Mia se encontraba llegando de clases cuando saltó de la emoción por su visita inesperada.
—¡Cyia! —se abalanzó sobre su hermana mayor para abrazarla —¿Por qué no me avisaste que vendrías? —murmuró contra su pecho en lo que la mayor depositaba un beso en su cabeza.
—¡A mí tampoco me dijo, mija! —exclamó la nana desde la cocina, antes de que la pelirroja le echara la culpa.
—Pedí permiso en el trabajo para venir —le hizo saber Cyia a su hermanita—. Ya viene el cumpleaños de la abuela —susurró—. Me ayudarás con eso, ¿No es así?
—Por supuesto.
Cuando el padre de ambas falleció, la hermana mayor tomó la decisión de irse a Texas para poder mantener la casa, puesto que Mia era muy pequeña y era muy difícil que la señora Gertrudys consiguiera trabajo por su edad.
—Les traje regalos —hizo saber la mayor.
—Mia, ¿Puedes ir al centro a comprar unos ajos? —pidió la mujer mayor —Esta mañana te fuiste rápido y se me olvidó pedirtelo, sabes que la comida sin ajo no tiene gracia.
—Abuela, veo que no pierdes tu obsesión con el ajo —Cyia negó con gracia.
—Claro, dejame quitarme quitarme el uniforme y voy.
La chica se dirigió a su habitación, se deshizo del uniforme y se colocó un mono blanco y una camisa suelta de color rosa, se calzó unos tenis y salió a la sala.
—Te acompaño —dijo su hermana apenas la vio llegar.
La chica asintió y se echaron a andar al centro.
—¿Y eso que te teñiste el cabello? —preguntó la menor mientras caminaban —Luces rara pelinegra y con pecas —opinó, viendo los hilos azabache en la cabeza de su hermana.
—No me gusta mucho mi cabello marrón —respondió con simpleza—, suertuda tú que lo tienes anaranjado.
La chica frunció su ceño, pero no dijo nada al respecto, entonces Cyia decidió seguir hablando.
—Te compré unos libros, ¿Sabes? Allá en Texas tengo una amiga a la que le gusta mucho leer, igual que a ti —le sonrió—. Hace unos meses tomábamos un café y de regreso pasamos por una librería —comienza a contar en medio de una risilla—. Se quedó pegada a la vitrina, embobada por un libro que había llegado nuevo, entonces entramos, lo compró y me habló de unos que me parecieron interesantes, así que te los compré.
—Gracias, Cyia —Mia agradeció, apenada—. Pero no tenías por qué.
Apenada porque el que Cyia viviera y trabajara en Texas, no significaba que tuviera mucha lana. Cyia dividía su paga quincenal para costear sus gastos y mandarle algo a su pequeña familia que con eso; la nana compraba la comida y con su pensión las cosas personales de ambas.
Mia tenía muy en claro que los libros eran bastante costosos, por lo que sintió una punzada de culpa, no quería ni imaginar la cantidad de dinero que su hermana mayor había gastado en los ejemplares.
—Sé lo que piensas, Mia. Y no me pesa gastar dinero en la gente que amo —habló ella, leyendole el pensamiento—. Además, ya sé que con el dinero que te mando a veces te vas al cyber a leer PDF en las computadoras, eh. Eso te daña la vista, Susej.
—No me llames así —la chica le dio una mala mirada, su segundo nombre no le gustaba mucho—. Y no me dará miopía ni nada, tengo lentes para leer.
—Igual, Susej —dijo para molestarla —Además, el PDF es ilegal, ¿No que te portabas bien?
—Es ilegal, más no me van a encarcelar por leer. Y si lo hicieran, no me importaría, porque amo leer y estaría en el bote con ganas —se alzó de hombros—. De paso, en las cárceles de aquí hay librerías andantes, sería una presa feliz.
—Eso, malota —se burló su hermana—. Toda una criminal, chingona.
—Boba —la miró de reojo y, al enfocar su vista al frente; soltó un resoplido—. Ay, no.
—¿Qué?
—Feministas.
Una multitud de mujeres formando una algarabía bloqueaba varias de las calles, incluyendo la que las hermanas debía pasar para llegar al centro. Unas estaban completamente desnudas, otras sostenían carteles y algunas simplemente formaban parte del grupo con dizfraces absurdos o estaban de lleno.
