Había amanecido, un rayo de luz débil entraba por uno de los orificios que había en aquella casa, iluminando una parte de la misma, Miyako se encontraba despierto, mirando a Dalith, aún en su mente no podía entender cómo un padre podía ser tan egoísta con su propia hija, en el pueblo se escuchaban los murmullos de los habitantes preguntándose: ¿qué habrá sucedido con aquella mujer? Maraduck y Lucas aún se encontraban encerrados en una de las casas custodiados por dos hechiceros, por una barrera de hechizos.
―Dalith, debes de despertar ―susurró Miyako.
Observó que Dalith se movía, lo que le dio cierto alivio, en cambio, sabía que debía de hablar con ella sobre lo que había sucedido al igual que debía de hablar con su padre sobre lo que debía de hacer durante cada luna llena.
Dalith abrió los ojos adaptándose poco a poco a la caridad, volvía a sentir su cuerpo, no le dolía, no le ardía, no se sentía débil, movió sus manos hacía su rostro y miró que su carne se encontraba en sus huesos y no desprendida de ellas, llevó sus manos con curiosidad hacia su rostro y sintió su piel suave y delicada en ella, las lágrimas salieron de su rostro sin poder contenerlas, estaba con vida… estaba viva… a cambio de un pacto para perder su humanidad.
―Señor, ¿qué es lo que me has hecho? ―preguntó al distinguir una silueta en uno de los rincones de aquel lugar.
―He hecho lo que tu egoísta padre, me ha pedido, solo he concedido los deseos de su oscuro corazón ―respondió, mientras desde aquel rincón oscuro miraba el rostro y la mirada perdida de Dalith, al escuchar sus palabras.
―No mi padre… mi padre ―titubeó ante aquellas palabras que no quería pronunciar. Su mente le decía que su padre jamás le haría tal cosa, pero su corazón le decía que sí, pues muy en el fondo de su ser sabía que su padre lo único que buscaba era su propio bienestar y su poderío sin importarle que dejaba atrás.
―Tú padre, es un hombre egoísta Dalith, no le ha importado ni un poco que con ese pacto tu humanidad se vaya apagando durante cada luna llena, lo que a él le importa es conquistar todo y ver a todos y cada uno ante sus pies, lo he visto a través de sus ojos cuando le dije que te harías más fuerte, en su mirada había sed de poder y conquista, lamento mucho todo esto ―habló mientras caminaba hacia el lugar iluminado dejando que Dalith mirara su rostro.
― ¿Qué sucederá si salgo mientras haya luna llena? ―preguntó mientras apartaba la mirada de la de Miyako.
―Te convertirás en una bestia, en una mujer lobo, la cual acabará con todo y todos a su paso, no podrás controlarte a menos… a menos que recuerdes que es lo que tú corazón más anhela ―caminó más hacia ella.
― ¿Lo que mi corazón anhela? ―se preguntó. «realmente no sé lo que en realidad anhelo» pensó.
―Quizás sea… tu libertad… lo que más anhela tu corazón ―sonrió.
―He perdido mi libertad… la he perdido desde… desde la muerte de mi madre, para mí, mi libertad dejó de existir hace mucho tiempo, ahora solamente me encuentro atada a aquel pueblo, a aquellas personas y a mi padre ―respondió.
―La libertad… la libertad no se pierde por más enjaulado que estés, tu alma te gritará una y otra vez que la busques, que busques esa libertad, hasta que lo haces a pesar de que tengas tus alas cortadas y te sientas atada a ese sitio, saldrás de ahí y buscarás lo que tu corazón anhela, te sentirás tan libre, cómo esas aves que vuelan por el inmenso cielo, te sentirás más feliz que nunca, sentirás que nadie puede detenerte, que todo está fluyendo a como siempre lo deseaste, en ese momento te darás cuenta que has encontrado la libertad que tu corazón tanto ha anhelado ―respondió mientras buscaba la mirada de Dalith.
―Creo que ha llegado el momento ―comentó mientras miraba a Miyako sin expresión alguna en su rostro.
―Si, ha llegado el momento de hablar con tu padre ―expresó.
Miyako fue el primero en salir de la casa, Dalith seguía adentro, colocándose la ropa limpia que él le había dado, miró aquella ropa y sus lágrimas volvieron a recorrer sus mejillas, lo que Miyako le había dicho acerca de su libertad, todo había sido cierto, su alma últimamente estaba llegando a ese punto en el cual le pedía ser libre, sabía que su padre era egoísta y al momento en que Miyako le dijera en que la había convertido a pesar de que le aterrara la idea la dejaría a un lado para buscar su reinado sobre Dasco y sus alrededores.
―Estoy lista ―habló del otro lado de la puerta.
Miyako abrió la puerta, Maraduck y Lucas al ver a Dalith como si nada le hubiera sucedido se sorprendieron a tal punto de llevarse una mano a la boca, no entendían que era lo que había realizado aquel hechicero para devolverle la vida a Dalith.
―Joven Miyako, no sabe lo agradecido que me siento que haya devuelto a la señorita Dalith a la vida ―habló haciendo una pequeña reverencia.
Miyako miró los ojos de Lucas, había sinceridad en sus palabras, le respondió con una sonrisa.
―Hija mía, no sabes lo feliz que me hace verte nuevamente con vida ―extendió sus brazos para abrazarla.
Dalith dio un par de pasos hacia atrás, pues no quería un abrazo hipócrita de parte de su padre. Maraduck se sorprendió ante aquel gesto de su hija, pues no sabía por qué se comportaba de esa manera, si jamás lo había tratado así.
―Padre, por favor, no intentes abrazarme nunca más ―espetó mirándolo con odio.
―Pero hija.
―Pero nada padre, me has convertido en algo que no podrás detener ―vociferó.
Abrió los ojos en manera de sorpresa, no entendía que tan grave era lo que le había hecho a su hija.
―Señor Maraduck, ¿qué ha hecho? ―cuestionó Lucas.
―No es nada que te importe Lucas, esto es entre mi hija y yo ―respondió.