Capítulo XXII

1466 Palabras
CAPÍTULO XXIIMientras en el salón y en los aposentos de la princesa se conversaba así, el coche que llevaba a Pierre y a Ana Mijáilovna, que creyó necesario acompañarlo, entró en el patio del conde Bezúkhov. Cuando las ruedas del carruaje giraron sin ruido sobre la paja extendida bajo las ventanas, Ana Mijáilovna dedicó a su compañero palabras de ánimo. Al ver que durante el trayecto se había dormido en un rincón, lo despertó. Pierre se apeó detrás de Ana Mijáilovna y pensó en el encuentro que le aguardaba con su padre moribundo. Notó que el carruaje no paraba ante la entrada principal, sino ante la de servicio. Al bajar vio a dos hombres vestidos como menestrales que se apartaron aprovechando la oscuridad de las paredes. Pierre se detuvo y en la negrura circundante vio a varios hombres como los anteriores, pero ni Ana Mijáilovna, ni el lacayo, ni el cochero que debían haberlos visto se fijaron en ellos. Así debe ser, razonó Pierre. Siguió a Ana Mijáilovna, que subió con pasos rápidos por la escalera de piedra angosta y mal iluminada y apremiaba a Pierre, que iba detrás sin comprender por qué debía ver al conde y menos aún el porqué de entrar por la escalera de servicio. Dada la resolución y la prisa de Ana Mijáilovna, pensó que así debía ser. A mitad de la escalera casi los derribaron unos hombres que bajaban con unos cubos pisando muy fuerte. Se pegaron a la pared para dejar pasar a Pierre y Ana Mijáilovna sin mostrar sorpresa al verlos. —¿Están aquí los aposentos de las princesas? —preguntó Ana Mijáilovna a uno de ellos. —Sí, la puerta de la izquierda, señora —repuso el lacayo con voz fuerte y audaz, como si ahora todo se permitiese. —Tal vez el conde no me haya llamado —dijo Pierre al llegaron al descansillo—. Será mejor que vaya a mi habitación. Ana Mijáilovna se detuvo para esperar a Pierre. —Ah, mon ami! —dijo con la voz y el gesto con que había hablado a su hijo esa mañana—. Créame que sufro tanto como usted, pero sea un hombre. —añadió rozando la mano de Pierre. —¿Y si me voy? —preguntó Pierre mirando con cariño a Ana Mijáilovna. —Ay, amigo mío, olvide todo el mal que os hayan podido hacer, piense que es su padre…, tal vez agonizante —suspiró—. Le he querido enseguida como a mi hijo. Confíe en mí, Pierre. No olvidaré sus intereses —contestó ella, y avanzó más deprisa. Pierre no comprendía nada y se convenció de que todo debía ser así y siguió sin rechistar a Ana Mijáilovna, que ya abría la puerta. La puerta daba al pasillo de la entrada de servicio. En un rincón había un viejo sirviente de las princesas haciendo calceta. Pierre jamás había estado en aquella zona de la casa y ni siquiera sospechaba la existencia de esas habitaciones. Ana Mijáilovna preguntó a una criada que la adelantó con una botella sobre una bandejita cómo estaban las princesas y condujo a Pierre por un pasillo embaldosado. La primera puerta a la izquierda del pasillo iba a los aposentos de las princesas. La criada de la botella, con la prisa, pues todo se hacía con prisa en la casa, no había cerrado la puerta; al pasar, Pierre y Ana Mijáilovna miraron sin querer al interior de la estancia; allí charlaban, sentados muy juntos, la mayor de las princesas y el príncipe Vasili; este, al reconocer a los que pasaban, mostró impaciencia y se echó atrás; la princesa cerró la puerta con un golpe. Aquel gesto no correspondía a la forma de ser de la princesa; el miedo en el rostro del príncipe Vasili tampoco correspondía a su digna actitud; Pierre se detuvo entonces y miró a través de los lentes a Ana Mijáilovna, que no pareció extrañada, sino que sonrió levemente y suspiró, como diciendo que se esperaba cuanto ocurría. —Sea un hombre, amigo, yo velaré por sus intereses —contestó ella y continuó por el pasillo. Pierre no sabía de qué se trataba y menos aún qué era eso de “velar por sus intereses”, pero creía que todo debía ser así. El pasillo los llevó a una sala en penumbra que daba al recibidor del conde. Era una de esas habitaciones frías y lujosas que ya conocía Pierre, aunque siempre había llegado por la entrada principal. En una de ellas había una bañera vacía y la alfombra tenía salpicaduras de agua. Al entrar, un criado y un sacristán con un incensario salían de puntillas y no repararon en los recién llegados. Entraron en el recibidor —que conocía Pierre— con dos ventanales de estilo italiano