A Mia le parecían completamente ridículas aquellas marchas, que salgan desnudas a pedir respeto cuando no se respetaban ni a sí mismas. Que destruyan propiedades porque simplemente les da la gana, para llamar la atención. A la pelirroja le caían completamente mal todos los ideales de las feministas.
Llenó sus pulmones de oxígeno, soltó un largo suspiro y avanzó.
La tertulia era insoportable, gente gritaba, los conductores hacían sonar las bocinas de sus vehículos, se escuchaban hasta ladridos, llantos de bebés, todo le causaba dolor de cabeza. Hasta hizo una mueca de repudio cuando pasó por el lado de una tipa con las axilas peludas, sosteniendo un cartel que decía "Igualdad de género". Ya eso era falta de higiene.
Se entendía que quisieran acabar con los malos tratos de los hombres hacia ellas, se entendía que causara impotencia que les negaran un trabajo por creer que ser mujeres las hacía menos capaces, se entendía que quisieran legalizar el aborto si la persona fue violada. Mia entendía todo aquello, en cierta forma apoyaba el feminismo, pero le causaba pena ajena todo el espectáculo que hacían.
Las feministas querían hacer que el aborto fuera legal para follar sin protección si les daba la gana y luego abortar como si nada. No era la idea pues.
En el camino, una voz sonaba por encima de todos los demás ruidos, era una chica de unos diecinueve años con un megáfono: "Los hombres nos dicen aburridas por querer protegernos durante el sexo, pero cuando nos embarazamos nos dicen inútiles como si fuese nuestra culpa y simplemente nos dan dinero para comprar pastillas de aborto, sabiendo que es ilegal"
"Igualdad de género"
"Ni una menos"
"Usar ropa corta no es una invitación para que nos violen"
Mia avanzaba lo más que podía entre la gente para salir de toda esa bulla, ella iba adelante, agarrando la mano de su hermana, quien la seguía por detrás para así escabullirse más rápido. Pero la pelirroja se detuvo abruptamente al ver algo a unos cuantos metros, mejor dicho; a alguien.
Eliot estaba caminando por una ascera, estaba vestido normal con pantalones de mezclilla y una camisa color violeta, sus brazos estaban alzados, sosteniendo un cartel que decía en letras rojas y gruesas: Ella no está viva para pedir justicia, pero yo sí, y estaré por ella hasta que mi corazón deje de latir.
Bea lo acompañaba, luciendo el mismo atuendo que su amigo, pero en vez de tener un cartel; aquellas palabras estaban estampadas en su camisa.
—¿Por qué te detienes? —cuestionó la mayor, tocando el hombro de su hermana.
Esa escena la había tomado por sorpresa, de repente se sintió mal porque el rostro del castaño estaba contraído por una notoria tristeza, y el de Bea Francis no era la excepción. Sintió intriga porque en la pancarta decía "Ella" ¿A quien se estaría refiriendo? Todo era muy extraño.
La pelirroja sacudió su cabeza un poco y terminó de caminar, logrando salir del cúmulo de gente. Antes de llegar al centro, vio a un hombre con su perra caminar en sentido contrario al suyo, con intención de unirse a la marcha.
La perra que aparentemente no era de ninguna r**a tenía colgado en su cuerpo una cartulina de cada lado, ésta decía: Estoy aquí para hacer justicia por las perritas violadas. Y unas patitas de perro de colores.
A Cyia también le había causado algo de tristeza.
Finalmente llegaron a una frutería, compraron los ajos y se prepararon mentalmente para ir por un otra parte, el camino se haría más largo, pero con menos obstáculos.
*
—Abu, aquí están los ajitos —Cyia le engregó la bolsa de tal cosa en las manos a la nana.
Ambas hermanas se adentraron a la habitación de la menor mientras su única imágen materna se dedicaba a preparar el almuerzo con esmero.
—Te compré el libro de cincuenta sombras de Grey —habló la mayor sin rodeos apenas cerró la puerta tras de sí.
—¡¿Qué?! —exclamó la menor, con una mueca de estupor estampada en la cara.
Como su hermana la miró extrañada y con los ojos bien abiertos, Mia suavizó su expresión para luego aclararse la garganta.
