Esa mañana, Mauro se había levantado con una determinación inquebrantable. Luego de asegurarse de que Melissa estuviera tranquila, descansando aún en su habitación, reunió al personal de seguridad en el salón principal. Su rostro era serio, implacable. —Nadie entra. Nadie se acerca. Si alguien da un paso más acá del portón sin ser identificado, abren fuego —ordenó con voz firme—. No hay advertencias, no hay dudas. Lo que más me importa en esta vida está bajo este techo. Los hombres asintieron con respeto y firmeza. Cada uno sabía que esas palabras no eran una exageración. La seguridad de Melissa era una prioridad absoluta. —¿Entendido? —volvió a preguntar Mauro, esta vez mirando uno por uno a los escoltas. —Entendido, señor —respondieron todos al unísono. Acto seguido, Mauro salió de

