CAPÍTULO V

3288 Palabras
Axel, desde una distancia mucho más corta, la observó aliviado al ver como ella se detenía y guardaba su móvil en el bolsillo de su chaquetón, prestando por fin atención a su entorno, justo antes de bajarse de la acera y adentrarse en la intercepción con el semáforo en rojo para los peatones. Se había acercado más a ella por si se veía en la necesidad de intervenir para detenerla. Por suerte para su ya malos nervios, no había hecho falta llegar a eso. Con un suspiro de alivio, la contempló. Intentó calmar a su corazón, que golpeaba su pecho con bastante fuerza en esos momentos debido al estrés que la falta de atención de ella a su entorno le había ocasionado. Se había detenido junto al semáforo y estaba observando la avenida. Él se encontraba a unos diez metros por detrás de ella, pendiente de todos sus movimientos, como haría un perfecto criminal al perseguir a su presa. Sin saber por qué, o si un sexto sentido le había avisado de que la perseguían, ella volteó deprisa su cabeza y contempló la acera por la que acababa de pasar, como buscando algo con la mirada. Él, preparado como estaba por si se daba este tipo de situación, reaccionó a tiempo al verla girarse, dándole la espalda mientras se llevaba hasta su oreja su teléfono móvil, que desde que comenzó a seguirla llevaba preparado en la mano para esa situación. Greta observó la espalda de la figura masculina que hablaba por el móvil a unos metros de ella y la contempló con suspicacia. El recuerdo del reporte que acababa de leer del asesinato de la mujer le había dejado un poco insegura y la similitud de que se encontraba saliendo de su trabajo, como había sido el caso de la víctima también, le había venido a la mente resaltándole el hecho de que estaba en esos momentos en la misma situación que se había encontrado la muerta, por lo que había sentido la urgente necesidad de comprobar que nadie la perseguía. Contempló al hombre detenidamente, algo en él le llamaba fuertemente la atención, no creía que fuera alguien conocido, pero sentía por esa figura una agradable sensación. Tenía puesta una chaqueta acolchada azul marino con capucha y unos vaqueros de cinco bolsillos, de corte ajustado y de color n***o, que le sentaban de maravillas a sus fuertes y esbeltas piernas. Tenía un cuerpo alto y atlético, con hombros anchos y caderas estrechas, un culo que más quisiera una poder tocar a gusto todos los días, en la intimidad de un dormitorio. “¿Quién es él?” se preguntó con curiosidad por la sensación que le transmitía, observándolo intensamente. Vio como se apartaba el móvil de la oreja y esperó a que se diera la vuela para poder verlo, le daba igual que la descubriera allí contemplándole descaradamente, ella solo necesitaba verle el rostro. El semáforo cambió a verde y el fuerte pitido que avisaba a los invidentes que podían pasar, sacó a Greta de sus pensamientos. Una rápida mirada a la carretera, le informó de lo que ya sabía, los peatones estaban cruzando por el paso de cebra desde ambos lados de la calle. Volvió la mirada hacia el hombre, indecisa sin saber si cruzar o quedarse, pero este ya se alejaba por la dirección de la que ella había venido, alejándose de dónde se encontraba, resolviendo con ello su dilema. ••• La vio cruzar por fin la carretera desde la cámara de su móvil, puesto este en una posición que podía ver lo que ocurría a sus espaldas. Con un suspiro de alivio, detuvo su huida mientras apagaba su teléfono. Se llevó una mano temblorosa a su corazón que ahora golpeaba salvajemente su pecho. Había estado a punto de que ella lo pillara, la había visto por la cámara como lo miraba con curiosidad y las dudas que le habían surgido con respecto a él. Estaba seguro que si continuaba así más tiempo, con tantos sobresaltos, acabaría una de esas noches en el hospital con un ataque cardíaco. No sabía que le ocurrían a sus emociones cuando estaba cerca de esa mujer, pero necesitaba controlarlas prontos a un nivel aceptable si quería poder conocerla personalmente, antes de que acabara muerto por un infarto. En el estado actual en el que se encontraba, prácticamente le era imposible acercarse a la ella, ni siquiera creía que fuera capaz de hablar una sola palabra correctamente sin que su trastorno del habla se hiciera audible. Le había costado años de tratamiento con logopedas y grupos de apoyos para poder tener un control normal del habla mientras mantenía una conversación con otra persona, pero de nada servía todo esos años de