—No me gusta esa clase de libros —explicó—. Son atrevidos y... no lo sé, no llaman mi atención.
—¿Nunca has leído un libro erótico? —cuestionó Cyia con los brazos en jarras. Su hermanita negó —Yo tampoco, pero supongo que despertará tu interés a medida que lo vayas leyendo.
—En serio no me gustan —reiteró la pelirroja.
—Mia... —la pelinegra teñida ladeó la cabeza—. ¿Sabes por qué te amo tanto? No es simplemente por el hecho de ser mi hermana, sino también porque eres una adolescente distinta a las otras —al notar a su hermana cabizbaja por la pena, el atribulamiento repentino, o quizás ambas cosas; decidió explicarlo un poco más explícito—. Me refiero a que prefieres quedarte leyendo antes que salir de fiesta, prefieres un té que cualquier tipo de chela, eliges ir al teatro o a un museo antes que al cine. Te gusta lo complejo, lo que a otros jóvenes de tu edad les parece aburrido, mucho más que amarte, te admiro, Mia.
La chica alzó su rostro y los dos pares de ojos café se conectaron.
—Pero me gustaría que busques cosas nuevas —prosiguió—. Eres culta por elección. Wow, no sabes cuando me alivia tener la certeza de que no seré tía pronto porque no tengo una hermana irresponsable —se llevó una mano al pecho—. Por eso te compré ese libro entre tantos, para que te diviertas un poco y leas algo diferente al amor bonito.
—He leído opiniones de críticos en la internet —contestó ella—, de ahí más o menos sé de qué se trata el libro. No me llama la atención, o sea, he leído escenas +18 en las otras historias, por supuesto. Pero, ¿maltrato durante el sexo? —hizo una mueca de desagrado —Creo más en las caricias sinceras antes que las nalgadas.
—Nunca está demás algo nuevo —canturreó en medio de un suspiro—. El mundo real no es como en esos libros de romance, hermana —se tiró en la cama—, al menos ya no; los chicos no regalan flores, no te escriben cartas ni te dedican canciones, y si lo hacen, es para conquistarte y llevarte a la cama. Es triste, pero cierto, sólo quiero que lo tengas en cuenta.
—Ya lo sé, Cyia —la pecosa relamió sus labios—. Por eso no mantengo la vista apartada de las páginas y la tinta por mucho tiempo. Porque me gusta imaginar que soy la protagonista de esos libros de amor —sonrió—, y me gusta creer que en la actualidad existen chicos así de romanticos, aunque no me atreva a intentar descubrirlo.
—Mia —la mayor hizo un puchero—, el libro es famoso, creí que te gustaría.
La susodicha soltó una risa incontenible, a lo que su hermana arrugó las cejas.
—¿Y ahora de que te ríes?
—De tus contradicciones —aclaró—. Primero admites que no soy como las demás y ahora saltas con que creíste que me gustaría un libro sólo porque es famoso. Es famoso porque a las otras chicas de mi edad les gusta, y se supone que no soy como ellas según tu perspectiva.
La mayor golpeó su propia frente, contagiada de la risa porque lo que dijo la pequeña era completamente acertado.
—Bueno, pido perdón —dijo aún entre la diversión—. Vendelo y compra otro que sí despierte tu atención entonces.
Se levantó de la cama y buscó en su maleta los otros tres ejemplares.
—Este es el que dijo mi amiga que le gusta —colocó el primer libro sobre el colchón.
En la portada del libro yacía enmarcada una mujer de vestido brillante color escarlata con un cautivador escote v que llegaba hasta su espalda baja, las mangas de aquel deslumbrante vestido estaban hechas con una tela de transparencia floreada del mismo color. Un cinturon que aparentemente era de oro puro separaba la parte de arriba de la gran falda que comenzaba a descender desde su vientre, la forma de aquel cinturon era la del cuerpo de una víbora, bajo su cabeza brillaba una espada que le daba a su portadora un aire de seguridad. El cabello castaño le caía suelto por la espalda como una cascada, sobre su cabeza reposaba una hermosa tiara.
