Mauro apenas había subido dos escalones cuando su teléfono vibró. Un mensaje encriptado apareció en la pantalla. El remitente: Sombra 4. Solo él y sus hombres más cercanos usaban ese sistema de comunicación. Lo abrió sin pensarlo. Las cejas se le fruncieron de inmediato. La mirada cambió. Se puso rígido. Luego sonó una llamada. —¿Qué pasó? —contestó, sin siquiera saludar. La voz al otro lado hablaba rápido. Nerviosa. —Nos emboscaron, jefe. En el desvío de la Ruta 9. El cargamento… se lo llevaron. Fueron los del Guajiro. Estoy seguro. —¿Heridos? —Tres. Uno muerto. El resto escapamos por el bosque, pero las máquinas ya no están… se las robaron. Mauro cerró los ojos y apretó la mandíbula. —Quédense ahí. En diez minutos llegaré. Colgó y bajó el escalón sin mirar atrás. Melissa est

