Capítulo XXI

2058 Palabras
CAPÍTULO XXIMientras en la sala de los Rostov bailaban la sexta «anglaise» al ritmo de una orquesta que ya desafinaba por el agotamiento de los músicos, los camareros y cocineros preparaban la cena, el conde Bezúkhov tuvo su sexto ataque. Los médicos aseguraron que no había curación posible. Confesaron al moribundo, le administraron los sacramentos, se preparó la extremaunción y la casa se sumió en la confusión e inquietud de momentos así. Los empleados de pompas fúnebres se ocultaban fuera, al otro lado del portal, entre carruajes que llegaban, pues esperaban un entierro lleno de boato. El general gobernador de Moscú, a quien sus ayudantes informaron en todo momento sobre el estado del conde, acudió personalmente aquella tarde a despedirse del conde Bezúkhov, el célebre dignatario de Catalina II. La lujosa sala de recepción estaba atestada. Todos se levantaron con respeto cuando el general gobernador salió de los aposentos tras haber pasado media hora a solas con el enfermo; apenas devolvió los saludos y trató de pasar deprisa ante los médicos, sacerdotes y familiares que miraban fijamente. El príncipe Vasili, más delgado y pálido que de costumbre en aquellos días, lo acompañaba cuchicheándole algo. Tras acompañar al general gobernador, el príncipe Vasili se sentó en la sala con las piernas cruzadas, a solas, el codo en la rodilla, la mano cubriéndole los ojos, y así permaneció un rato; luego se levantó y, con paso rápido mirando con inquietud a su alrededor, cruzó un largo pasillo y fue a la parte trasera de la casa, donde vivía la princesa más mayor. Quienes estaban en la sala apenas iluminada cuchicheaban entre sí y callaban mirando con ojos curiosos la puerta de la habitación del moribundo, que se abría con un ligero chirrido cuando salía o entraba alguien. —La vida toca a su fin y no se pueden pasar sus límites —decía un pope anciano a una señora sentada junto a él que lo escuchaba plácidamente. —¿No será ya tarde para la extremaunción? —preguntó ella añadiendo a sus palabras el título eclesiástico como si careciese de opinión sobre el asunto. —Es un gran sacramento, hija —replicó el pope acariciándose la cabeza en la cual solo quedaban unos mechones de cabello cano. —¿Quién era ese? ¿El general gobernador de la plaza? —preguntaban en otro rincón. —¡Parece muy joven…! —Pues tiene más de sesenta. Dicen que el conde no conoce ya a nadie… que van a darle la extremaunción. —Conocí a un señor a quien se la dieron siete veces. La segunda de las princesas salió de los aposentos del enfermo con los ojos bañados en lágrimas y se aposentó junto al doctor Lorrain, que estaba sentado bajo el retrato de Catalina II, el codo apoyado en una mesa, en una postura elegante. —Muy bueno —respondió el médico a una pregunta sobre el tiempo—, Muy bueno, princesa, Moscú parece el campo. —N’est-ce pas?53 —suspiró la princesa—. ¿Puede beber? Lorrain quedó pensativo. —¿Ha tomado la medicina? —Sí. El médico consultó su reloj. —Tome un vaso con agua hervida y ponga una pizca. —indicó con sus dedos afilados lo que significaba una pizca de crémor tártaro… —No sabe de nadie que haya sobrevivido a un tercer ataque —comentaba un médico alemán a un edecán. —¡Era un hombre tan apuesto hace poco! —dijo este—. ¿A quién irá toda esta fortuna ahora? —cuchicheó. —No faltarán voluntarios —sonrió el alemán. Todos se giraron hacia la puerta, que se abrió para dejar paso a la segunda princesa, que llevaba la poción ordenada por Lorrain al enfermo. El doctor alemán se acercó a Lorrain. —¿Llegará a mañana? —preguntó en un francés macarrónico. Lorrain apretó los labios y negó con un dedo nervioso delante de la nariz. —Esta noche como mucho —susurró con una discreta sonrisa que revelaba su satisfacción por comprender y expresar sin rodeos la situación del enfermo. Y se alejó. Mientras, el príncipe Vasili abrió la puerta de la habitación de la princesa. La estancia estaba a media luz, solo dos lamparillas ardían ante los iconos; olía a incienso y flores. Toda la estancia estaba llena de mueblecitos, mesitas y armaritos; detrás de un biombo se veía la colcha blanca de una cama alta y mullida. Ladró un perrito. —¿Es usted, mon cousin? La princesa se levantó, se arregló el cabello, que incluso ahora llevaba alisados como pegados al cráneo y cubiertos de