Pero no fue sólo la apariencia de la protagonista lo que llamó la atención de Mia, también lo hizo el círculo dorado que iluminaba a la chica, parecía más bien una estrella, dentro de éste destacaba la imágen de las alas de un ágila. Fue como si por primera impresión el libro le gritó a la pelirroja "Léeme", su subconsciente no lo tomó siquiera como una súplica, sino como una órden.
Y la gota que derramó el vaso de aquel extasiante ímpetu visual que carcomía el corazón de la chica, fue el título del libro en letras de color dorado al igual que la tiara. Vendida, ese era el nombre del que sería el nuevo desvelo de aquella lectora compulsiva.
—Tierra llamando a Mia —la mano de Cyia se movió por delante de la cara de la aludida—, ¿qué pasó? No me digas que ya lo habías leído en otra parte.
—Para nada —articuló ella, intentando salir de la estupefacción—. Sé que no hay que juzgar a un libro por su portada, pero... —las oraciones le salían con un hilo de voz, así que carraspeó su garganta un poco para continuar—. Pero estoy segura de que este libro es tan hermoso y adictivo como su portada.
—Tengo que contarle esto a Arantza cuando vuelva —sonrió la mayor, haciendo nota mental de ello—. Vendida es su libro favorito, dice que el reino en el que se basa es el diminutivo de su nombre, debo recordar que se puso toda loca cuando lo vio. ¿Cual estás leyendo?
—Bajo la misma estrella.
—¿Otra vez? —arrugó las cejas, mirando a la pelirroja con incredulidad —¿Cuántas veces lo haz releído?
—Con esta van seis —respondió simple mientras se dirigía a sus cajones para buscar un separador de páginas. Adivinó lo que iba a preguntar su hermana cuando por el rabillo del ojo la vio abrir la boca, entonces añadió—: Y no, no me canso de leerlo muchas veces porque me gusta —soltó una risilla—, nadie se cansa de lo que le gusta.
—Llega un punto donde sí —expresó Cyia, en la orilla de la cama—. Te gusta comer esa comida, pero la comes tanto que te aburre y quieres otra cosa. Con tu canción favorita, llega un punto donde te hartas y buscas otra porque se repite en tu cabeza TANTO que te cansas.
—Tal vez —la menor se alzó de hombros—. Pero mientras no sea mi caso, leeré la triste historia de Hazel y Augustus unas treinta veces más...
Un toque en la puerta de la habitación hizo que la pecosa detuviera su argumento necio.
—Pasa, nana —dijo la mayor.
La puerta se abrió, revelando ante las hermanas un cuerpo que ni en otra vida sería el de su abuela.
—¿Me dirán "Nana" cada vez que toque esta puerta o qué? —dijo Eliot con simpatía.
Entonces la incertidumbre volvió a la mente de la pelirroja como alma que se lleva el diablo, la emoción de sus nuevos libros había suprimido momentáneamente el enigma de querer saber por qué su amigo estaba en una marcha feminista. Ajá, mente ocupada no extraña a nadie.
Estaba distinto a como ella lo había visto hacía un rato, llevaba pantalones chándal de color gris, una camisa deportiva anaranjada y zapatos del mismo color de la tela que le cubría el torso, su cabello lucía brilloso e impecable, peinado hacia un lado con brutal perfección.
—Ay, disculpa —prosiguió—. No sabía que estabas acompañada.
—No hay problema —se levantó aún con el libro entre las manos—. Eliot, ella es Cyia, mi hermana.
—Un placer —el chico estrechó la mano de la mayor, marcando uno de sus lindos hoyuelos. Se dirigió a su amiga—. Ehh... Te traje esto —dejó de esconder la mano tras su espalda para dejar a la vista una hermosa rosa blanca entre sus dedos—, de haber sabido que tu hermana venía, también le traía una... Mmmm, perdón.
—Por mí no te preocupes, chico —se apresuró a decir la mayor mientras se levantaba—. Los dejo solos, voy a ver si a la abuela le falta mucho con la comida —dijo sin importancia.
En el corto pasillo se detuvo por una milésima de segundo al recordar las palabras que habían abandonado sus labios minutos atrás "los chicos no regalan flores, no te escriben cartas ni te dedican canciones" hizo una mueca de confusión ligada con ternura, se sintió aliviada porque su opinión fue un tanto errada después de todo.
