El taxi se detuvo en la acera de enfrente del parque de bomberos; bajó y pagó
en efectivo tras indicarle que no era necesario que la esperase. La verdad era
que le temblaban las rodillas, ¿qué demonios estaba haciendo? Por lo general
no se comportaba de esa forma… pero había estado a punto de morir y tenía
miedo de que los hombres de su padre la próxima vez lograran cogerla y
llevarla junto a él sin que ella hubiese vivido de verdad y, ese inspector
parecía estar lleno de vida y poseer la experiencia que a ella le faltaba.
El lugar estaba tranquilo, así que decidió curiosear un poco. Se dijo que, si
no lo encontraba, llamaría a otro taxi para que la llevase de regreso a su casa,
aunque en realidad esta no estaba demasiado lejos de allí, calculaba que a
unos veinte minutos andando.
Se asomó por la puerta de entrada, que la estaba invitando a pasar pues,
estaba abierta de par en par, y vio la sala donde supuso que descansaban entre
intervención e intervención. El reflejo de un televisor y unas piernas sobre
una mesa baja la advirtieron de que el resto del cuerpo al que pertenecían
descansaba en el gastado sofá marrón de cuero que tenía frente a ella.
Todo estaba en silencio y se dio media vuelta para marcharse, ya que
acababa de arrepentirse de lo que fuera que había pensado con anterioridad.
¿Qué hacía allí? Suspiró, rindiéndose a la tontería que había estado a punto de
hacer; con total seguridad su manera de proceder era culpa del golpe, de la
conmoción.
Salió del parque de bomberos antes de que nadie la viera y, cuando estaba
a punto de marcar el número de la central de taxis, decidió que lo mejor era
irse a casa dando un paseo, así despejaría un poco la mente. Tenía mucho en
lo que pensar.
Llegó a su apartamento al cabo de más de media hora, rendida. Le dolía la
cabeza por la colisión, pero estaba tranquila porque no había sido nada grave,
a pesar del susto. Se quitó la ropa, sucia después de tanto trajín y del
accidente, y se dirigió al baño para darse una ducha. Sentía que la necesitaba
más que comer o que el aire que respiraba. Al ver su reflejo en el espejo,
ahogó un jadeo. Estaba horrible. Menos mal que se había largado de la
estación de bomberos antes de que él la viera, pues parecía una aparición.
Tenía el pelo revuelto y pegajoso en las puntas, en las que la sangre que había
manado de la brecha sobre la ceja se había secado. La parte derecha de la cara
estaba inflamada, y en ese momento, además, con unos bonitos puntos en la
frente. La zona empezaba a verse morada por la contusión, y el maquillaje
estaba en todos lados menos en su sitio. ¡Un espanto! No entendía cómo a ese
hombre no le había dado un infarto cuando la rescató.
Se metió en la ducha y dejó que el agua caliente se llevase la suciedad, el
estrés y los restos de sangre reseca. Se sentía tan bien bajo el chorro, tan
relajada, que no pudo evitar que su mente viajase de nuevo a su intensa
mirada, a ese pecho que había podido palpar por encima de la ropa y, sobre
todo, recordar esos malditos hoyuelos que le otorgaban un aspecto de niño canalla.
Salió de la ducha al cabo de un largo rato y, al pasar por el salón, decidió
que tenía más cansancio que hambre y se metió en la cama. Esperaba no sufrir
pesadillas, para variar, y deseaba con todas sus fuerzas soñar con su atractivo
héroe.
El sol entró por la ventana con fuerza. Se había olvidado de bajar la persiana
del todo y la claridad se colaba por las rendijas de esta, iluminándolo todo con
delicados haces de luz. Parpadeó confusa, ¿dónde estaba? Por un momento no
lo tuvo claro; las imágenes de lo acontecido la noche anterior aparecieron en
tropel y la dejaron fuera de juego unos instantes, hasta que se dio cuenta de
que estaba sana y salva en su habitación.
