Ambos se aferraron fuertemente, sosteniéndose mutuamente para no caer. Llegaron al clímax al tiempo. Entregados, poseídos y abandonados el uno al otro. Antonio de pie frente al escritorio. María de espaldas a él, apoyada en el borde. Sudorosos… él tan adentro de ella todavía. Tan adentro en todos los sentidos. Metido profundamente en sus entrañas. Sólido y también líquido. El fuego fue tanto, tan intenso, tan abrasador que los consumió por completo y al tiempo. Él generalmente era calmo, mesurado, comedido. La dejaba ser. La guiaba sin contenerla. Encauzaba esa energía sin interrumpirla. La seguía en sus juegos, en sus desafíos. Él amaba los contrastes y él mismo lo era. Con esa mirada tranquila que escondía la más impetuosa pasión. Ella amaba esa dualidad. Esa fiera escondida detrás de

