Henry se desplomó contra el suelo, soltando un grito quebrado que resonó en el despacho. Se cubrió el rostro con ambas manos, inmóvil, jadeando, sin encontrar fuerzas para ponerse de pie. Mauro, con el puño aún tenso, lo miró desde arriba con una calma que helaba la sangre. Sus nudillos estaban abiertos, ardiendo y sangrando, pero parecía no sentir dolor alguno; solo un odio frío que convertía el aire en acero. Gonzalo, a su lado, reprimió una sonrisa satisfecha. Henry había cruzado un límite absurdo. Pedirle al Señor Lombardi que entregara a la Señora Di Fiore era más que una provocación: era un insulto directo al corazón del hombre más peligroso de Italia. Mauro adoraba a Melissa con un amor feroz, casi irracional. Nadie, absolutamente nadie, tenía derecho a verla como un bien negoc