cera. —¿Ha ocurrido algo? —preguntó. —Estoy tan asustada… —Nada; sigue igual. He venido a hablarte de algo serio, Catiche —dijo el príncipe con aire cansado sentándose en la butaca dejada por ella. —¡Qué calor! Siéntate aquí, Hablemos. —Creí que había sucedido algo —dijo la princesa tomando asiento frente al príncipe con su eterna expresión severa—. Me gustaría dormir, mon cousin, pero no puedo. —¿Qué pasa, querida? —preguntó el príncipe Vasili tomándole la mano y doblándola hacia abajo. Sin duda ese «¿qué pasa?» se refería a muchas cosas que los dos comprendían sin necesidad de hablar. La princesa, con su pecho seco y largo comparado con las piernas, miraba directa y fríamente al príncipe con sus ojos saltones y grises. Meneó la cabeza, suspiró y miró los iconos. Su gesto podría expresar pena y devoción o agotamiento y esperanza en un descanso próximo. El príncipe Vasili vio fatiga. —¿Crees que todo esto es más fácil para mí? Estoy reventado como un caballo de posta. pese a todo, debo hablarte muy en serio, Catiche. El príncipe Vasili calló. Sus mejillas temblaron a ambos lados, lo cual le dio una desagradable expresión que nadie conocía en los salones. Tampoco sus ojos eran los de siempre: miraba con irónica insolencia o con temor. La princesa, que acariciaba con sus manos enjutas al perrito tumbado en sus rodillas, miraba directamente al príncipe Vasili; pero sin duda no preguntaría aunque tuviese que aguardar hasta el amanecer. —Ya ves, querida princesa y prima Catalina Semiónovna —siguió el príncipe Vasili con esfuerzo, reanudando el hilo de sus palabras—: en momentos así hay que pensar en todo. En el futuro, en vosotras… Os quiero como a mis hijos y lo sabes. La princesa lo contemplaba con la misma mirada opaca y fija. —Pero debo pensar también en mi familia —prosiguió irritado el príncipe Vasili sin mirarla y apartando la mesita—. Catiche, sabes que vosotras, las tres hermanas Mamontov, y mi mujer sois las herederas directas del conde. Sé que te apena pensar y hablar de esto; tampoco para mí es fácil; pero tengo más de cincuenta y debo estar preparado para todo. ¿Sabes que he mandado llamar a Pierre porque el conde lo exigió señalando su retrato? El príncipe miró a la princesa como preguntándole, pero no pudo comprender si había entendido o solo lo estaba mirando… —Solo le pido a Dios, mon cousin, que sea misericordioso con él y permita a su bella alma abandonar tranquilamente esta… —Sí, eso está bien —continuó el príncipe Vasili con impaciencia frotándose la calva y acercando la mesita antes apartada—. Pero, bueno… Se trata, y lo sabes, de que el pasado invierno el conde otorgó un testamento por el que deja todo a Pierre en perjuicio de sus herederos directos y de nosotros… —¡Será que ha escrito pocos testamentos! —replicó con calma la princesa—. No puede legar nada a Pierre. Es un hijo ilegítimo. —Ma chère —dijo de pronto el príncipe Vasili acercando la mesita y hablando más rápido—; ¿y si ha escrito al zar pidiéndole la autorización para reconocer a Pierre? Comprende que con los méritos del conde, su petición será atendida… La princesa sonrió como quienes creen saber algo mejor que aquel con quien hablan. —Te diré más. —El príncipe Vasili le tomó la mano—. La carta está escrita y el zar sabe que existe, aunque no se haya enviado aún. Lo importante es saber si fue destruida o, cuando todo haya terminado —el príncipe Vasili suspiró dando a entender qué quería decir con terminado— se abrirán los papeles del conde, el testamento y la carta serán entregados al zar y seguramente se respete su deseo. Pierre, como hijo legítimo, lo recibirá todo. —¿Y lo nuestro? —sonrió la princesa con ironía, como si creyese que todo era posible menos aquello. —Pero, mi pobre Catiche, está más claro que el agua. Pierre será el único heredero legal de todo, y vosotras no recibiréis nada. Tú debes saber si el testamento y la carta han sido escritos o destruidos. Si por algún motivo han sido olvidados, debes saber dónde están y encontrarlos, porque… —¡Es lo que faltaba! —cortó la princesa con una sonrisa sarcástica sin variar la expresión de sus ojos—. Soy mujer, y según vosotros las mujeres somos tontas, pero sé bien que un hijo ilegítimo no puede heredar… Un bâtard54 —añadió creyendo que traduciendo esta palabra convencería al príncipe de su desatino. —¿No