo con tanto desprecio que la francesa se alejó sin decir nada, ruborizada. Cuando el príncipe llegó a las habitaciones de su hermana, Lisa se había despertado y se oía su vocecita alegre que hablaba sin descanso, como para recuperar el tiempo perdido.
—No, figúrate, la vieja condesa Zouboff con peluca y dentadura postiza, como si quisiese desafiar a los años… ¡Ja, ja, ja! ¡Marie!
Había oído ya cinco veces a su mujer hablar de la condesa Zubova, siempre con la misma risa. Entró sin hacer ruido. La princesa, menuda, sonrosada y gruesa, estaba sentada en una butaca con la labor en las manos y parloteaba rememorando San Petersburgo e incluso frases oídas allí. El príncipe Andréi se le acercó, le acarició el cabello y preguntó si había descansado del viaje. Ella respondió y reanudó su charla.
El carruaje, tirado por seis caballos, estaba al pie de la escalinata. Era una oscura tarde otoñal. El cochero apenas si veía la lanza del vehículo. Criados con faroles iban y venían por la escalinata. Los ventanales de la casona estaban iluminados. Los criados que querían despedir al joven príncipe aguardaban en la antecámara. Los familiares se habían reunido en la sala: Mijaíl Ivanovich, mademoiselle Bourienne, la princesa María y la princesa Lisa.
El padre había llamado al príncipe Andréi para conversar los dos a solas. Todos los esperaban.
Cuando el príncipe Andréi entró en el despacho paterno, el viejo príncipe estaba sentado delante del escritorio con su batín blanco. Solo recibía a su hijo con esa prenda, y llevaba los lentes mientras escribía. Giró entonces la cabeza:
—¿Te vas? —Continuó escribiendo.
—Vengo a despedirme.
—Bésame aquí —el anciano señaló una mejilla—. ¡Gracias, gracias!
—¿Por qué me da las gracias?
—Porque no pierdes el tiempo, no te agarras a las faldas de tu mujer y antepones el servicio. Gracias, gracias. —Continuó escribiendo con movimientos tan nerviosos que saltaban gotitas de tinta—. Si tienes algo que decirme, dilo: puedo atenderte y escribir —añadió.
—Es sobre mi esposa… Siento dejarle esta carga…
—Déjate de bobadas y dime lo que necesitas.
—Cuando llegue el momento del alumbramiento, llame a un accoucheur69 de Moscú para que la asista…
El viejo príncipe se detuvo y miró severamente a su hijo como si no entendiese.
—Sé que nadie podrá ayudarla si la naturaleza no lo hace —dijo el príncipe Andréi, confuso —. Sé que solo hay un mal parto de un millón, pero eso es lo que desea y yo también. Le han contado tantas cosas… ha tenido sueños y está asustada.
—¡Hum…, hum…! —murmuró el padre sin soltar la pluma—. Lo haré.
Firmó la carta; después se volvió rápidamente hacia su hijo y rio.
—¿Van mal las cosas, eh?
—¿A qué se refiere, padre?
—¡A tu mujer! —sentenció breve y enérgicamente el padre.
—No comprendo —dijo Andréi.
—No tiene remedio, hijo; todas son iguales; uno no puede descasarse. Pero tranquilo, que no diré nada. Y tú… ya lo sabes.
Tomó en su mano pequeña y huesuda la del hijo, la sacudió mirándolo a los ojos como si lo traspasase, y rio nuevamente con su risa fría.
El hijo suspiró para dar a entender que el padre lo había comprendido. El viejo escribía y doblaba las cartas, tomaba el lacre con su habitual rapidez y lo dejaba, como el sello y el papel.
—¡Qué hacer! ¡Es muy guapa! Lo haré todo, tranquilo —dijo entrecortadamente sin interrumpir su tarea.
Andréi calló. Le gustaba y disgustaba al mismo tiempo sentirse comprendido por su padre. El viejo se levantó y le dio una carta.
—Escucha —dijo—, no te preocupes por tu mujer; se hará cuanto se pueda. Esta carta es para Mijaíl Ilariónovich70. Le pido un buen puesto para ti y que no te tenga durante mucho tiempo como edecán; es un mal destino. Dile que me acuerdo de él y lo quiero. Cuéntame cómo te acoge, y si te recibe bien, sigue a su servicio. El hijo de Nikolái Andréievich Bolkonsky no puede servir a nadie por caridad. Ahora ven aquí —hablaba tan deprisa que no terminaba la mitad de las palabras; pero el hijo estaba acostumbrado y lo comprendía. Lo llevó al escritorio, levantó la tapa y sacó un cuaderno escrito con su letra apretada y picuda—. Lo natural es que yo muera primero; aquí están mis memorias para que sean enviadas al zar cuando yo muera. Aquí hay un billete del Monte de Piedad y una carta; es un premio para quien escriba la historia de las guerras de Suvorov; envíalo a la academia. Estos son mis apuntes; léelos cuando haya muerto; hay cosas útiles.
Andréi no dijo a su padre que probablemente aún viviría mucho. Sabía que no era necesario.
—Lo haré, padre —repuso.
—Bien. Adiós entonces —le dio la mano para que la besase y lo abrazó—. Recuerda, príncipe Andréi, que si te matan será muy doloroso para mí que ya soy viejo… —calló un momento y prosiguió con voz aguda; —pero si me entero de que no te has portado como corresponde al hijo de Nikolái Bolkonsky, sentiré… vergüenza —casi chilló.
