Prólogo: Dos años antes
La paz en Selshie establecida por todos los veteranos del reino era incomparable a otros lugares, la sensación de caminar por las calles de aquella gran ciudad mientras se veía a niños jugar, habitantes pasear y estudiantes felices contentos por el regreso del verano cómo las clases en Vangoyah estaba en el aire.
—Mi padre es... una persona increíble. Me parece malo que él quiera hacer lo que quiere hacer—comentó suspirando—, no me parece correcto. Después de todo...es su nieto.
—Querido—habló con dulzura aquella mujer rubia, acariciando su cabello azabache con una sonrisa—, me alegra que tengas esos pensamientos de nuestro padre, pero así tiene que ser.
—¡No me parece justo! ¡Él siempre arruina todo! —dijo su hermano más pequeño con rabia apretando los puños—, cuando se enteró de mis amistades, me las alejó. Cuando se enteró que saliste embarazada te alejó del padre del bebé. ¡Parece que sólo quiere la felicidad para él mismo!
—Cariño...—sonrió divertida, sintiendo lágrimas en los ojos. Quería ser fuerte por sus hermanos menores—, no hables así de él. Esa no es su ideología. Sólo quiere lo mejor para todos, yo cometí un error... No sigan mis pasos y llevarán una buena vida. ¿Entendido?
—Pero... ¿Qué le pasará al bebé? —preguntó el otro hermano inquieto—, no quiero que mi sobrino nazca afuera en los peligros del reino o de la frontera cuando tiene su hogar, aquí, en el castillo. Él sería el próximo en reinar...
—Lo sé querido, pero no podemos hacer nada. Padre ha tomado la decisión correcta cómo yo la he tomado—ambos hermanos se miraron estupefactos—, aceptaré el trato. Haré que el bebe sobreviva.
—¡No! ¡No puedes hacer eso! ¡No puedes entregar... no puedes entregar tú vida! —gritó furioso el hermano más pequeño con lágrimas en los ojos levantándose del asiento—. ¡Te lo prohíbo hermana! ¡Tú siempre haces lo mejor para el pueblo! ¿Cómo puedes si quiera... arriesgarte así? ¡Te prefiero a ti que a ese ser que lleves dentro, eres todo lo que tengo!
—¡Hermano, espera! —gritó ella, pero ya su hermano había corrido hacía el vestíbulo dejándola a solas con su hermano mayor. Intentó reprimir sus ganas de llorar—, hazme un favor, pequeño.
Bajó un poco su cabeza viendo a su hermano . El chico asintió con la cabeza, ella notaba cómo también quería llorar y, se aferraba en no hacerlo. Colocó sus delgados dedos sobre sus hombros, pegando su frente con la del contrario esbozando una enorme sonrisa de oreja a oreja cosa que le sorprendió.
—Protege a tú hermano menor... él está sólo, por favor protégelo, y hazlo por mí. Nunca lo abandones, nunca lo hagas. Tú tienes un gran corazón y, sé que... puede ser un engreído muchas veces, pero... tienen que estar juntos—acarició su mejilla sintiendo sus lágrimas caer, dándose por vencida—, soy lo único que tiene, entiendo porque le duele mi decisión. No dejes que se sienta sólo.
Lo observó viendo como asentía con la cabeza, abrazándolo felizmente, después notando cómo los ojos rasgados de su hermano expresaban confusión y terror. Ella le acarició la espalda sintiendo sentimientos mezclados en ese momento. Odiaba despedirse de ellos, pero sabía que debía de dar su vida por su hijo. Ella sabía que Hashiro algún día descubriría la verdad y, reclamaría el lugar que le corresponde.
—Hashiro...será el rey—susurró algo débil sintiéndose un poco mareada.
—¿H...hermana? —se sobresaltó cuando veía la mirada de ella desorbitada. Sus ojos se agrandaron, y de su frente comenzaba a brotar gotas de sudor—. ¡A-ayuda, por favor! ¡Hermana, por favor, resiste! ¡Guardias, guardias, guardias!
Al llegar a su alcoba, la acostaron con delicadeza notando que su vestido blanco se había llenado de sangre. Al recuperar la vista, sintió cómo su piel perdía el color cuando notó que la parte inferior de su vientre había manchas rojas. Después de unos minutos, las criadas juntos a las enfermeras del castillo llegaron. Ella sólo escuchaba la palabra "puja" "bebé" "nacer"; no podía ver cómo aquellas personas estaban vestidas. No podía ver la decoración de su habitación. Perdía la vista, el olfato, los sentidos, ella sólo trataba de pujar cada vez más.
—¡Eso es, ya veo la cabeza! —expresó con una sonrisa una de las criadas—. ¡Venga, vamos señorita, sólo una más y ya está listo!
No sentía el poder de su cuerpo, no sentía nada. ¿Aquí era dónde iba a morir? ¿Por qué de repente se había sentido tan débil? Sabía que este era su destino, pero no pensó que iba a ser tan pronto. La oscuridad la arrebató. Trató de pujar más fuerte con la última voluntad de su cuerpo, cuando vio algo que le asombró: Una silueta oscura había aparecido en su habitación, poco a poco aquella silueta de humo fue mostrando un atractivo rostro: Cabello azabache, ojos redondos, y una hermosa nariz. Ella conocía esa nariz. El chico había sonreído tomando su mano.
—Lo hiciste muy bien—susurró con su voz dulce.
—H-hashiro...—expresó con poca fuerza de voz, el tenía los ojos grises Ella sonrió—. ¿E-está bien? ¿T-tú h-hijo está bien?
