—No eres nada, ni nadie—dijo Eric Sowler en el oído de Daphne—. A nadie le importas, eres solo una cara bonita muy fácil de olvidar.
Aquel hombre profirió un beso en el costado del rostro de ella, mientras Daphne luchaba para moverse, para empujarlo lejos y escapar, pero había cadenas invisibles apresando su cuerpo. Dejándolo petrificado, paralizado en medio de la oscuridad.
Esa era otra ventaja, una que no había sido capaz de disfrutar antes. Ahora la oscuridad parecía ser benévola con ella, ocultando el cuerpo y rostro de aquel hombre de su visión, sirviendole de consuelo.
Daphne sentía como su corazón latía con fuerza, mientras se revolvía inquieta para liberarse.
De alguna forma, de algún modo, Eric estaba vivo y había ido por ella. La había vuelto a capturar.
No había rastro de Dorian por ningún lugar, al parecer él no estaba allí.
Daphne estaba sola, inmersa en la oscuridad, con Eric como su única compañía. Su tormentosa compañía.
—Deberías estar agradecida de que me importas lo suficiente para estar contigo—volvió a escupir el en su oído, disfrutando del morbo que generaban sus palabras—. No eres más que una zorra estupida. Igual que tu madre.
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—¡Daphne!—llamó con notable desesperación una voz masculina—Es un sueño, abre los ojos.
Era la profunda voz de Dorian, ordenándole algo demasiado simple como para pasar inadvertido.
Daphne abrió sus ojos, solo para hallar al hermoso millonario observándola de cerca, con aquella profunda mirada azul desbocada, desesperada, como si luchara por no sacudir su cuerpo con brusquedad en su afán por despertarla.
>—Estabas soñando, no era verdad—volvió a decir él, mientras tomaba a la bella dama por los hombros con suavidad, como si intentara dar más énfasis a sus palabras.
Al parecer, la idea de Dorian no estaba equivocada. El contacto tranquilizo el corazón desbocado de Daphne, mientras comprendía que era real. Que Dorian era real, y estaba allí junto a ella.
Eric no estaba, o mejor dicho, estaba muerto. Ella estaba bien, fuera de peligro, igual que todos los que quería.
—Dorian—comenzó a decir ella, mientras sentía cómo las palabras se quemaban al salir. Su garganta raspaba y estaba seca, como si el mismo infierno hubiera danzado en ella durante toda la noche.
—No digas nada—indicó Dorian, mirándola con ojos suaves, apaciguados, mientras se sentaba en la cama junto a ella—. No tienes que revivir el infierno del que acabas de salir.
Daphne dejó escapar un pequeño suspiro de alivio, mientras cerraba los ojos algunos segundos, intentando alejar el recuerdo del infierno que se había apoderado de su alma, y ahora amenazaba con devorar.
>—Sobreviviste—volvió a hablar él, haciendo que ella abriera los ojos y lo observará con detenimiento—. Estas viva, a salvo. Me pareció que necesitabas escucharlo para creerlo.
Antes de que ella se diera cuenta, o que siquiera lo notara, se lanzó hacia los brazos de Dorian, envolviendolo con fuerza, disfrutando del aroma a colonia que emanaba su cuerpo y absorbiendo el suave calor de su piel.
—Gracias—susurró ella en su oído, cuando la quemazón de su garganta finalmente se aligero—. Gracias por quedarte conmigo… pero creo que no podemos seguir.
Dorian se paralizó, dejó de respirar por algunos segundos, mientras se retiraba levemente y observaba el rostro de Daphne incrédulo.
—¿Qué?—logró articular el millonario, mientras se sentía desfallecer—. No me quieres.
—No, Dorian, te equivocas—se apresuró a decir ella con lágrimas en los ojos, viendo el dolor intensificarse en las facciones del millonario—. Yo te amo, y es por eso que no podemos seguir juntos.
El hermoso hombre ante ella parpadeó, sin lograr comprender una sola palabra que salía de sus labios.
—Perdón, Daphne, pero no logro entenderlo—.
Ella esbozó una pequeña sonrisa colmada de dolor y tristeza, mientras acariciaba la mejilla de Dorian, maravillándose por la definición de su mentón.
—Estoy rota, Dorian, de formas que nunca comprenderías—comenzó a decir ella, sintiendo que cada palabra que salía de sus labios lograba aligerar un poco de la carga que llevaba su alma—. Lo estaba antes de conocerte, pero de alguna manera, todos esos pedazos destrozados de mi alma los había logrado mantener unidos.
Daphne trago duro, mientras luchaba para reprimir las imágenes que se dibujaban en su mente.
>—Pero esto último fue demasiado—las lágrimas se deslizaban por las mejillas de ella como el agua fluye por el río Nilo—. Estoy demasiado rota, Dorian, más allá de toda reparación. Y no creo que sea justo para ti estar con alguien como yo.
—Alguien como tú—volvió a decir Dorian, mientras acariciaba la mejilla de ella con delicadeza—. Es verdad, no es justo que esté con alguien como tu.
>—Una mujer increíble, una guerrera, que volvió del infierno más de una vez. Una mujer que apesar de haber caminado por los lugares mas oscuros por los que una persona es capaz de caminar, sigue siendo capaz de dar amor y paz a un idiota como yo, que jamas conocio el amor verdadero.
>—Porque esa es mi verdad, Daphne, no conocía el amor hasta que tu me enseñaste. Con tus cuidados, preocupándote por mí más de lo que yo lo hacía—Dorian se inclinó hacia adelante, colocando su frente sobre la de Daphne, mientras acariciaba su mejilla con ternura—. Ahora es mi turno, déjame amarte e intentar curar tus heridas.
—¿Y si descubres que mis heridas no tienen solución?—susurro Daphne con dolor—¿Si te das cuenta que no es lo que tu imaginabas?
Dorian sonrió con ternura, mientras besaba la frente de ella con suavidad.
—No hay nada de ti, Daphne Moon, que no me guste—respondió él con claridad—. Pero te propongo una cosa.
Daphne lo observó, mientras esperaba con paciencia a oír su respuesta.
>—Descubramos qué nos depara el futuro juntos, un día a la vez—.
Ella sonrió con emoción, mientras le permitía a Dorian envolverla entre sus brazos. El la beso en los labios, con una suavidad destructora, una que desarmó la poca cordura que ella mantenía.
Aquello, ese beso, fue el filo de la tijera que corte el último lazo de autocontrol que Daphne Moon mantenía atado en sí misma.
Todo. El dolor y la desesperación que le había dejado el infierno del que acababa de salir, era mitigado por el dulce y tierno amor que Dorian tenía para ella.
Daphne intensificó el beso, y Dorian le permitió manejar el ritmo, cediendo a todas sus demandas con diligencia.
Esto solo sirvió para hacer que el corazón de la dama latiera con mayor ímpetu, mientras saboreaba el dulce sabor de los labios del millonario.
Pero no era suficiente, ella necesitaba más.
Daphne necesitaba más de Dorian, los besos ya no le eran suficiente. Ella lo necesitaba a él.