Melissa estaba sentada en una silla de mimbre, con las piernas cruzadas, recibiendo el calor tenue del sol de la tarde. Nieve, su pequeña gata blanca, dormía sobre su regazo. La brisa le movía suavemente el cabello y por primera vez en mucho tiempo sentía algo parecido a la calma. No era paz del todo… pero sí un silencio amable, sin gritos, sin insultos, ni sombras. Fue entonces cuando escuchó los pasos firmes de Garras, el guardaespaldas de Mauro, aproximándose con esa rigidez militar que lo caracterizaba. —Señora Melissa —dijo con seriedad, entregándole una caja plateada con un moño rojo de terciopelo—. El jefe me ordenó entregar esta caja directamente en sus manos. También dijo que si tiene alguna inconformidad, le avise… y se la resolverá. Con su permiso, me retiro. Y sin más, s

