—Garras —dijo Mauro, mientras encendía un cigarrillo al costado de la camioneta—. Ocúpate de los críos. —¿Y qué hago con ellos, jefe? —preguntó Garras, mientras las gemelas dormían abrazadas en la parte trasera, y el adolescente miraba por la ventana con la mirada perdida. —No les pongas una mano encima. No somos bestias —gruñó Mauro—. Dales comida, ropa. Llévalos a la casa de campo. Que tengan camas limpias y una tele. Haz que estén cómodos… pero que no olviden que están ahí por culpa de su padre. —Entendido —asintió Garras. Mauro tiró el cigarro a un charco y lo pisó. Miró al cielo. Esa noche no iba a llover. Pero algo en su interior ya había estallado. Sabía que el Guajiro estaría retorciéndose de rabia, de miedo. Iba a llamar. Iba a rogar. Iba a escupir sangre si era necesario. E

