CAPÍTULO 1: EL SACRIFICIO
El amanecer llegó a Solvarya con su habitual lentitud dorada, filtrándose por los vitrales del ala este como si pidiera permiso para entrar. Yo ya estaba despierta cuando la luz tocó el suelo. Como siempre.
Me deslice fuera del camastro con movimientos suaves, sin hacer ruido. El colchón era delgado, relleno de hojas secas, y las piedras del suelo estaban frías bajo mis pies descalzos. Tome una palangana pequeña y me lave la cara con agua helada sintiendo un escalofrió enérgico. Frente al espejo agrietado, desenrede mi cabello oscuro con dedos torpes. Siempre me habían dicho que mi melena era demasiado espesa, demasiado apagada, como la tierra mojada después de una tormenta.
- qué clase de pelo es este, parece que nunca le ha dado el sol —me había dicho con desprecio una vez mi madrastra cuando aún era pequeña, una de las pocas ocasiones en las que me había cepillado el pelo.
Mi madrastra siempre se había empeñado en recordarme la herencia extranjera de mi verdadera madre. Mire mi piel pálida y mis ojos color miel con tristeza, ese era el único rasgo que me hacía parecer solvaryana. Todos allí parecían besados por sol menos yo.
Recogí mi pelo n***o como el carbón en un moño bajo sin mucho ánimo y termine de asearme. Me puso un vestido sencillo, ligeramente gastado, y salí al pasillo. El castillo ya comenzaba a despertar. Había criadas por todas partes, cambiando tapices, puliendo candelabros, colocando jarrones con flores frescas en los alféizares. Las cortinas ondeaban suavemente en los ventanales abiertos, dejando entrar el aroma de los jardines. Colores crema, dorados pálidos, turquesas claros y rosas suaves envolvían todo con una calidez delicada. La arquitectura era ondulada, como esculpida por el viento. Estancias amplias, arcos suaves, ventanales que convertían la luz del sol en ríos silenciosos.
El mundo que me rodeaba era bello. Y ajeno.
Baje a las cocinas, donde el aire era denso con olor a pan caliente, mermelada y leña encendida. Las cocineras se movían con la agilidad de quienes sabían exactamente dónde estaba cada cuchillo, cada cacerola, cada secreto.
- Buenos días, Nery —me saludó Marta, mientras se secaba sus rollizas manos en un paño- ven aquí te he guardado un poco de desayuno.
Sonrei con suavidad y me senté en un rincón de la cocina junto a las patatas por pelar, vi el plato que Marta me había guardado como un tesoro, ella era de las pocas que me cuidaba en aquel lugar. Comencé a comer un trozo de pan caliente con mantequilla. Observe en silencio el bullicio del lugar, sintiéndome por un momento como en casa, era mi lugar favorito en aquel palacio.
- ¿Cuándo llegan los reyes y…bueno el príncipe? —preguntó Luva, la más vieja, con voz ronca mientras removía una olla enorme.
- Dentro de dos semanas —respondió Marta sin alzar la vista—ese príncipe debería de haberse quedado en las sombras.
- Bueno al final todo depende de el y de Selene —Sanna hablo con disgusto mientras cortaba unas cebollas y se apartaba el pelo castaño grasiento de la frente.
Las observe mientras hablaban de la boda, el destino del mundo. La profecía… un hijo de la luz con un hijo de las sombras… Selene había sido la elegida para casarse, ella era la mas bella, la mas indicada, una verdadera hija de Solvarya. Comencé a recordar el día que Dareia, mi madrastra, le había dicho a su padre que Selene sería la mejor opción para cumplir con la profecía, por tradición ese puesto me pertenecía pero Dareia había intervenido a favor de su hija y mi padre había aceptado.
- Bueno al final Selene parece que no va a tener el cuento de hadas que su madre querría —soltó Elia, con una sonrisa torcida, mientras me miraba con una sonrisa de compasión.
- Son solo habladurías Elia, vamos, es un príncipe del reino de las sombras, en todo caso es un matrimonio muy ventajoso - murmuró Marta mientras se ajustaba el delantal en su prominente cintura.
- Dicen que va cubierto de pies a cabeza - Luva bajo el tono al hablar del príncipe - Que ni en los retratos lo muestran.
- Yo oí que lleva una máscara porque su rostro está desfigurado por una pelea con un animal—dijo Elia, bajando la voz teatralmente—. Que estos años en el exilio lo han convertido en un monstruo.
- Basta ya —gruñó Sanna dando un golpe en la mesa con un cucharon mientras se limpiaba el sudor de su frente con un paño—. No sabemos nada, no se especula del reino de las sombras, podrían estar escuchando. Todo son habladurías, seguro.