El primer sollozo la pilló desprevenida y ya no pudo retener los que
llegaron detrás. Solo había dos opciones para lo que había ocurrido, y ninguna
le parecía buena. La primera era que los matones de su padre la estuviesen
vigilando y que hubiesen provocado de forma accidental la colisión. La
segunda era que su propio padre la quisiera muerta y ese hubiese sido el
objetivo de los esbirros que la perseguían… pero, aunque Dragos fuese quien
era, ¿de verdad iba a querer eliminarla del tablero? Deseaba creer que no,
aunque tampoco podía convencerse de que esa posibilidad no tuviese una
buena base en la que sostenerse, pues nada en su vida había sido real… Ni
siquiera Elisa, su madrastra, era la esposa de su padre en realidad; la había
comprado, como hacía con todo lo que poseía.
Al cabo de un largo rato, ya más relajada, se levantó y se fue directa al
salón. Tenía hambre, no había probado bocado desde el almuerzo del día
anterior, y, además, tenía clase en un par de horas y luego turno en el bar, así
que comió algo de lo que había comprado la noche anterior y después se
marchó a la facultad sin poder quitarse de su dolorida cabeza al hombre que la
había salvado; era como si su recuerdo se hubiese grabado, con el fuego que
él se dedicaba a extinguir, en su mente.
Las clases se le hicieron eternas, y tuvo que dar explicaciones de cómo y
por qué tenía ese lamentable aspecto a sus compañeros que no dejaron de
acribillarla a preguntas para satisfacer su propia curiosidad.
Cuando la última asignatura acabó, estaba feliz de poder irse a trabajar.
Solo anhelaba que allí no la molestaran también con lo mismo, pero no fue
así, pues lo primero que hizo su jefe al verla ocupar su lugar tras la barra fue
mirarla fijamente y asentir con la cabeza, como si que se presentase con ese
aspecto fuera algo que se pudiese esperar de ella.
—Tuve un problema ayer noche —se justificó, aunque él no le había
preguntado nada.
—¡Joder! ¿Qué pasó? —preguntó el gorila del local—
. ¿A quién tengo
que partirle las piernas?
—A nadie; sufrí un accidente de coche cuando volvía a casa.
—¿En serio? ¿Te encuentras bien?
—Sí, aparte de las magulladuras, nada grave.
—Pues, si estás bien, ¡menos hablar y más trabajar! —gritó su jefe,
siempre tan amable.
Este prefería que lo llamasen así, «jefe», en vez de por su nombre, que
Tereza ni siquiera conocía. Era un hombre mayor y malhumorado para el que
nunca curraban lo suficiente, pero pagaba bien y ella dependía de ese
dinero… pues necesitaba hasta el último mísero céntimo que pudiese ahorrar
para poder costearse la carrera y pagar el alquiler del pequeño apartamento,
así como un coche que ya no tenía.
Empezó su turno tras la barra; ella se encargaba de que no le faltara a
nadie bebida, pues las apuestas eran algo exclusivo del jefe. Había otro chico
con el que apenas había hablado con el que se intercambiaba los turnos,
Alberto o Álvaro, no estaba segura ni de cómo se llamaba. En la única
conversación que había mantenido con él, habían canjeado, más que palabras,
algunos sonidos parecidos a gruñidos.
El local se fue llenando poco a poco y el calor, apoderándose de todo. En
el fondo se sentía mal porque le gustaba el ambiente y no podía evitar odiarse
porque le hacía pensar que tal vez, en el fondo, era como su padre.
—Te —interrumpió sus divagaciones Aitor, el chico que hacía las veces
de guardaespaldas y portero—
, tienes visita —explicó señalando con la
cabeza a un tipo que estaba entrando en el bar.
—¿Yo? —interrogó sorprendida.
—Sí, han preguntado por ti en la puerta —confirmó mientras señalaba a
los que la andaban buscando.
