Cap 1. La playa
– ¡Vamos Paula! Es hora que tengas un poco de diversión, además, estoy enojada contigo porque me has dejado surfear sola durante mucho tiempo. Tienes que hacer méritos para que te perdone…
– No seas exagerada – digo, soltando una carcajada. Es verdad, hace poco más de 2 meses que mis pies no tocan el agua del mar y de verdad necesito la sensación liberadora de montar una ola.
– Vamos, por favor – ruega Rebeca
– Bueno, está bien, paso por tí en 20 minutos y más vale que estés lista, sabes que no me gusta esperar.
- Sí, sí, sí, yo ya estoy casi lista, ¡te espero en la puerta!. ¡Te quiero amiga!
– Yo también te quiero. Te veo en veinte – cuelgo de inmediato.
Quiero mucho a Rebeca, pero a veces me dan ganas de...es tan insistente.
Rápidamente me pongo mi traje de baño favorito, mientras decido qué tabla llevar, ¿Shortboard o longboard?, llevaré una short y 2 long. Mis tablas favoritas de esta temporada. Meto un par de ceras en la funda de la tabla, unas toallas. Reviso si el bloqueador sigue en su lugar y cargo una nevera con un par de botellas de agua y algo de fruta. Listo, esto bastará. Me subo a la camioneta y me dirijo a buscar a mi querida amiga.
– ¡Pau! – grita con alegría mientras me estaciono frente a su casa – ¿Trajiste cera? Me quede sin – me da una sonrisita tímida.
– Claro que sí, por alguna razón sabía que no tendrías. – le sonrío indulgentemente – ¡Feliz cumpleaños nena! – Nena es un decir, porque en realidad está cumpliendo 33 años.
– Gracias Pau, y me conoces bien – articula sonriendo de oreja a oreja.
– Sí, te conozco bien – presiono un botón para abrir la parte trasera de la camioneta para que ella pueda meter su tabla.
–¿Y Charly? Pensé que vendría con nosotras. – pregunta mientras mete su tabla y acomoda su mochila en el baúl.
– Nos alcanza después, necesitaba que hiciera algunas cosas para mí.
Se sube a la camioneta y nos encaminamos hacia la playa.
– ¿No extrañas esto? ¿Ir a surfear sin preocupaciones? – pregunta con nostalgia en su voz, mientras vuelve a la vida el reproductor de sonido.
– No realmente, no tengo mucho tiempo para extrañar. Sabes que ahora soy una persona muy ocupada. – digo y le doy una sonrisa irónica.
– Sí, lo sé – hace un gesto y me enseña la lengua.
– Ya estamos un poco grandecitas para hacer pucheros y sacar lenguas. – la miro totalmente seria.
– ¿Cuándo te volviste así? Tan fría... amiga, te quiero mucho y lo sabes… y por eso te digo las cosas directamente en la cara, cambiaste.
– Sí, sé que ya no soy la misma de antes, por un lado estoy aliviada de eso, ahora sí sé quienes son mis verdaderos amigos.
– Pau…¿En dónde dejaste a la Pau divertida? ¿Te acuerdas de hace unos años, cuando éramos totalmente felices pero sin dinero en el bolsillo? Ahora tienes todo lo que quieres, pero a decir verdad, no siento que seas feliz. Cambiaste mucho después de… – deja repicando el comentario. Las dos sabemos a quién se refiere.
– Soy feliz, no te preocupes por mí – le sonrío, pero en realidad ni yo misma creo en mis palabras.
– ¡Mi canción favorita! – grita sacándome de mis pensamientos. Subiendo el volumen del sonido al máximo.
Después de una plática sin sentido, cantar junto a las canciones y sentirme libre otra vez, llegamos a la playa. A lo lejos vemos olas rompiendo en un tubo perfecto, respirando, igualando al día de hoy en todo su esplendor.
– Pensé que iba a estar más grande – dice Rebeca con un tilde de decepción en su voz.
– Y ¿Por qué ese tono? – respondo
– Porque traje una tabla corta y no me va a jalar. De verdad, necesito surfear. Agarrar una buena ola y dejarme ir. – dice. Y de pronto veo un aire de tristeza en su rostro.
– Tengo 2 longs en la camioneta, vine preparada por si algo como esto pasaba. ¿Qué pasa Rebe? Algo está mal, lo puedo ver, ¿Qué te hizo ese idiota?
Me mira, ahora con ojos alarmados. Oh sí, di en el clavo una vez más. Sé que Eugenio algo le hizo y tengo que averiguarlo. Sé que no me va a decir pero de alguna forma u otra lo tengo que saber.