Mire a Elia con diversión que se reía por lo bajo mientras volvía al trabajo, Sanna siempre estaba paranoica con el reino de las Sombras. Terminé mi desayuno y comencé a pelar patatas mientras pensaba en el príncipe, es cierto que las habladurías y los rumores no lo describían muy bien, había un temor creciente alrededor de su figura. El príncipe había estado exiliado muchos años, huyendo de su destino, hasta que finalmente había decidido volver. Por eso ahora, por fin, Selene tendría su boda soñada y de su unión nacería el salvador del mundo... Suspire ante la idea, no es que yo quisiera casarse con alguien que ni conoce y ser forzada a tener un hijo que supuestamente debería salvar el mundo, pero era el hecho de que de mí no se esperaba nada grandioso, era la hija del rey pero ni siquiera tenia un lugar en aquel palacio, era como un recordatorio de un desliz del rey, con el deber de estar, pero sin derecho a nada.
Hice memoria, solo había visto a Kaelian una vez, cuando yo apenas tenia 8 años y él era un casi adolescente de 12 años, de expresión altiva y soberbia con aquellos ojos grises helados tan típicos de las gentes del reino de las Sombras. Aquel día en mi memoria estaba algo borroso. Todos reunidos para pactar la boda futura y así cumplir con una profecía tan antigua como el mundo, yo y mi padre estaban frente a los padres de Kaelian, los reyes de Sendra, y el propio príncipe, Dareia sostenía la mano de Selene que apenas tenía cuatro años y se erguía unos pasos detrás de nosotros. El príncipe entonces parecía un poco pomposo pero un ¿monstruo?
Un golpe seco en la puerta me sacó de sus pensamientos. Entraron dos guardias, vestidos con los colores del estandarte real. Entre ellos, como una hoja afilada envuelta en seda color lavanda, estaba Dareia. Que buscaba con una mirada enfadada.
- Aquí estás —dijo con desdén—. ¿Entre humo y grasa otra vez? Ven. Ahora.
La cocina se había quedado en un silencio tenso, deje rápidamente lo que estaba haciendo y fui a reunirme con su madrastra, Elia me tocó brevemente el brazo antes de que me fuera. Un gesto silencioso de apoyo, tenia un poco de miedo, no sabía lo que había hecho ahora para ser castigada.
Seguí a Dareia por los pasillos. Su pelo dorado estaba peinado en un moño alto y elaborado, su vestido era delicado, de un color lavanda empolvado que enmarcaba sus hombros, pese a su edad era una mujer muy atractiva, aunque lo sería más si no tuviera siempre esa expresión en la cara como si estuviera oliendo estiércol. Atravesamos el vestíbulo de columnas jaspeadas, subimos una escalera en espiral, y llegamos a uno de los salones secundarios, aquellas estancias solían usarse poco, solo cuando había visitas no muy importantes o para algún evento peque. Los guardias abrieron las puertas y allí había tres hombres de aspecto estirado. Eran delgados, pulcros, y olían a lavanda y almidón. Los tres ivan vestido impecablemente. Había un biombo de madera clara a un lado y telas y utensilios de costura esparcidos por toda la estancia, no entendía nada. ¿Qué hacíamos allí?
- Ah, es ella —dijo uno, alzando apenas una ceja en un gesto de clara desaprobación mientras me miraba con desprecio.
- Delicada como una piedra de río —añadió otro mientras se acercaba a mi con una expresión de decepción.
Me condujeron al centro de la estancia y me subieron a un pedestal pequeño frente a un gran espejo, estaba confundida ¿Qué estaba pasando?
Dareia ni se inmutó frente a mi expresión de no entender nada. Tomó dos rollos de tela. Uno de lino gris perla, otro de una seda apagada.
- Esto para la base – dijo- Nada de dorados. No tendría sentido vestir de oro a quien no brilla.
Los sastres asintieron y comenzaron a mover mi cuerpo como si fuera una muñeca, una fea y harapienta, así es como se sentía, todos parecían estar allí para mi pero con la mayor de las desganas, como si vestirme fuera como vestir a un cerdo, nada interesante, incluso absurdo.
- ¿Qué es esto? ¿porque me miden? – saque fuerzas de mi desesperanza para preguntar a mi madrastra.
- ¿No querrás ir a la boda con esos trapos? – dijo ella con un chasquido de su lengua- voy a desayunar, trabajar con ella… lo mejor que podáis
Dareia salió por la puerta después de mirarme de arriba a abajo como si solo fuera un espantapájaros. Trague saliva y me resigne a aquello, supongo que era lógico que asistiera a la boda y debía ir con algo mejor que mis vestidos raídos, lo cierto es que no había pensado en eso, tal vez asumí que no estaría invitada. Me dejó medir. Las manos frías de los sastres se deslizaban sobre mis brazos, mi espalda, mi cintura… Era como si intentaran convertirme en alguien que no era. Como si quisieran borrar todo lo que me componía.
- ¿Y el velo? —preguntó uno.
- Blanco. Sobrio. Como la ocasión requiere —respondió otro- ya has oído a la señora, algo sencillo.
- ¿velo…—murmure confundida- ¿para qué voy a necesitar un velo?
Los sastres me miraron sin entender, como si acabara de preguntar por algo muy absurdo.
- ¿para el vestido de novia? —preguntó uno de ellos con desdén—no querrás casarte sin velo, seria del todo inapropiado.
- Pero tiene que haber un error, es Selene la que se casa no yo- Respondí en pánico sin comprender, si me hacían el vestido de novia a mi en vez de a Selene me castigarían, aunque no fuera su culpa.
