Melissa seguía riendo bajito mientras la pequeña gata blanca, se acurrucaba en su regazo. El ronroneo era como un arrullo constante y suave. Era muy reconfortante. Y el corazón le latía acelerado, pero no de miedo. No, esta vez, era de felicidad y gratitud. Una especie de ternura que no sabía cómo procesar. Se sentía extraña… tan ajena a ella misma. No se percató de cuánto tiempo había pasado. Solo cuando la gata comenzó a dormitar entre sus piernas, escuchó el leve crujido de la puerta. No volteó enseguida. —Sabía que ibas a aparecer en algún momento —dijo con la voz tranquila, sin mirarlo. Mauro entró con paso silencioso, llevaba las manos en los bolsillos del pantalón n***o. Vestía impecable, como siempre, con una camisa gris, sin corbata. Relajado, pero con ese aura de

