La pelirroja salió corriendo a la biblioteca apenas sonó la campana, literal, su autocontrol había hecho demasiado para no desviar su atención de la clase de literatura.
Ni siquiera trotaba, corría por los pasillos, como si estuviese siendo perseguida por la mismísima muerte. La gente se paralizaba un segundo al verla pasar, con una pregunta en sus mentes ¿Y esta qué? Casi se lleva por delante a un chico, ni siquiera se molestó en disculparse por golpearle el brazo con semejante dureza, pero él si le gritó "Mosca, que te vas de jeta" pero eso no detuvo su corrida.
Objetivo: Llegar a la biblioteca.
Obstáculo: Ninguno, podre del que se atravesara en su camino.
Finalmente y luego de haber trastabillado con varios estudiantes y hasta con la señora de la limpieza, logró llegar a su destino con la lengua afuera, en sentido figurado.
Caminó a paso tranquilo hasta una mesa, como si no hubiese imitado nada menos y nada más que a un huracán. Dejó su mochila amarilla colgada torpemente en el espaldar de la silla y abrió su libro para comenzar a leer por donde se quedó en la madrugada, en menos de veinticuatro horas ya llevaba casi que la mitad del tomo, y eso que los capítulos eran largos.
Y es que así es cuando nos gusta algo, nos ensimismamos tanto en ello que perdemos la noción del tiempo y nos sentimos en una dimensión irreal donde sólo existe esa persona, ese pasatiempo, esa novela y nosotros.
—¡Carajo, wey! —una voz exclamó al llegar segundos después que la pecosa —Tienes piernitas de pollo, pero corres bien rápido.
Mia, moviendo su pié por la impaciencia, miró a la chica de reojo, la saludó con su mano y volvió a su lectura.
—Bueno, ¿y a ti qué? —cuestionó la de las mechas platinadas —pareces perritos cuando sus dueños tienen un hueso en la mano y juegan a que se lo van a dar y no.
Mia rascó su cabellera cobriza.
—Es que ando leyendo un libro bien chingón —dijo, sin mirarla.
—Ah pues, yo nunca he leído un libro —comentó Bea—, pero me imagino que ese es como esas series de las que dices "Un episodio más" y no duermes hasta que te la acabas.
—Ajá —pronunció la pelirroja, queriendo no sonar antipática.
—Bueno, bueno. Sólo te seguí para dejarte esto —colocó la invitación a un lado de la chica y se despidió—, ahí te ves.
Mia ni siquiera miró de reojo qué fue lo que le dió la chica, ese libro la cautivó de una forma inefable, tal vez porque jamás había leído una historia basada en una época antigua, narrada de manera entendible, a lo mejor porque el empoderamiento de la protagonista le daban ganas de ser como ella, quizás ambas.
En el pasillo, Eliot se encontró con su mejor amiga y le preguntó que si no había visto a la pecosa, afortunadamente la chica supo cómo contestarle. Él se adentró a la biblioteca y la buscó con la mirada, se ubicó frente a ella al encontrarla devorando el mismo ejemplar de la tarde anterior.
—Gracias —emitió.
La chica sólo dejó el libro de lado porque reconoció esa voz, iba a cuestionarle el por qué le agradecía, pero la pregunta logró contestarse mucho antes de pensar en pronunciarla.
Sus labios se curvearon hacia arriba en una sonrisa ladina, ella le mostró los pulgares al ver la maqueta del sistema solar con un gran número diez adherido en un papel.
—A veces temo de que tu obsesión llegue a tal punto de que logres desarrollar el don de sacar a los personajes de los libros —confesó él—. ¿Debería temer realmente de que eso pase?
—Por los momentos sí, supongo —ella rió.
—¿Por qué?
—Hay cazadores, la mayoría de los hombres son machistas y las mujeres sólo sirven para saciar los deseos carnales y servir, ni siquiera pueden hablar con ellos, según las ideologías.
—¿Y cómo es que son sus mujeres si no pueden hablar con ellos? —se interesó en chico, tomando asiento frente a ella y apoyando su mejilla en su puño, y el codo sobre el escritorio.