- ¿Selene? La hermosa jovencita de cabello rubio… o no, ella va a llevar un espléndido vestido verde y dorado, ya esta confeccionado a la perfección- uno de los sastres dijo de forma prepotente.
- Pero entonces… no entiendo nada, necesito salir…
Me deshice de todo lo que me habían ido poniendo encima frente al estupor de aquellos hombres, salí de la habitación rápidamente mientras me llamaban molestos. Avance con rapidez por los pasillos hasta que finalmente me detuve un segundo a respirar. El mundo parecía dar vueltas a mi alrededor, yo no podía ser la novia, había un error. Un error terrible.
Fui a encontrarme con mi padre para exigirle una explicación, nadie me había avisado de esto, era imposible que yo fuera a casarme con el príncipe. Solo era una equivocación, seguro.
Llegué por fin al salón de desayunos, abrí las puertas con mas brusquedad de la que hubiera querido, la conversación alegre y fluida del lugar se interrumpió de golpe frente a mi intromisión. Me quedé frente a lo que era mi familia en una imagen de contraste. Ellos perfectamente vestidos, civilizados, su padre sentado en la mesa junto a Dareia y Selene. La imagen de una familia perfecta rodeados de comida deliciosa y frente a ellos, yo, vestida apenas mejor que una sirvienta, sin adornos, sin nada a destacar solo un manchurrón n***o en aquel cuadro ideal. Los tres me miraron con confusión y desaprobación. De repente me sentí estúpida allí parada. manchada de hollín de la cocina y con aquellos ropajes raídos, tanto que momentáneamente había olvidado a que había venido.
- ¿Qué haces aquí Nery? —preguntó mi madrastra arrastrando las palabras.
El rey, mi padre, me miró un instante, pero enseguida retiró la mirada, hacia mucho que el había dejado de prestarme atención para ceder a todas las exigencias de su ahora amada esposa, pero hoy me escucharía, merecía una explicación.
- ¿Qué está pasando? ¿Por qué están haciéndome un vestido de novia? —pregunté intentando contener mi frustración.
- Has sido elegida para cumplir el pacto. La boda se celebrará y se cumplirá la profecía- dijo su madrastra con indiferencia mientras comía un trozo de fruta- es un gran honor, deberías de estar contenta.
- Pero... ¿no debería de ser Selene? —exigí, buscando una respuesta que encajara a todo esto.
- ¡Ja! Pretendes que me case con ese…monstruo- mi hermanastra Selene habló con desprecio casi atragantándose, como si mi solo insinuación hubiera sido absurda.
Entonces la verdad calló como un jarro de agua helada sobre mí, los rumores sobre el príncipe eran ciertos, era un ser deforme, monstruoso, no digno de alguien tan especial como Selene, pero si de una harapienta como yo. Miré con lágrimas en los ojos a mi padre quien no despego la mirada de su tenedor.
- ¿Padre estás de acuerdo con todo esto? ¿antes no era digna y ahora sí? ¿Tan poco te importo? - intenté no llorar, pero no pude evitarlo, las palabras salieron de su boca manchadas por todo el rechazo acumulado todos aquellos años.
- alguien tiene que hacerlo —dijo mi madrastra, cortándome con severidad- Y Selene no ha nacido para el sacrificio. Es un honor y deberías de estar agradecida de que se te conceda, es hora de que aportes algo a esta familia.
Selene sonrió frente a mi impotencia y las palabras de su madre. Una sonrisa pequeña, contenida en aquel rostro perfecto. Como quien ha ganado algo sin mover un dedo.
Me quedé unos segundos más allí, parada frente a su indiferencia, sin saber que hacer, hasta que finalmente salí en silencio de la estancia, ellos habían vuelto a comer sin darse cuenta de que mi mundo se estaba desmoronando bajo mis pies. A nadie le importaba ni si quiera al hombre que se hacia llamar mi padre.
Fui hacia mis aposentos sin poder contener las lágrimas, me desplomé en mi cama, rodeada de mis muebles viejos y las pocas cosas de valor que tenía. Me sentí tremendamente desdichada. Siempre había sido tratada como una extraña allí, pero al menos en aquel desprecio tenia algo de libertad, Dareia no se metía conmigo si yo desaparecía de su vista y eso estaba bien para mí, había aceptado que mi papel en la vida era ingrato, pero esto. Ahora el príncipe ya no era un buen partido, ahora era yo la que debía sacrificarse por todos. Cogí el pequeño retrato de mi madre de debajo de mi almohada. Era la única imagen de ella que conservaba. Dareia se había deshecho de todos, una vez ella se convirtió en la nueva reina. Miré su pelo n***o azabache, largo y precioso, tenia un rostro alargado de facciones finas y elegantes y una hermosa sonrisa. Su piel era ligeramente bronceada y sus ojos eran verdes, de un verde vibrante como la hierba, había sido una mujer tremendamente hermosa, sabía que mi padre la había amado con locura, tenia esos recuerdos muy lejanos en mi mente, cuando mi vida aun era cálida y agradable, cuando yo importaba algo. Abracé su retrato con fuerza y lloré hasta quedarme dormida.