Ella es una chica de unos veintitantos, cabello rojizo y lacio. No tiene pecas que la hagan ver encantadora, su cabello no va peinado de forma especial ni usa vestidos coloridos. Camina sin gracia y no se ve coqueta ni tierna; sus pasos son bruscos y arrastrados. Ella no es el típico cliché, o tal vez, sí lo es. —¡Oye, hombrecito! —sus puños se cierran al escuchar la burla de aquellos jóvenes, que se encuentran recostados de una pared—. Si quieres te presento a uno de mis bombones y así dejas de ser tan amargada. Los chicos ríen como si aquello fuese gracioso, entendiendo ella que la gracia está en lastimarla, en hacerla sentir mal. Camina ignorando a los tontos del vecindario con su mirada baja y pasos pocos delicados. ¿Para qué seguir negándolo? Años atrás no le importaba, esas pala