– Nada, todo está bien. ¿Nos vamos a quedar aquí hablando o vamos a montar algunas olas? – dando la vuelta y abriendo la parte trasera de la Range Rover.
La arena está caliente, pero se siente tan bien en mis pies. Miro al point break tratando de reconocer alguno de los surfistas que están, poniendo mi mano izquierda sobre mis ojos, tratando de hacer sombra. No viendo a nadie conocido, me dispongo a poner cera a la tabla. Amo tanto esta tabla, es celeste con dibujos amarillos, hecha exclusivamente para mí por Roxy. Es prácticamente nueva, la tengo hace unos 6 meses, y sólo la he usado un par de veces. Hago círculos con la cera en la tabla, tratando de cubrir todos los espacios posibles, para que no quede espacio libre de este precioso elemento.
– La última en entrar es un huevo podrido – chilla Rebe mientras pasa corriendo a mi lado. La miro con alegría. Sigue siendo la misma chica despreocupada de siempre.
Guardo el pequeño trozo de cera en el pequeño bolsillo del traje de baño. Me pongo el leash en el tobillo, tomo la tabla y comienzo a caminar hacia el agua, disfrutando cada paso, como si fuera la primera vez. Cuando por fin mis pies tocan el agua, siento paz. Una paz que hace mucho no había sentido. Me había olvidado que los placeres de la vida están en la naturaleza: El agua, las montañas, la selva, la nieve. Había olvidado lo bien que se sentía estar aquí, en el agua esperando por una ola. Con el agua a nivel de mis rodillas, dispongo la tabla en el agua y la mojo poco a poco, presentando una vez más la tabla al mar, mostrando el respeto que este se merece. Camino un poco más adentro y me monto en la tabla y comienzo a bracear, dirigiéndome al punto.
Después de luchar contra la corriente y contra las olas rompiendo, llego al lugar justo para tomar olas. Veo a mi alrededor a los surfistas que están ahí. Veo caras conocidas, conocidas por tantas veces que nos hemos cruzado, pero nadie a quien de verdad conozca. Veo a Rebe nadar hacia mí.
– Somos las más viejas aquí – comenta riendo, porque somos las que más tiempo hemos surfeado.
– Con razón no veía a nadie conocido.
– Yo sí conozco a un par de ellos, ¿Quieres que te los presente? – pregunta esperanzada.
– No vine a socializar, vine a surfear – comento mientras salpico agua hacia ella. Me acomodo para tomar la ola. Braceo y me monto en ella...woah! es tan relajante esto.
Regresando de esa primera ola, me encuentro envuelta en las miradas de todos los presentes. Supongo que es por el hang-ten que acabo de hacer.
– Supongo que me ven por el hang ten – comento hacia rebe sonriendo.
– Paula estuviste genial. Y sí, es por eso, creo que acabas de conquistar uno que otro corazón. – hace esas risitas extrañas que sólo ella sabe hacer – ven, te voy a presentar a unos amigos – añade.
– ¿Vienes a socializar o a surfear? – la reprendo bromeando – yo voy a disfrutar el día, con la tranquilidad del long. – río y me alejo para agarrar la siguiente ola.
Después de unas cuantas olas, o ¿debería decir horas? Y ver a Rebe disfrutando del surf conmigo, me siento bien, sin preocupaciones. Esto es lo que amo del surf, la tranquilidad que te deja después de disfrutar de la naturaleza.
– Voy de salida – grita Rebe a lo lejos, haciendo un gesto con la mano, señalando a la orilla.
Le hago “ok” con la mano, y con gestos le digo, una más y salgo también. Tengo que hacer esto mas seguido. – ¿Y si me compro una casa a la orilla de la playa? Así no tendría que manejar por mucho tiempo para llegar –. Desecho el pensamiento enseguida, negando con la cabeza a mí misma. Creo que el tener dinero me está afectando.
– Aquí viene la buena – digo en voz alta, la ola que viene levantándose a lo lejos es perfecta. Me posiciono, remo, y aquí estoy, en esta ola perfecta. Observo tranquilamente que se está formando un tubo y me agacho para poder entrar a la perfección. Salgo del tubo, me levanto y hago un giro hacia la orilla y la ola me lleva gentilmente hasta el final.
– Buena ola ahí – me dice uno de los chicos que está con Rebe, mientras ella me entrega una toalla para secarme.
– Gracias – mirándolo calculadoramente y sonriendo hipócritamente.