tratamiento con esa mujer, ella había sacado de nuevo a flote su tartamudeo. Se ponía demasiado nervioso en su cercanía. Desde que la había visto por primera vez esa mañana, con el paso de las horas su obsesión por ella había ido en aumento al igual que su trastorno, no sabía si su estado podía aún empeorar más, pero rezaba por poder aparentar ser un hombre normal el día que decidiera hablar con ella, que no creía que estuviera muy lejos, teniendo la necesidad tan grande de verla como la que había sentido durante todo el día. ☆☆☆☆☆ Había llegado hasta su portal y no conseguía apartar de su mente la imagen del hombre que hablaba por su móvil. Enfadada consigo misma, buscó en su bolso las llaves para abrir la puerta. ”Estaba claro que tenía que haberse quedado, incluso haberle seguido disimuladamente cuando se fue, hasta conseguir ver su rostro. De esa forma si resultaba que no era su tipo, hubiera salido de su mente prácticamente en el acto, por muy buen cuerpo que tuviera. Pero como no lo hizo, ahora su mente no paraba de visualizar su perfecta fisionomía y de sentir envidia y celos de la mujer que pudiera llamarlo “suyo”. -¿Celos? –se extraño de que esa palabra hubiera aparecido en sus pensamientos. Greta levantó el rostro y contempló su reflejó en los cristales de la puerta de su portal. Tenía el ceño fruncido y su rostro mostraba una expresión entre la extrañeza y la preocupación. —Habré querido decir solo “envidia” de la mujer que pueda llamarlo “suyo”. Pero una envidia sana — le comunicó a su imagen reflejada. Inmediatamente vio como el ceño desaparecía de su reflejo y una bonita sonrisa aparecía en su lugar en los labios, cambiando totalmente la expresión de su rostro de preocupación, a una que expresaba contento. Con esa expresión en su cara entró en su portal y fue saludada inmediatamente por el conserje de su edificio. —¡Buenas noches, Greta!—. Hacía tiempo ya, que le había pedido a él, si podían ambos por comodidad dejar de lado los formalismo y tutearse. —¡Buenas noches, Juan! —le contestó entrando en el portal. Juan era un señor muy agradable de unos cincuenta años, que llevaba veinte trabajando en el edificio. Era un hombre bajito y muy delgado, costaba creer que esa persona de apariencia débil, pudiera tener un coraje tan fuerte a la hora de proteger lo que consideraba suyo, como pensaba que era el edificio y a todos los que vivían en él, pero así era. Ella había visto no hacía ni un año, como esa personita cogía del cuello a un ex novio maltratador de una vecina del segundo piso a la que acosaba, después de que éste la abofeteara en la misma puerta del porta, ante la mirada de Juan y de ella misma, que se disponía en esos momentos a salir a la calle. Sin saber Greta de donde había sacado la fuerza, Juan había lanzado hacia atrás, del cuello al maltratador, un hombre que le sacaba una cabeza y era el triple de ancho que él, y lo había tirado contra el suelo de la acera. Acto seguido se había subido a horcajadas sobre el torso de este, para ponerle de forma punzante y amenazante unas de las muchas llaves del bloque que él tenía, contra la garganta del sujeto agresor, presionando la punta de esta contra la tierna carne que había debajo del hueso de la mandíbula del maltratador. —¡Si vuelves a tocarla, te mato! —le escuchó susurrar Greta a Juan con voz escalofriante al ex novio de su vecina. Desde ese día jamás se volvió a ver a ese hombre por allí. Ahora su vecina tenía nuevo novio y cuidaba de Juan como si fuera su propio padre, llenándolo de cuidados y atenciones siempre que Juan se lo permitía. —¡Mañana cogeré temprano el coche! —le informó Greta, deteniéndose delante de su mostrador. —¡Ok, Anotado! —le contestó, señalándose la cabeza con una sonrisa. Gesto que él hacía para indicar que se acordaría de decírselo a su compañero y sobrino Enrique, un joven veinteañero hijo de su hermana menor, que no valía para estudiar y lo habían colocado allí para que se ganara la vida y ayudara con el dinero a su madre. —¿Alguna carta para mí? —le preguntó Greta como de costumbre. —Hoy no—. Juan miró su mostrador, para cerciorarse que allí no había nada para ella. —Entonces me voy ya para casa, que pases buenas noches —le deseo Greta, dirigiéndose al ascensor. —¡Igualmente!