Al ver al que iba delante, tuvo miedo y deseó salir corriendo de allí, pues
se dijo que se trataba de los matones de su padre. ¿Se la llevarían a rastras del
local? ¿Aitor podría con ellos? El primer tipo parecía… fiero… pero entonces
se fijó mejor y lo vio a él, a MacKinney. Venían juntos. ¿Qué querrían?
El joven inspector pareció darse cuenta de su temor y le sonrió para
calmarla, algo que no surtió efecto, porque acababa de ponerse más nerviosa
que nunca antes en su vida. ¿Cómo le podía resultar alguien tan atractivo sin
apenas conocerlo? No tenía una explicación convincente, lo único que lo
explicaba eran los músculos que se definían bajo la camiseta de manga corta y
ver esas fuertes piernas bajo los ajustados vaqueros. Parecía otro y, si con el
traje de bombero era ya seductor, vestido así era capaz de incendiar a alguien,
a ella en concreto.
—Buenas noches, solo Tereza.
—Sonrió recordando lo que ella le había
dicho la noche anterior.
—Buenas noches, inspector —saludó sin saber muy bien cómo había
podido pronunciar una sola palabra.
—Este es el teniente Ferrer. Quiere hacerle unas preguntas sobre anoche.
—Buenas noches, señorita —dijo serio.
Tereza miró al guardia civil; era un hombre algo más mayor, pero también
muy atractivo. Se movía con una seguridad que envidiaba en esos momentos,
porque ella no tenía ninguna, ni siquiera sabía cómo era capaz de mantenerse
en pie… y encima tenía la cara morada y algo inflamada todavía.
—¿Qué desea saber, teniente? Como ya le conté al inspector, tan solo
perdí el control del coche. Creo que últimamente no he dormido lo suficiente.
—Señorita, puede confiar en mí. Si necesita ayuda…
—intervino Ferrer,
sin estar convencido del efecto que eso causaría.
—Necesito ayuda, pero no de la que usted me pueda brindar.
—Sonrió
para quitarle hierro al asunto, que se estaba poniendo peliagudo—
. Tengo que
estudiar para los exámenes finales, aunque eso sin duda debo hacerlo yo solita.
—Está bien… Solo quería asegurarme de que el accidente de ayer fue
algo fortuito. De todas maneras, si en algún momento necesita algún tipo de
ayuda, pregunte por mí en la Guardia Civil.
—Gracias, aunque, como acabo de decirle, teniente, estoy perfectamente.
—Pues no lo parece, la verdad —intervino de repente Ben, que se había
mantenido, hasta ese instante, al margen.
—Bueno, son solo unas magulladuras. Ayer noche me atendieron en el
hospital y comprobaron que todo estaba bien —murmuró girando el rostro
para ocultar al máximo el lado afectado y los puntos de sutura.
—¿Regresó a casa directamente desde el hospital?
—Sí, cogí un taxi. ¿Por? —En ese momento sí que temblaba, ¿la habría
visto la víspera en el parque de bomberos?
—Por nada, el caso es que vi a alguien que me recordó mucho a usted —
soltó como si nada.
—Bueno, tengo una cara muy corriente, me lo dicen a menudo —replicó,
deleitándolos con una bonita sonrisa—
. ¿Quieren algo de beber?
—Dos botellines de cerveza —pidió.
—¿No trabaja hoy, inspector? —se atrevió a indagar.
—En el turno de noche, pero aún me quedan unas horas —explicó
sonriendo.
Se alejó para coger la bebida de los frigoríficos donde tenían los tercios y
respiró con calma. ¿Estaba asustada o nerviosa? Definitivamente, las dos
cosas.
Regresó y les entregó las cervezas.
—Aquí tenéis, chicos —dijo dirigiéndose a ellos igual que al resto de
clientes.
—Gracias, Doc —contestó Benji, dedicándole una sonrisa que le llenó los
ojos.
Su corazón palpitó más fuerte y rápido de lo normal y se marchó a seguir
desempeñando sus quehaceres. Estupendo, ahora tenía que concentrarse en lo
que hacía no solo por el cansancio y el dolor de cabeza que aún persistía, sino
porque no quería mirar al sitio de la barra donde se habían sentado y sus ojos
se empeñaban en fijar la vista justo ahí.