—Así es. No te preocupes por mí, estoy bastante bien. Es un halago que lo hayas llamado como a mí. Nunca quise ocasionarte esto. Te amé demasiado, mi ángel—respondió con cortesía. Apretó su mano—, nunca creí que amarte demasiado te traería una maldición irrompible.
—No es tú culpa—expresó con agitación, cerrando los ojos—. N-no es...
Dejó de hablar. Cerró sus ojos soltando la mano de aquel chico cayendo esta sobre su cama ensangrentada, quiso hablar, pero no podía. Quiso decir algo, pero no podía hacerlo. Ella misma veía su cuerpo en aquella cama rodeada de sangre, y manchas a su alrededor. Miró al pequeño bebé que tenía la criada, notando como este podía verla ya que había sonreído, dejando de llorar con tranquilidad.
Le agarró los deditos regordetes, viendo cómo su hijo la miraba con curiosidad. Conocía aquellos ojos curiosos de su padre. Sonrió, con cierta ternura besando su frente para convertirse en una pequeña esfera de luz, muriendo en vida, pero, viviendo a través de lo recuerdos de los sueños que su hijo pronto hará.
—¡Felicidades, es un precioso...! ¿Señorita? —la criada que tenía encima al pequeño recién nacido miró a la mujer con los ojos cerrados—. ¡Doctor! ¡Su majestad!
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Jonathan se encontraba afuera con su esposa, Clarisse merodeando de un lado a otro con toda impaciencia. Al escuchar la voz de una de las criadas, Clarisse la reina, abrió primero la puerta. Él iba a entrar antes de que alguien lo agarrase por el hombro deteniéndolo firmemente. Se rascó la barba frunciendo el ceño, cuando aquella figura femenina se quitó la máscara frente a él.
—El veneno surgió cómo usted lo ordenó, su majestad—comentó ella bajando la cabeza—, lo siento mucho.
—Era la decisión correcta—dijo el rey acomodándose su cabello rubio rizado, entornando sus ojos azules—, gracias por tus servicios. Ella ofreció su vida por el bebé, así que te pido por favor que te lo lleves lejos.
—El bebé está recién nacido señor. ¿Me lo puedo quedar mientras pienso dónde puedo dejarlo? —preguntó aquella persona de los ojos verdes. Jonathan suspiró.
—Eres cómo una hija para mí, sólo prométeme que mantendrás a esa bestia fuera de mi lugar. Huye lejos, lanzaré una energía tan poderosa que nadie le recordará. Nadie de Selshie lo hará—comentó seguro el rey, dándole la espalda—, espera unos segundos.
Jonathan entró a la habitación. Clarisse, estaba lagrimeando con desesperación en ver el cuerpo muerto de su hija mayor, mientras que él poco a poco se acercaba a ella. Le acarició su hermoso cabello rubio, dándole un beso lentamente en su mejilla sintiendo lágrimas caer por sus ojos. Este era el dolor más intenso que había sentido en su vida, este era lo más estúpido que se había arrepentido de hacer. Su hija estaba muerta por su culpa y, sabía que la culpa lo iba a atormentar, pero las reglas, la ley debía de hacerse, había de cumplirse, por algo se había ganado el trono.
Después de arrodillarse, comenzó a quebrarse ahí mismo susurrando su nombre. Diciendo el nombre de su pequeña, el nombre de la hija que había criado, que había amado, que había hecho sentirse orgulloso por hacer de ella una mujer fuerte, ejemplar. ¿Cómo es que había caído tan bajo? ¿Por qué se tuvo que haber enamorado de ese imbécil de Belthomed cuando Adelaida sabía que estaba prohibido? Lloró tanto, que apretó la mano de su hija.
—Mi hija... por favor, perdóname... Perdóname por todas las tonterías que cometí. Perdóname... por todo, por favor—murmuró con lágrimas en los ojos—. Te adoro, y te adoraré por siempre.
El tiempo pasó. La oscuridad de la noche llegó a los rincones del castillo siendo iluminado nada más por las antorchas. Los minutos habían pasado. La alcoba se había cerrado para siempre ordenándole a todos en el castillo que nadie podía entrar, ni salir en esa habitación.
Una gran energía dorada comenzó a brotar sobre el cuerpo de Jonathan. Esta energía bailaba en el aire multiplicándose por cada vez más volando a la velocidad de la luz, eran muchas la que brotaban desde su cuerpo. Cuando pudo alcanzar al máximo una luz dorada resplandeciente iluminó toda Selshie rodeando todo el lugar, doblándose hasta llegar a Miracles más allá del reino.
Jonathan se aferró cansado con sus manos a las barandillas del barcón siendo sujetado después por el guardia, mirando cómo cada luz dorada tocaba cada parte de las montañas, edificios, casas y chozas de cada lugar, veía cómo las luces doradas del cielo eran iluminadas por el rincón más oscuro de cada reino. La iluminación poco a poco fue apagándose hasta no haber rastro de ninguna energía.
—Mi señor... ¿Se encuentra bien? —preguntó el guardia con preocupación.
—Jeffrey...—murmuró adolorido Jonathan aferrándose a su mejor amigo—. ¿La recuerdas?
—¿A quién, mi señor? —preguntó este. Jonathan se alejó.
—A... Adelaida. ¿La recuerdas? —Jeffrey negó con la cabeza—. Ha funcionado. Lo siento, tuve que hacerlo.
—No entiendo, ¿Se siente bien, mi rey? ¿Quién es Adelaida? —él suspiró cuando miró el rostro de su amigo confundido.
—Fue una princesa de un cuento de hadas—comentó Jonathan con una sonrisa—. Ahora vámonos.
Jonathan miró al reino. Sabía que nadie la recordaría mañana. Pero el dolor cómo padre seguiría ahí. Nadie le quitaría ese dolor.
Ni si quiera, su nieto años después.