— ☆☆☆☆☆ Axel vio por los cristales como la mujer se montaba en el ascensor y desaparecía del zaguán, quedando sólo el conserje. Decidió esperar unos minutos para entrar y de paso tranquilizarse. Creía poder confirmar, que la mujer vivía en esta comunidad de vecinos. Axel levantó la vista por la fachada del edificio y comenzó a contar las plantas que tenía. Cuando llegó a la última había contado nueve. Se quedó contemplando la fachada del bloque llena de balcones y ventanas, fantaseando con la idea de verla asomarse por alguna de ellas. Pasado cinco minutos, la forma masculina de un hombre se asomó de una ventana del sexto piso, se encontraba fumando. El hecho de que ese hombre podría ser el marido, novio o amante de ella, le golpeó los sentidos dejándolo aturdido por unos segundos. En ningún momento se le había ocurrido que ella podría estar ya en una relación, ni siquiera que podría ser madre de alguna criatura o de que en su casa podría estar esperándole su familia, como le había hecho notar la aparición de ese hombre en la ventana. No creía que particularmente ese señor fuera su pareja, al menos que se sintiera atraída por los octogenarios, estaba casi al noventa y nueve por ciento seguro que no era su caso, pero eso no quitaba que podría tener una pareja sentimental. Inquieto por sus pensamientos y sin poder esperar más para averiguar el estado sentimental en el que se encontraba la mujer, se acercó hasta el portal de ella y golpea el cristal con los nudillos para llamar la atención del conserje. De su bolsillo trasero sacó su identificación estadunidense junto a la que le habían dado en comisaria y se preparó para enseñarla. ••• Los golpes en los cristales llamó la atención de Juan que levantó la mirada de su tablet de diez pulgada, para mirar en dirección a la puerta del portal. Acababa de comenzar a ver la película en una de las plataformas de internet de pago. Esta película era una de sus favoritas y se la había visto ya por lo menos unas ocho veces, sin añadir a la cifra la de ese día. La luz de las farolas de la calle iluminaba a un hombre de buena planta, de actitud seria y bien vestido que lo miraba intensamente a través de los cristales de la puerta de entrada al portal. “ Tenía que ser alto si aún separado un metro de la puerta, su cabeza llegaba justo a la altura de la suya” observó Juan, acordándose de los dos escalones que había detrás de esa puerta, que estaban para facilitar el acceso al portal, debido al desnivel que tenía la entrada con el resto del suelo de la calle. Algo en su mirada llamó la atención de Juan, los ojos de ese hombre parecían reflejar una luz distinta cada uno, pero su cansada vista no podía decirle que era lo diferente en él. Con curiosidad Juan se acercó a la puerta para saber que quería y de paso mirarle más de cerca el rostro. —¿En qué puedo ayudarlo? —preguntó Juan, acercándose a él a través de la puerta, sin abrirle. Por muy buena pinta que tuviera el hombre, él no abría a ningún desconocido si antes no le habían avisado por el teléfono interior algún propietario o inquilino, avisándole de esa llegada en concreto. El hombre de la calle apartó su mirada del conserje para dirigirla hacia abajo. Juan observó que la mano del individuo sostenía una cartera de cuero n***o, que alzó y desplegó ante los ojos de él, impidiéndole con ello ver parte de su rostro al acercarse, en concreto sus ojos. —FBI DEPARTMENT of INVESTIGATION— leyó Juan en voz alta, las palabras escritas en inglés de la primera parte de la identificación que le mostraba el hombre, pronunciándolas malamente. ”¿Qué hacía en la puerta de su trabajo el FBI?” pensó con asombro, mirando la cartera. En ella podía ver una foto de la cara del sujeto claramente y sus ojos.” Ahora sabía que le había llamado la atención de ellos, el tipo tenía ambos de diferente colores, uno color miel y el otro verde ” pensó mientras continuaba la lectura de la identificación. —AXEL LEWIS, SPECIAL AGENT— “Ese era el nombre de ese señor, que era ni más ni menos, que un agente especial del FBI”. Su mirada se posó en la segunda placa que colgaba de la cartera abierta. —COLABORADOR ESPECIAL DE LA POLICIA DE SEVILLA. — El escudo Español estaba grabado junto a otro donde ponía, “FEDERA BUREAU OF INVESTIGATION”. Juan apartó la vista de la cartera y contempló al hombre parado fuera, este a su vez retiró la mano y volvió a guardarse la cartera en el bolsillo trasero de sus vaqueros negros. Por fin podía verle el rostro con claridad, era una versión más madura pero casi idéntica a la de la foto que había visto en la identificación que él le había enseñado, pero no por ello le había hecho menos atractivo el paso de los años. En la actualidad lucía una barba y bigotes de pelos