—¿Tú qué crees?
—Que la perseguían, aunque eso solo lo sospecho, pues cuando llegamos
ya había impactado contra la pared. Nosotros volvíamos de un aviso y
pasamos por allí por casualidad; si no lo hubiéramos hecho, podría haber muerto por culpa de un cable de alta tensión cortado. No puedo decirte nada más, Ferrer.
El local cada vez se quedaba más pequeño por la afluencia de clientela,
pues se iba llenando de todo tipo de gente; algunos de los presentes no le
gustaban ni un pelo, pero al menos tenían a ese chico grande para poner orden
si hacía falta… Aunque ese no era su problema, o tal vez, de alguna manera,
sí lo era, porque él quería ser quien la destrozara para luego dejarla en la
puerta de Dragos, igual que ese monstruo había hecho con su hermano… solo
que el padre de Tereza no se había dignado dejarlo en su puerta, ni siquiera en
la calle, sino que lo había tirado a un puto contenedor de basura, sin vida.
Solo. Había muerto solo.
Apretó la mandíbula y cerró los ojos con fuerza un instante, como si con
ese acto reflejo fuese a ser capaz de borrar la imagen de Adam mezclado con
los desperdicios.
—¿Sigues yendo? —rompió sus pensamientos el teniente.
—Conoces la respuesta a eso.
—Sabes que no debes hacerlo, nosotros nos encargaremos.
—Era mi hermano pequeño. ¡Joder, Ferrer!, tengo que hacer esto, por mi
propia salud mental.
—Pero, si la cosa se pone fea, sabes que no podré hacer nada para
ayudarte. Cuando estoy allí metido soy Khaos, no Ferrer.
—No te preocupes por mí, tengo mi propio plan para acabar con Dragos.
Cuando lo lleve a cabo, no te va a costar ningún esfuerzo detenerlo —declaró
fijando sus ojos en Tereza. ¿Cómo podía alguien podrido hacer algo así de
hermoso?
—Ten cuidado, he visto cómo la miras —susurró Ferrer, centrando sus
ojos hacia donde él lo estaba haciendo.
—La miro como a la hija del hombre que más odio.
—¿Nunca has oído decir que del amor al odio tan solo hay un paso?
Benji lo encaró y brindó con la cerveza para darle luego un largo sorbo;
no, no la miraba de ninguna forma especial, ella solo iba a ser el medio que le
permitiría llegar a su fin. A través de esa chica conseguiría destrozar a Dragos
y dejarlo tan mal como estaba él.
Tereza no dejaba de espiar hacia los dos hombres; no podía oír de qué
hablaban, ya que el local estaba cada vez más lleno de gente y de ruido, así
que trató de no darle importancia y se dejó atrapar por la vorágine de los que
ganaban y de los que se quejaban porque acababan de perder.
Al cabo de un rato, Benjamin se situó frente a ella.
—¿Cuánto es, Doc?
—Déjelo, inspector, yo invito.
—Gracias, pero prefiero pagar —replicó, depositando un billete de diez
euros encima de la barra—
. ¿Es suficiente con eso?
—Me gustaría agradecerle de alguna forma su rescate.
—En cuanto lo
hubo dicho en voz alta, se dio cuenta de lo mal que había sonado eso,
aunque… ¿había sonado mal o exactamente como quería?
—No hace falta, es mi trabajo; hubiera actuado del mismo modo por
cualquiera.
—Aun así —continuó diciendo, mientras esbozaba una sonrisa que no
sentía—
, me gustaría invitarlo a la cerveza.
—Quizá en otra ocasión, Tereza.
—Se despidió dando un último sorbo al
botellín y dándole un par de golpecitos al billete sobre la barra antes de
desaparecer.
Ella observó cómo salían del bar y se quedó pensando en qué significarían
sus palabras. ¿Quería verla otra vez? Ella, desde luego, se moría de ganas de verlo a él.