—Porque a las mujeres las venden —comenzó a explicar—. Los hombres de la historia tienen una esposa, con la que sólo pueden estar con ellas con el propósito de concebir, luego están las vendidas, ellos pueden comprar a cuantas quieran, pero ellas sólo sirven para acostarse con sus dueños. Cuando se cansan de ellas, las dejan únicamente para los quehaceres y así.
—Ya va, no entiendo, perdón —Eliot puso su mano al frente—. ¿Me estás diciendo que ahí —señaló el libro —hay mujeres con más valor que otras sólo porque los hombres así lo dicen?
—Sí y no —ladeó la cabeza y soltó una risilla al ver la cara anonadada de su amigo—. Sólo se pueden tener hijos varones, si dan a luz a una niña, inmediatamente la venden a una casa de Vendidas, ahí las cuidan y las educan hasta que cumplen la mayoría de edad y un hombre las compra.
—Que cruel —opinó él—. Entonces sí, temeré de que desarrolles ese don.
El castaño miró la tarjeta que ya había visto con anticipación a un lado de Mia.
—Veo que Bea te invitó a su fiesta —dijo.
—¿Ah? —masculló ella, extrañada al ver la tarjeta —¡Ah, sí! —la agarró, le echó un vistazo y prosiguió —Se me había olvidado, andaba pendiente del libro y no le presté mucha atención. ¿Una fiesta, dices?
—Eso dije —alzó una de sus cejas delgadas—, cumple en dos meses, pasa que la fiebre no la deja estar quieta y ya hasta contrató a los DJ —colocó sus ojos en blanco—. Bueno, ¿irás?
Ella realizó una mueca, nunca había ido a una fiesta, al menos no a una de esas fiestas donde los de su edad se metían una que otra sustacia y bailaba toda la noche. Vagamente recordaba cuando los vecinos la invitaban a los cumpleaños de sus hijos donde se hacían rifas de juguetes, comían rosetas, partían una piñata de siete conos y a lo último daban cotillones y la dejaban llevarse unos globos para su casa.
—¿Nunca has ido a una fiesta? —Eliot pareció haber leído sus pensamientos.
Ella negó.
—Bien, son horribles, nunca vayas a una —advitió de manera divertida—. Sólo hay alcohol, gente haciendo faje y no juegan que si a la papa caliente, sino a la botellita o al famoso "Yo nunca nunca" —comenzó a querer darle terror a su explicación —hay gente ebria por todos lados y sólo aspiras humo, olor a borracho y a pipí —hizo una mueca de asco —¿Sabes cuál es la peor parte?
—¿Cuál? —quiso saber.
—Que los baños se ensucian, de vómito en el mayor de los casos.
—Iug —emitió ella.
—Sí, es horrendo —suspiró—. Bueno, las fiestas de Bea son así de alocadas, música alta y bla bla bla. Y súmale que irá casi toda la escuela.
—Paso —decidió la pelirroja.
—Yo ya había pasado también antes de que me invitaran.
—Pero tú eres su mejor amigo, ¿no se supone que tendrías que ir? ¿acaso no la quieres? —la chica soltó aquellas preguntas con un ceño fruncido.
—Es mi mejor amiga —afirmó—. Y la amo, pero amar no es aguantar. Además, no sería la primera vez que no voy a su fiesta.
—Que malo eres —dijo ella con burla.
—Pero siempre hay una primera vez —se alzó él de hombros—, ¿vamos juntos?
—Ya decidí que no quiero asistir, ¿qué ganaría yo si cambio de opinión y te acompaño? —esta vez fue su turno de alzar la ceja.
—¿Qué quieres ganar? —se acomodó y se cruzó de brazos.
—¿Qué serías capaz de darme? —desafió.
—¿Que quieres que te dé? —sonrió ladeadamente, como si las expresiones fuesen un argumento válido para dar fin a una discusión que se basaba en puras incógnitas incitantes.
Que juego tan peligroso, pero para la suerte de ambos, ninguno jugaba a eso con aires de malicia... O eso se creía.
—Dos cosas, si voy contigo a esa fiesta —comenzó Mia—, ¿lo tomas o lo dejas?
