CAPÍTULO XXUna vez separadas las mesas de juego, se organizaron las partidas de boston y los invitados del conde se repartieron entre los dos salones, el despacho del conde y la biblioteca.
El conde, con las cartas en la mano extendidas en abanico, se esforzaba contra la costumbre de sestear y se reía de todo. Animados por la condesa, los jóvenes se reunieron en torno al clavicordio y el arpa. Ante los ruegos de todos, Julie fue la primera en tocar unas variaciones en el arpa y, con otras muchachas, pidió a Natacha y a Nikolái que cantaran algo, pues sus dotes musicales eran célebres. Natacha, a quien se dirigían como a un adulto, se mostraba orgullosa y al mismo tiempo intimidada.
—¿Qué vamos a cantar? —preguntó.
—El manantial —respondió Nikolái.
—De acuerdo. Boris, ven —dijo Natacha—. ¿Dónde está Sonia? —Se volvió, y al no ver a su amiga corrió a buscarla.
No la encontró en su cuarto y fue a la habitación de los niños. Tampoco estaba allí; Natacha supuso que Sonia debía estar en el corredor, sentada en el arcón donde los jóvenes de la casa Rostov derramaban sus penas. Sonia, sin importarle su vaporoso vestido de muselina rosa, estaba sobre el edredón a rayas y sucio del aya, puesto sobre el arcón; sollozaba con el rostro entre las manitas sacudiendo convulsivamente los hombros desnudos y delicados. El rostro de Natacha, animado y radiante todo el día, se demudó; sus ojos se quedaron fijos, las comisuras de sus labios cayeron mientras le temblaba el cuello.
—¿Qué pasa, Sonia… qué tienes? ¡Oh!…
Natacha abrió la boca, lo cual la afeó del todo, y lloró como un niño sin motivo, solo porque lloraba su amiga. Sonia quería levantar la cabeza y responder, pero no lo conseguía, así que escondió su rostro más. Natacha se sentó en el edredón azul y abrazó a su amiga entre lágrimas. Finalmente Sonia se levantó con un esfuerzo, se enjugó las lágrimas y habló:
—Nikolái se va en una semana. Ya está… la orden… Me lo ha dicho él mismo… Pero aun así yo no lloraría —le mostró un papel que llevaba en la mano: unos versos escritos por Nikolái—. No lloraría… Pero tú no puedes… nadie puede comprender… qué alma tiene…
Lloró nuevamente al recordar aquella alma tan bella
—Tú eres feliz… No te envidio… Te quiero y quiero a Boris —dijo—, es simpático… para vosotros no hay obstáculos. Pero Nikolái es mi cousin… se necesita la autorización del metropolitano… y es imposible. Además, si mamá… —Sonia consideraba a la condesa su madre, y la llamaba así— dirá que arruino la carrera de Nikolái, que soy una malagradecida… que no tengo sentimientos, y yo… lo juro —se santiguó— la quiero tanto a ella y a todos vosotros… solo a Vera… Por qué, ¿qué le he hecho? Estoy tan agradecida a todos que me sentiría feliz sacrificándolo todo… pero no tengo nada…
Sonia no pudo continuar y de nuevo escondió el rostro entre las manos y el edredón. Natacha fue serenándose, pero en su semblante se adivinaba que comprendía el dolor de su amiga.
—¡Sonia! —dijo, como intuyendo la causa—. Hablaste con Vera después de la comida, ¿a que sí?
—Sí. Nikolái había escrito estos versos y yo copié otros; Vera los encontró sobre la mesilla de mi cuarto y ha dicho que se los enseñaría a mamá… que soy una desagradecida y que mamá jamás permitirá que Nikolái se case conmigo, que se casará con Julie. Ya ves cómo está con ella todo el día… ¿Por qué, Natacha? —Lloraba más que antes. Natacha la incorporó; la abrazó en cuanto pudo para calmarla entre lágrimas.
—Sonia, no la creas, querida. ¿Recuerdas lo que hablamos entonces con Nikolenka en la sala de los divanes después de cenar? Decidimos lo que debía ocurrir. Yo ya no me acuerdo, pero tú recordarás que todo iría bien y que todo era posible. Mira, el hermano del tío Shinshin se ha casado con una prima carnal, y nosotros somos primos segundos. Boris dice que es posible. Se lo he contado todo. ¡Es tan inteligente y tan bueno! —prosiguió Natacha—. No llores más, Sonia, tesoro —la besó riendo—. Vera es mala, no le hagas caso. Todo irá bien, verás cómo no le cuenta nada a mamá. El mismo Nikolái lo dirá antes… ni siquiera piensa en Julie.
Natacha seguía besándole la cabeza. Sonia se incorporó y la gatita revivió, brillaron sus ojos y estaba dispuesta a mover la cola, a saltar sobre sus patas y jugar con la madeja como le correspondía.
—¿Lo crees de verdad? ¿Lo juras? —dijo recomponiéndose el vestido y el cabello.
—Sí, lo juro —repitió Natacha ayudando a recoger un mechón de pelo de la trenza de su amiga.
Ambas rieron.
—Cantemos El manantial.
—Vamos.
—Sabes, ese gordo de Pierre, el que estaba sentado enfrente de mí, me hace reír —dijo entonces Natacha—. ¡Me divierto mucho! —corrió por el pasillo.
