Mauro sostenía el cuarto catéter entre los dedos, listo para clavarlo en una de las venas del pie de Figueroa. Ya no tenía prisa. Sabía que el dolor, el frío, y la pérdida de sangre eran aliados lentos pero seguros. La camisa de Figueroa estaba empapada. Su cuerpo colgaba débil, apenas sostenido por las correas de cuero que lo mantenían erguido. Jadeaba. Escupía saliva y sangre. —Uno más —susurró Mauro con tono seco—. Y verás qué rápido aparece tu memoria. Figueroa intentó gritar, pero solo consiguió quejarse. El cansancio empezaba a ganarle la pelea. Ya no se atrevía a decir que era inocente. Ya ni siquiera hablaba. Apenas lloraba en silencio. Mauro dio un paso adelante, apuntando hacia la vena del tobillo. Y entonces sonó el timbre de su teléfono. Un tono suave, elegante. Totalm

