Prólogo
Antes de decir que se odiaban, Soledad Álvarez de Toledo y Raphael von Richter fueron dos niños que creyeron que nada podría separarlos. Aquel verano, en la mansión von Richter, sus mundos todavía eran pequeños. No conocían las reglas de los adultos ni la crueldad de perder aquello que más amaban. Solo sabían que cuando estaban juntos, todo parecía sencillo.
Soledad tenía diez años y corría por los jardines con el vestido levantado entre sus manos, ignorando las miradas de quienes esperaban que se comportara como una señorita de su posición.
—¡Raphael, eres demasiado lento! —gritó mientras escapaba entre los árboles.
El niño que la seguía llevaba una cometa enredada entre los brazos y una expresión molesta.
—¡No soy lento! Tú corres demasiado rápido.
Soledad sonrió.
—Entonces atrápame.
Raphael siempre lo hacía. Ella era la única persona que conseguía hacerlo olvidar las exigencias de su familia.
Cuando se escondieron entre los arbustos, lejos de los adultos, él bajó la voz.
—Me gusta estar contigo.
Soledad lo miró confundida.
—Claro que sí. Somos mejores amigos.
Para ella era una frase sencilla. Para Raphael significaba mucho más.
Desde la terraza, Constanza, la media hermana de Soledad, observaba en silencio. Tenía apenas ocho años, pero ya había aprendido que las sonrisas podían esconder pensamientos desagradables.
Todos admiraban a Soledad. Su padre la protegía, los sirvientes la querían y Raphael siempre buscaba estar cerca de ella. Constanza no podía aceptarlo.
—Eres la niña más bonita que conozco —dijo Raphael.
Soledad se quedó quieta.
—No digas eso. Constanza puede escucharte.
—No me importa.
Él la miró fijamente.
—Ella no eres tú.
Pero una voz severa interrumpió el momento.
—Raphael.
Friedrich von Richter caminó hacia ellos con su bastón en la mano.
—Un von Richter no pierde el tiempo jugando todo el día.
Raphael bajó la cabeza. Soledad notó cómo cambiaba su expresión frente a su familia, como si recordara que no tenía permitido ser débil.
Cuando Friedrich se marchó, ella se acercó.
—No hiciste nada malo.
Raphael sonrió apenas.
—Mi abuelo piensa diferente.
Soledad tomó su mano.
—Entonces está equivocado.
Después él la llevó a un pequeño refugio escondido entre los árboles. Dentro había una caja de madera con un dibujo hecho por él: una niña tomada de la mano de un niño bajo un sol enorme.
—Lo hice para ti.
Soledad acarició el papel.
—¿Por qué lo guardaste?
—Porque cuando me vaya quiero recordar este lugar.
Ella frunció el ceño.
—¿Y por qué te irías?
Raphael guardó silencio.
—Porque algún día todos tenemos que hacerlo.
Soledad negó con la cabeza.
—Entonces cuando vuelvas, seguiremos jugando.
Pero desde los arbustos, Constanza escuchó cada palabra.
—Qué ridículo.
Ambos se giraron.
—Creen que esto va a durar para siempre.
Raphael se colocó delante de Soledad.
—Vete.
Esa noche, la mansión von Richter celebró una cena familiar. Friedrich levantó su copa.
—Mañana, mi hijo y su familia partirán de viaje. Espero que todo salga bien.
Soledad miró a Raphael desde el otro extremo de la mesa y sintió una inquietud que no podía explicar.
Más tarde, él la encontró junto al lago.
—No quiero irme sin darte algo.
Le entregó una caja pequeña. Dentro había una brújula.
—Para que puedas encontrar el camino a mí.
Soledad la sostuvo con cuidado.
—No voy a necesitarla. Tú vas a volver.
Raphael no respondió. Solo la abrazó.
Al día siguiente, el vehículo de los von Richter desapareció por el camino. Soledad lo observó escondida detrás de los rosales.
Constanza apareció junto a ella.
—Ahora dejará de ser tu amigo.
Soledad no respondió. Solo apretó la brújula entre sus manos. Horas después, la noticia llegó a la mansión: el vehículo había sufrido un accidente, los padres de Raphael habían muerto y él había sobrevivido, pero sus piernas ya no volverían a ser las mismas.
La familia cambió después de aquel día, y Raphael también. Soledad escribió una carta inmediatamente porque quería verlo y acompañarlo, pero nunca llegó a sus manos. Su madrastra la destruyó antes de que él pudiera leerla.
—Tu presencia solo hará más difícil su recuperación.
Friedrich fue más directo.
—Debe aprender a aceptar su nueva vida. No necesita distracciones.
Pero Soledad no obedeció. Entró al salón donde Raphael permanecía sentado y durante unos segundos ninguno habló. Ella sonrió con tristeza.
—Raphael.
Él levantó la mirada, pero el niño que ella conocía parecía haber desaparecido.
—¿Qué haces aquí?
—Vine a verte. Somos amigos.
Raphael apretó las manos.
—Ya no.
Soledad quedó inmóvil.
—¿Qué?
—No quiero volver a verte te odio.
Aquellas palabras fueron más dolorosas que cualquier castigo. Soledad salió de la habitación sin llorar y esa noche abrazó la brújula mientras guardaba las cartas que había escrito junto al dibujo que él le había regalado.
Poco después recibió otra noticia: sería enviada a estudiar a Estados Unidos.
—No quiero irme. Raphael me necesita.
Su padre negó con la cabeza.
—Son solo niños, Soledad. No puedes detener tu vida por alguien más.
Antes de partir, Soledad enterró la caja con sus cartas y conservó únicamente la brújula. Desde una ventana, Constanza observó su despedida con una sonrisa satisfecha.
Años después, Raphael recordaría aquella tarde, a la niña que quiso regresar y a la única persona que lo miró sin compasión cuando todos los demás solo veían su dolor. También recordaría el momento en que decidió convertirse en alguien que jamás volvería a necesitar a nadie.
Mientras el avión llevaba a Soledad lejos de aquel lugar, ella cerró los ojos.
—Voy a olvidarlo también lo odiare con todo el corazón.
Pero sus lágrimas demostraron que era incapaz de hacerlo. Porque algunas personas llegan a tu vida cuando eres demasiado joven para comprender lo importantes que serán y, cuando desaparecen, dejan una ausencia que los años no consiguen borrar.