– Pau, te presento a Emilio, un amigo de Eugenio – dice Rebe, señalando al chico que está a su izquierda. Un chico alto, 1.85m calculo, tez blanca cabello castaño, está de más decir que su piel está hermosamente bronceada, abdominales perfectamente marcados, tengo que admitir que no está nada mal. Viste unos boardshorts verdes con manchas marrones que dejan asomar esa deliciosa V que lleva a un lugar feliz. – y él es Edgar, amigo de Emilio – ahora señalando al chico de la derecha, el cual viste el mismo estilo de bermuda que el anterior, pero en diferente color, también es alto, aunque con cabello rubio quemado por el sol que cae ligeramente sobre sus ojos azules, y está totalmente bronceado.
– Hola, mucho gusto. Paula – digo mientras estrecho las manos de cada uno.
– Dice Rebeca que surfean desde hace poco más de 15 años, ¿Es cierto? – pregunta Emilio, tratando de hacer conversación, supongo.
– Sí, más o menos, de hecho, un poco más, ustedes ¿hace cuánto surfean? – pregunto con gracia mirando a ambos, alternadamente.
– ¡Uf! yo hace unos 13 años, no tanto como ustedes –contesta Edgar, sonriendo ¿Coquetamente? Agh, otro de esos.
– Qué bien – contestando cortante, no quiero estar mucho más tiempo con estos dos. – volteo hacia la ladera que da a la calle, veo parado a Charly levantando la mano hacia mí. Alzo la mano indicando que lo he visto y ya estamos listas para irnos – Rebeca tenemos que irnos, Charly está esperando en el auto. – señalo.
– Me parece bien, sólo déjame despedirme.
– Alcánzame allá, ¿Quieres?
– Sí, está bien – me da esa sonrisita que sólo Rebeca puede dar.
Diciendo un rápido adiós a los chicos que nos acompañaban, comienzo a caminar hacia la camioneta. No soportaba estar un minuto más con ese par.
– Buenas tardes, señorita Ambroa, ¿Cómo estuvo su sesión de surf el día de hoy? - Pregunta Charly mientras estira las manos alcanzando el longboard.
– Bien, olas tranquilas hoy. ¿Todo bien con el paquete que te pedí?
– Todo bien señorita, el paquete está en casa, listo para la entrega. – contesta obedientemente.
– Muy bien. Gracias. – acomodo mis cosas en la camioneta, le doy las llaves a Charly. Me encanta manejar, pero hoy estoy tan cansada que no sé si voy a aguantar 5 minutos de viaje en auto sin dormirme. Tomo de la nevera una botella de agua, y disfruto sorbo a sorbo el agua. Ahh, realmente necesitaba esto. Me dispongo a comer un plátano cuando escucho la voz de mi querida compañera de surf.
– Hola Charly – saluda Rebe.
– Buenas tardes señorita López.
– Acá estás – articula hacia mí.
– ¿En dónde querías que estuviera? – pregunto con ceño fruncido.
– Sabes a qué me refiero, saliste huyendo de ahí.
– Te dije, no ando de humor para socializar.
– Pues lo siento amiga – posa su brazo izquierdo sobre mi hombro. – vas a tener que cambiar ese humor porque te quiero lista para la fiesta de esta noche – añade y termina con un gran grito que refleja alegría.
Cierto. La fiesta. Normalmente inventaría alguna excusa, pero esta vez sí no puedo librarme – está bien, desataré mis encantos esta noche – le sonrio, guiñando un ojo mientras le alcanzo una botella de agua.
– ¡Por fin! ¡Me parece perfecto! – me abraza brincando. – invité a los chicos, estoy segura que van a ir, así que Pau, tienes que resarcir lo de ahora.
– ¿Resarcir? Realmente no estoy interesada – refunfuño.
– Pero parece que ellos sí, creo que les gustaste…a los dos. – agrega – aprovecha, puedes tener algo de acción – dice guiñandome un ojo y codeando uno de mis costados.
– Me di cuenta, por eso te digo, no me interesa. Pero está bien, haré el esfuerzo de ser más amable esta noche en tu fiesta, pero no me pidas más, ¿Entendiste? – termino diciendo con una gran sonrisa.
– Ok, no hay problema, por lo menos te vas a divertir un rato.
– Bueno, vámonos, que tengo muchas cosas que hacer antes de ir a tu fiesta.
Dejamos a Rebe en su casa, la cual se despide gritando – te veo a las diez, Ambroa, ni se te ocurra faltar.