—Sueltale.
—La primera —alzó su índice—: Te inscribirás al concurso de arte, vas a inscribir una de tus pinturas.
Eliot relamió sus labios, no podía creer que fuese a hacer eso porque se lo estaba ordenando la pelirroja y no porque se lo pidió Bea antes. Definitivamente y sin lugar a duda, esa chica estaba comenzando a hechizarlo.
—Y la segunda —subió su dedo medio a la par del índice—: Tocarás tu guitarra para mí.
Él fingió pensar.
—Con dos condiciones —los dos pares de ojos de anclaron.
—No estás en condición de poner condiciones —impuso ella, ladeando la cabeza.
—La primera —comenzó a copiar la acción de la chica frente a él con sus dedos, ignorando lo que acababa de decir—: Pondré a concursar la pintura que yo quiera —ella asintió—. Y la segunda: Tocaré para ti una de mis canciones.
—No sabía que eres compositor —mencionó, luego de aceptar las condiciones.
—Hay muchas cosas de mí que no sabes aún, Mia —le extendió su mano.
—Que enigmático, Eliot. Pues eres la única persona cercana a mí que no sea de mi familia, así que tendré que averiguar esas otras cosas que no sé —miró su mano por un momento.
—Pues, yo no seré la fuente que te generará esas respuestas.
—Y yo no las buscaré en ti —estrecharon sus manos, siendo testigos de que cerraban dos tratos al mismo tiempo—. Y a todas estas, se supone que la maqueta tenías que entregarla ayer —miró el objeto mencionado y luego a él—, ¿por qué no me comentaste ayer mismo sobre tu calificación?
—Quería tener una excusa para hablarte hoy —dijo vacilante.
—Me alaga tu explicación, pero de igual forma iba a buscarte hoy porque mi nana te mandó a decir que te invita a su cumpleaños. Así que tu excusa —arrugó la cara —no fue muy inteligente.
—Mhmm —musitó entre labios—. Tal parece que a los dos nos invitaron a cumpleaños diferentes el mismo día —se levantó —y yo seré tu acompañante a la fiesta de Bea —pasó la punta de su lengua por el interior de su mejilla.
—¿Qué insinuas? —ella se colgó su muchila cuando escuchó el timbre de la campana.
—Que no tengo quien me acompañe a mí —soltó un bufido fingido, y también se llevó una mano al pecho con dramatismo—, Mia.
—¿Qué?— lo vió aún sin comprender.
—¿Serías tan amable de acompañarme a la fiesta de tu abuela?
—Ja, ja —rió con ironía—. Es bastante tentativa tu propuesta, pero no puedo quedar mal con Vincent —hizo un puchero—, él me invitó primero.
—¡Felino traicionero! —simuló molestia —¿Como se atreve a invitar a la misma chica que yo a la misma fiesta?
—Tecnicamente, tú invitaste a la misma chica que él a la misma fiesta.
—Ajá, bueno. El orden del factor no altera la chingada, lo cierto es que me siento indignado —comenzaron a caminar a la salida de la biblioteca para ir a sus clases—, creí que el mestizo era mi amigo.
—Uhh, ¿Te jugaron sucio, no? —rió.
—Sí, ya ves. Gatos vemos, corazones no sabemos —exhaló con exageración—. Me toca inglés, así que voy hacia allá —señaló a la derecha con su pulgar.
—A mí historia, para allá —vió hacia la izquierda.
—Zas.
Justo iba a darle un beso en la mejilla cuando ella se volteó de repente, entonces terminó dándoselo en la comisura de sus labios.
Las mejillas de Mia adquirieron cierto color rosa, haciendola lucir tiernamente avergonzada.
—Lo siento, no creí que fueras a voltear, eh...
—No pasa nada —tuvo que apartar la mirada—, nos vemos por ahí.
Se volteó y comenzó a caminar de manera incómoda por lo sucedido, fue un accidente y todo, pero fue el primer contacto con un chico. Queriendo invadir sus pensamientos con otra cosa, se metió en el salón que le correspondía y sacó su libreta para empezar a ocuparse con los apuntes de la materia numérica.
Tratos