lo entiendes, Catiche? ¡Con lo inteligente que eres! ¿No ves que si el conde ha escrito al zar solicitando la legitimación de su hijo Pierre, él ya no será Pierre, sino el conde Bezúkhov y según el testamento todo será suyo? Si el testamento y la carta no desaparecen, no te queda nada salvo el consuelo de haber sido virtuosa et tout ce qui s’en suit.55 Esto es seguro. —Sé que el testamento está escrito y también que es inválido. Creo que me tomas por tonta, mon cousin —dijo ella con el tono de quien está seguro de haber dicho algo ingenioso y ofensivo. —Querida princesa Catalina Semiónovna —dijo el príncipe Vasili impaciente— no he venido aquí para cambiar palabras desagradables, sino para hablarte como a alguien de la familia, una buena y legítima pariente; para hablar de tus intereses. Te repito por enésima vez que si la carta al zar y el testamento a favor de Pierre están entre los papeles del conde, tú y tus hermanas no veréis nada; si no me crees, cree al menos a quienes saben de estos asuntos; acabo de hablar con Dmitri Onufrich, el abogado de la familia, y me lo ha dicho. Algo pareció cambiar en la mente de la princesa. Sus delgados labios palidecieron, aunque sus ojos seguían siendo los de antes, y su voz se entrecortó tanto que ella misma se sorprendió. —¡Lo que faltaba! —dijo—. No quise nada antes ni lo quiero ahora. Arrojó de sus rodillas al perrito y se arregló la falda. —Así se agradece a quienes han sacrificado todo por él —prosiguió—. ¡Magnífico! ¡Muy bien! No necesito nada, príncipe. —Sí, pero no estás sola; tienes hermanas —replicó este. Pero la princesa no lo escuchaba. —Sí, lo sabía hace tiempo; pero olvidaba que en esta casa solo puede esperarse infamia, envidia, intriga y el peor desagradecimiento… —¿Sabes o no dónde está el testamento? —preguntó el príncipe Vasili con mejillas temblorosas. —Sí, era una tonta que creía en los seres humanos; los amaba y me sacrificaba por ellos. Pero solo los malvados, los villanos, medran. Sé de dónde viene esta intriga. La princesa quiso levantarse, pero el príncipe Vasili la sujetó por la mano. Catalina parecía alguien que acaba de perder en un minuto su confianza en toda la humanidad; miraba con rabia a su interlocutor. —Aún estamos a tiempo. Catiche, recuerda que todo esto se hizo por casualidad, en un momento de rabia; pero después se ha olvidado. Nuestro deber es reparar su error, aliviar sus últimas horas sin permitir que se cometa una injusticia, que no muera con la idea de que ha hecho desdichadas a las personas que… —Que han sacrificado todo por él —terminó la princesa tratando de levantarse, pero el príncipe no se lo permitió—, aunque él jamás supo apreciarlo. No, mon cousin —suspiró—, siempre recordaré que en este mundo no hay que esperar recompensas, que no hay ni honor ni justicia… que hay que ser malo y urdidor. —Bueno, cálmate. Conozco tu buen corazón. —Mi corazón ya no es bueno. —Lo conozco —repitió el príncipe—, valoro tu amistad y querría que tú tuvieses de mí la misma opinión que yo de ti. Cálmate y seamos razonables. aún hay tiempo; tal vez veinticuatro horas, tal vez una… Cuéntame lo que sepas del testamento, y sobre todo dónde está, tú debes saberlo. Lo sacaremos ahora mismo y lo mostraremos al conde. Sin duda lo olvidó y querrá destruirlo. Tú comprendes que solo deseo cumplir su voluntad; para eso estoy aquí. He venido para ayudaros a él y a vosotras. —Ahora comprendo todo —dijo la princesa—. Sé quién ha preparado esta intriga. —No se trata de eso. —Es su protegée,56 su querida princesa Ana Mijáilovna, a quien no querría tener ni de criada; es esa mujer ruin e infame. —No perdamos un segundo. —¡No me digas! El pasado invierno esa mujer entró en esta casa y contó al conde horrores sobre nosotras, en especial sobre Sophie, que no puedo ni repetirlos, que el conde enfermó y pasó dos semanas sin querer vernos. Sé que fue entonces cuando escribió ese maldito papel… pero creí que no tendría validez. —Nous y voilà.57 ¿Por qué no me lo dijiste antes? —Está en la cartera de cuero labrado que hay bajo su almohada. Ahora lo sé —dijo la princesa sin contestar—. Si tengo algún pecado, uno mortal, es el odio a esa arpía —prosiguió la princesa casi gritando—. ¿Qué busca aquí? Pero se lo diré todo. ¡Ya llegará la hora!
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