—Podía haber callado eso, padre. —Andréi sonrió. El anciano guardó silencio.
—Quería pedirle algo más, padre; si me matan y tengo un hijo, quiero que se quede con usted como le dije ayer; quiero que se eduque a su lado… por favor.
—¿Que no se lo entregue a tu mujer? —rio el anciano.
Estaban frente a frente, en silencio. Los ojos sagaces del padre estaban fijos en los del hijo. La parte inferior del rostro del anciano tembló.
—Ya nos hemos dicho adiós… ¡Vete! —dijo de pronto—. ¡Vete! —se enfadó abriendo la puerta.
—¿Qué sucede? —preguntaron las princesas al ver al príncipe Andréi y a su padre, que apareció un momento, gritando como enfadado, con su batín, sin peluca y con los lentes.
El príncipe Andréi simplemente suspiró.
—Pues bien —dijo volviéndose a su mujer; este «pues bien» sonaba irónico y frío, como si dijese: «Monta tu número».
—André, déjà?71 —preguntó ella, pálida y mirando con temor a su marido.
Él la abrazó. Lisa gritó y se desmayó sobre su hombro. Andréi la separó con suavidad mirándole la cara, y la dejó con cuidado en una butaca.
—Adieu, Marie —le susurró a su hermana. Se besaron agarrándose las manos y él salió rápidamente.
La princesa Lisa quedó en la butaca. Mademoiselle Bourienne le frotaba las sienes. La princesa María sostenía a su cuñada sin apartar su hermosa triste mirada de la puerta que se había cerrado tras el príncipe Andréi y se persignó.
Como si fuesen disparos, se oía desde el despacho la frecuencia y la fuerza con que se sonaba el viejo príncipe. Cuando el hijo hubo salido, se abrió la puerta del despacho y surgió en el umbral la figura severa del anciano envuelto en su batín blanco.
—¿Se ha ido? Bien… —dijo lanzando una severa mirada a la princesa desmayada. Meneó la cabeza con aire de reproche y dio un portazo.
1 Aunque en la narración se utiliza el término emperador (título oficial del zar desde 1721 en Rusia), en la novela lo llamaremos por el nombre popular ruso, zar, que deriva de la palabra latina César.
2 A propósito.
3 Querida Annette.
4 La mujer más fascinante de San Petersburgo. También podemos entender la frase como “La mujer más seductora o atractiva de San Petersburgo”.
5 Mi tía.
6 Quédese tranquila, Lisa, usted será siempre la más guapa.
7 Mayordomo, jefe de comedor.
8 ¡Ah! Veamos. Cuéntenoslo, vizconde.
9 Querida Helena.
10 El encantador Hipólito.
11 Querido.
12 Una varidad de rosa.
13 Encantador.
14 Adiós.
15 Reprodujo las palabras de Bonaparte en su coronación: Dios me la da, ¡ay de quien la toque!
16 Bastón de gules angrelado de gules de azur; casa Condé.
17 El señor vizconde.
18 ¡Por Dios! ¡Dios mío!
19 Señor Pierre.
20 ¡Capital!
21 El contrato social de Rousseau.
22 Pero, mi querido señor Pierre…
23 Una dama.
24 Adiós, princesa.
25 Caballeros.
26 Mi palabra de honor.
27 Buenas noches, Lisa.
28 Las mujeres como es debido… las mujeres de Kuraguin, las mujeres y el vino.
29 Querida.
30 Entre nosotros.
31 La condesa Apraksine.
32 Mamá.
33 Primo.
34 Los primos están peligrosamente juntos.
35 Literalmente, al pie de la letra.
36 Querida amiga.
37 Mi príncipe, errare humanum est (errar es humano), pero…
38 Está bien, está bien…
39 Buenos días, prima.
40 ¡Adiós, mi príncipe, que Dios os bendiga!
41 Adiós, querida.
42 Salteado al vino de Madeira.
43 Mi muy honorable Alphonse Karlich.
44 Que cuenta con ganar una renta del Estado.
45 Ahí está el equilibrio… como dice el proverbio.
46 Sí, señora.
47 No, señora.
48 ¿Conoce el proverbio?
49 Eso nos va como anillo al dedo.
50 Completamente.
51 Le pido un poco.
52 Inglesa.
53 ¿Verdad?
54 Un bastardo.
55 Y todo lo demás.
56 Protegida.
57 Henos aquí.
58 Se lo suplico.
59 Es ridículo. Veamos.
60 Pero, mi príncipe.
61 150 km.
62 Padre.
63 Vamos, deprisa, deprisa…
64 Mambrú se fue a la guerra, no sé cuándo vendrá… (Es la versión española tradicional de esta canción francesa de principios del siglo xviii, que dice en su versión original: «Dios sabe cuándo vendrá»).
65 Mademoiselle Bourienne, he aquí otro admirador del granuja de su emperador.
66 Ya sabe que no soy bonapartista, mi príncipe.
67 Comprenderlo todo es perdonar.
68 Gracias, amigo mío.
69 Partero, comadrón.
70 Kutúzov.
71 André, ¿ya?
LIBRO SEGUNDO
1805