negros y cortos, que se veían bien cuidados, sobre una mandíbula angular muy marcada. Era poseedor de una nariz grande y muy masculina que para nada desentonaba con la simetría del resto de su cara. Sus ojos también grandes, llamaban la atención por la combinación tan bonita de color entre ambos iris, que le otorgaban a su mirada de una fuerza atrayente, difícil de conseguir para el resto de mortales. Juan estaba seguro que con ese físico y esos ojos, ese hombre jamás había sabido lo que era ser rechazado por una mujer. “¿Por qué la naturaleza concedía tantos dones a un solo hombre y dejaba sin ningunos a otros?” pensó al compararse con él y salir perdiendo por mucho. Nervioso por lo que ese hombre representaba y por lo que querría de él, Juan abrió la puerta del portal para atender al agente. —Buenas noches señor, ¿en qué puedo ayudarlo? —exclamó Juan cortes, enfrentando la mirada del sujeto. —Buenas noches. ¿ Puedo entrar para hablar con usted? Lo que tengo que decir no puedo comunicárselo aquí fuera —le contestó el hombre con voz grave y acento estadounidense. Juan no lo dudó y se apartó de la entrada para dejarlo pasar. El hombre subió los dos escalones que había de desnivel con la acera y entró en el zaguán. Como Juan había supuesto, también era alto. “La naturaleza no crearía tanta perfección en un humano, para depositarla en un cuerpo de uno sesenta centímetro como era su caso” se dijo con humor, al imaginarse a ese hombre con la altura de él. Juan se quedó contemplando con paciencia al agente, a la espera de que terminara con su inspección ocular de la planta baja y decidiera contarle que quería de él. ••• “Parecía una comunidad de vecinos de clase media” observó Axel al mirar a su alrededor, intentando averiguar a que clase económica pertenecía ella. “Allí no había rastro de lujo, incluso el conserje vestía con su propia ropa y no el uniforme que seguro que tendría si estuviera en una comunidad rica” pensó contemplando a ese señor, que lo miraba tranquilo, pero expectante. —Hace unos momentos, ha entrado una mujer con un chaquetón n***o, ¿quién es ella? —le preguntó al conserje de pronto, observando su rostro para ver su expresión. Juan se quedó quieto como una estatua por la impresión, mirándolo sin mover ni un solo músculo de su rostro. —Una inquilina —contestó por fin, pasados unos largos segundos. Juan sabía que Greta era periodista de investigación y que muchas veces sus reportajes habían mosqueado a muchas personas de poder, pero aunque todos sus trabajos iban sin el nombre del reportero que los había investigados, no creía que fuera muy difícil de averiguar para el FBI si los había enfadado de alguna manera y tenía que haberlo hecho mucho, para que se presentara uno de ellos en Sevilla en su busca. —¿Cómo se llama ella? —le preguntó Axel intuyendo por la contestación y la actitud del conserje, que este seguramente era un hueso duro y difícil de roer. —No me está permitido dar los datos de los inquilinos —mintió Juan, quejándose lastimosamente, intentando parecer convincente en su actuación —me despedirían si se enteraran—. Axel observó la mala actuación del hombre y en vez de sentirse enfadado porque le mintiera, se sintió aliviado de que la mujer contara con un conserje tan lear, por lo que se sintió un poco culpable por lo que tenía que hacer a continuación, pero no podía irse de allí sin saber más cosas sobre ella. Con tranquilidad, sacó su móvil nuevo, uno de los últimos modelos del mercado y marcó el número fijo de su casa, una de alquiler donde vivía desde que había llegado a España hacía unos dos meses. Escuchó tres tonos de llamada, antes de que saltara su contestador automático. —¡Deja tu mensaje después del pitido! —se escuchó decir a él mismo en español, a través del teléfono. —Soy el agente especial de FBI Axel, solicito una unidad para el arresto de una mujer blanca de unos treinta años —Axel observó como la cara del conserje cambiaba de color, se le estaba poniendo el rostro blanco, por lo que siguió con su actuación sabiendo que ya había ganado. —La dirección es Calle Clavel número… —¡Espere, que no vengan, yo le diré lo que quiera saber! —exclamó el conserje muy preocupado—. ¡No hace falta que venga la policía aquí y se la lleven! Si solo busca información, yo se la daré. Es una muchacha muy buena, no merece que se le presenten en su casa y se la lleven como a una criminal —terminó de decirle a Axel, reprochándole su actitud.
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