Sonia se sacudió la pelusa, escondió los versos en el corpiño, cerca de las clavículas, y corrió alegremente tras Natacha a la sala de los divanes con el rostro encendido. A petición de los invitados, los jóvenes cantaron a cuatro voces El manantial, que gustó mucho a todos; Nikolái cantó a continuación una romanza que había aprendido:
Por la noche, en el idílico resplandor de la luna,
el amante deja que sus fantasías vaguen libremente:
¡Siente que hay alguien en el mundo que todavía piensa en él!
Y que ella, con sus hermosos dedos, acaricia las cuerdas del arpa
que lleva su dulce música sobre el prado.
Suena para él, corazón pleno de amor, clama por él…
Uno o dos días y todo seguirá siendo felicidad…
Pero, ay, pobre amigo, para entonces ya no estarás entre los vivos.
Apenas terminado el canto, los jóvenes se prepararon para el baile y los músicos removieron los pies entre carraspeos.
Pierre permanecía sentado en el salón. Shinshin había empezado a charlar con él porque había llegado del extranjero; trataba de política; Pierre se aburría, pese a que acudieron más invitados.
Cuando arrancó la música Natacha entró en el salón, se acercó a Pierre y le dijo:
—Mamá me ha ordenado que lo invite a bailar.
—Confundo las figuras —dijo él—, pero si quiere ser mi maestra… —y le tendió su gruesa mano a la muchacha delgada, bajándola mucho.
Las parejas se disponían a bailar y los músicos afinaban los instrumentos. Pierre se sentó junto a su damisela. Natacha se sentía feliz. Bailaba con un mayor recién vuelto del extranjero delante de todos y hablaba con él como si fuese adulta. Llevaba un abanico que le había dejado una señorita para que lo sostuviese y, con la postura más mundana que solo Dios sabía cómo y cuándo la había aprendido, se abanicaba y sonreía tras el abanico hablando con su pareja…
—¿Qué les parece? ¡Mírenla! —exclamó la condesa cruzando la sala y señalando a su hija.
Natacha se ruborizó:
—¡Mamá! No sé por qué lo dices… ¿Qué tiene de extraño?
A la mitad de la tercera «escocesa», hubo estrépito de sillas en el despacho del conde. María Dmitrievna y la mayoría de los invitados —los más importantes y mayores— se levantaron, estiraron las piernas después de tanto tiempo sentados, devolvieron billeteros y monederos a sus bolsillos y fueron al salón. María Dmitrievna y el conde, ambos con semblante alegre, iban a la cabeza. El conde dobló el brazo para ofrecérselo a María Dmitrievna con cortesía, imitando un paso de ballet. Se irguió de nuevo; sonreía de forma singular, astuta y apuesta; cuando terminó la última figura del baile, aplaudió a los músicos y gritó al primer violín:
—¡Semión! Ahora Daniel Kupor. ¿Lo recuerdas?
Era el baile predilecto del conde y lo bailaba de joven. Daniel Kupor era una figura de la «anglaise».52
—Mirad a papá —gritó Natacha, que parecía no recordar que bailaba con un mayor, inclinando la cabecita rizada hacia sus rodillas y riendo de modo que llenó el salón.
Todos miraban con una sonrisa al valiente viejo que se movía junto a su imponente pareja, más alta que él; doblaba los brazos al compás, erguía los hombros, giraba, brincaba dando taconazos con una sonrisa cada vez más amplia, como si preparase a los espectadores para lo que vendría. Apenas se oyeron las alegres y movidas notas de Daniel Kupor, parecidas a las de ciertas danzas rusas, las puertas del salón se llenaron de alegres rostros de sirvientes; en una parte los hombres, en la otra, las mujeres que se acercaban con una sonrisa a ver cómo se divertía su señor.
—¡Es un águila nuestro padrecito! —dijo en alto la vieja niñera en el umbral de una puerta—. ¡Un águila!
El conde bailaba bien, y lo sabía; pero no así su dama, que tampoco quería bailar. Su corpachón se mantenía recto y, los robustos brazos lánguidos, pues había dejado su bolso a la condesa; puede decirse que bailaba solo su severo y hermoso rostro. Lo que expresaba la oronda figura del conde se reflejaba en el semblante de María Dmitrievna, en el aleteo de su nariz y una sonrisa cada vez más abierta. Pero si el conde, animado por el baile, cautivaba a los espectadores con sus ágiles e inesperadas piruetas y los saltitos de sus rápidos pies, también seducía Dmitrievna, que casi sin esfuerzo movía los hombros, redondeaba los brazos en las vueltas y taconeaba. Todos le reconocían mérito debido a su complexión y su seriedad habitual. El baile se animaba. Las parejas que tenían enfrente no llamaban la atención ni lo intentaban. Todos miraban al conde y a María Dmitrievna. Natacha tiraba de la manga y del vestido a todos, que contemplaban a los bailarines sin necesidad de que se lo indicasen, y les pedía que admirasen a su padre.
En los intervalos de la danza, el conde inhalaba, agitaba la mano y gritaba a los músicos que tocasen con más energía. Y con más energía y soltura giraba el conde sobre las puntas de los pies y sobre los talones alrededor de María Dmitrievna; finalmente la llevó a su silla y en el último paso levantó ágilmente una pierna hacia atrás; con una sonrisa inclinó el rostro sudoroso y giró el brazo derecho entre aplausos y risas, sobre todo por parte de Natacha. Los bailarines se detuvieron respirando trabajosamente, y se enjugaron con los pañuelos de batista.
—Así se bailaba en nuestra época, ma chère —dijo el conde.
—Vaya con Daniel Kupor —Repuso María Dmitrievna con un largo y hondo suspiro recogiéndose las mangas.