que daban al jardín de invierno y decorado con un gran busto y un retrato de tamaño natural de la emperatriz Catalina. En el salón seguían los mismos de antes, en las mismas posturas, y bisbiseando. Todos callaron para mirar a Ana Mijáilovna, con su rostro pálido y lloroso, y Pierre, que la seguía dócilmente cabizbajo. El semblante de Ana Mijáilovna reflejaba la convicción de que había llegado el momento decisivo. Entró con cara de dama petersburguesa atareada, sin soltar a Pierre, y más decidida que por la mañana. Presentía que si iba con la persona a quien el moribundo quería ver sería bien recibida. Paseó la mirada por los presentes. Al ver al confesor del conde se le acercó con pasitos como si hubiese menguado y recibió respetuosamente su bendición y luego la de otro pope. —¡Alabado sea Dios! ¡Llegamos a tiempo! —dijo al pope—. Todos los parientes teníamos tanto miedo… Este joven es el hijo del conde —añadió en voz baja—. ¡Qué momento tan terrible! Dicho esto, se acercó al doctor. —Querido doctor —dijo—, este joven es el hijo del conde… ¿Hay esperanzas? El doctor alzó los ojos y los hombros con gesto rápido sin hablar. Ana Mijáilovna lo imitó. Después suspiró cerrando casi los ojos y se acercó a Pierre. Le habló con respeto y melancólica ternura. —Confíe en su misericordia —murmuró y le señaló un diván para que se sentase y la esperase; a continuación se encaminó sin ruido a la puerta a la que todos miraban y desapareció tras de ella. Decidido a obedecer a su guía, Pierre fue al diván indicado. Apenas desapareció Ana Mijáilovna, notó que todas las miradas se dirigían a él con algo más que curiosidad y compasión. Todos susurraban y lo señalaban con los ojos, temerosos e incluso obsequiosos. Le mostraban un respeto que hasta entonces nadie había mostrado. Una dama a quien no conocía y que hablaba con el pope se levantó de su sitio para cedérselo. El edecán recogió del suelo un guante que Pierre había dejado caer y se lo dio. Los médicos callaron y se apartaron para dejarle sitio. Pierre quiso sentarse en otro diván para no molestar a la señora, quiso recoger el guante y evitar a los médicos, que no le cortaban el paso; pero se percató de que no habría sido correcto y que, desde esa noche, era alguien sujeto a un ritual terrible, por todos previsto, y que debía resignarse por ello a recibir y aceptar favores de todos. Tomó en silencio el guante que le ofrecía el edecán, se sentó en el lugar de la señora, puso sus manazas sobre las rodillas, colocadas simétricamente como una estatua egipcia, y se dijo que aquello debía ser así y que, para estar en su puesto y no cometer tonterías, no debía actuar por iniciativa propia sino obedecer la voluntad de quienes lo guiaban. Dos minutos después el príncipe Vasili, uniformado, con tres condecoraciones en el pecho, la cabeza erguida y pomposo continente, entró. Parecía haber adelgazado desde esa mañana; sus ojos, más agrandados que de ordinario, pasaron revista al público. Al darse cuenta de la presencia de Pierre se acercó a él, le tomó la mano, cosa inaudita hasta entonces, y la sacudió vigorosamente hacia abajo, como para comprobar su resistencia. —Valor, valor, amigo. Ha pedido verle. Está bien —y mostró intención de alejarse. Pero Pierre creyó necesario preguntar: —¿Cómo está?… —calló, indeciso, no sabiendo si debía hablar del moribundo como «conde», pues «mi padre» le daba vergüenza. —Ha sufrido un ataque hace una media hora. Valor, amigo. Pierre estaba tan confuso que, al oír «ataque», pensó que lo habían golpeado y miró atónito al príncipe Vasili; después comprendió que el «ataque» se refería a la enfermedad. El príncipe Vasili se dirigió al doctor Lorrain y fue de puntillas a la puerta. Como no sabía caminar así, el resultado fueron unos saltitos que le sacudieron todo el cuerpo. Luego pasó la mayor de las princesas. Detrás de ella, los popes, sacristanes y criados. Se oía movimiento tras la puerta; por último, con el mismo rostro demudado, pero firme en el cumplimiento de su deber, salió Ana Mijáilovna —La bondad divina es inagotable. El sacramento de la extremaunción va a empezar. Venga —le dijo a Pierre tocándole la mano. Pierre cruzó el umbral pisando la espesa alfombra. Notó que el edecán, la desconocida y un criado entraban después, como si no necesitasen ahora permiso para hacerlo.
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