Mientras tanto, en la habitación de Mia, los adolescentes se encontraban en un silencio que no era cómodo, pero tampoco tenso, más bien era inefable. La extrañeza de Mia se esfumó apenas vio la flor entre las yemas de su amigo, la tomó algo insegura mientras miraba hacia la nada, melancólica.
—Feliz día de la mujer, por si nadie te lo había dicho —deseó el castaño, aún intentando ornamentar la reacción de la chica—. ¿Qué sucede?
—E-Es que —balbuceó —la única persona que me regalaba flores era mi padre —agachó la mirada—, esta flor en específico.
El castaño entreabrió la boca, el sentimiento de pena lo acorraló en ese preciso instante.
—Perdón si te hice sentir mal, fue una imprudencia de mi parte —curvó sus labios hacia abajo sin saber qué decir—, de verdad lo siento, yo...
Mia interrumpió sus disculpas al alzar la cabeza con sus ojos comenzando a empañarse como cual vidrio a inicios de una llovísna.
—Gracias —no supo si sonrió forzada o sinceramente, a lo mejor ambas.
—Bueno, también vine porque esa noche me había sentido mal por no haber podido acompañarlas a tu abuela y a ti en esa cena y —soltó un suspiro —espero que la propuesta no haya caducado.
—Claro que no —ella quedó risueña, observando la pizca de naturaleza que le obsequiaron—. De hecho, podría jurar que mi nana se siente feliz de que estés aquí —lo miró de reojo con gracia —y eso que sólo te ha visto dos veces.
—Soy un encanto, qué te puedo decir —formó una delgada línea con sus labios. En eso, Vincent apareció de repente y se subió al regazo de Eliot, dándose calor con la tela gris de sus pantalones —¿Lo ves? Hasta conquisto a los gatos —mencionó con una fingida arrogancia.
—Es raro —comentó la pelirroja.
—¿Qué cosa?
Ella relamió sus labios.
—A Vincent no le gustan los desconocidos, bueno, tampoco es que venga mucha gente; pero le huye que si al cartero, a los del servicio de cable y así —arrugó las cejas—. Hasta a mi abuela, en el mundo yo era la única persona a la que toleraba, ni siquiera se manifestó cuando Cyia llegó —se alzó de hombros—, sientete galardonado de caerle bien a este felino.
—Bueno, no es cualquier felino —contestó él, acariciando el grisáceo pelaje de la mascota de una sola oreja—, es tu felino, quien es muy selectivo por lo que cuentas. Así que supongo que también te caigo bien a tiiii —canturreó.
Mia alzó ambas cejas, posando su vista en los ojos cafés de Eliot, sin emitir palabra. El castaño cayó en un breve estado de hipnosis al contemplar tan de cerca las iris de Mia que eran del mismo color que las suyas, pudo ver en éstas la entrada a su alma pura, inocente y virgen de malicia. Y un leve rasguño fue lo que sintió en la parte izquierda de su pecho, sabía que dañaría a la chica si no hacía las cosas bien, pero no le interesó estarse arriesgando a delinquir con el propósito de tenerla una vez más porque... ¡Jesús de Nazareno! Hasta su forma de mirarlo era igual.
—Muchachos, a comer —habló una tercera voz, seguida de unos golpes a la puerta, sacándolos a ambos de ese hechizo mutuo, impetuoso para ella.
—¡Ya vamos! —avisó él, sin dejar de sonreírle a su nueva perdición.
*
Un rato después del almuerzo y dando las cuatro menos once de la tarde, Mia se encontraba recostada en la silla mecedora de la entrada mientras que Eliot permanecía sentado en los escalones con el mestizo descansando en sus piernas. Mia sólo leía los primeros capítulos de su nuevo libro, férrea a las páginas, sintiendo su entorno disperso, funcionando sólo dos de sus cinco sentidos; la visión para deleitarse con cada escena de la historia, y el tacto para pasar a una nueva página cuando terminaba con la anterior.
Eliot veía ensimismado las diversas plantas que vivían bajo el cuidado de la señora Gertrudys y de Mia de vez en vez. El rico y singular olor a tierra mojada danzaba en el aire, al compás de la naturaleza y el color verde como su escenario, el deleite olfativo del chico se debía a que la anciana había regado a sus amadas matas esa misma mañana y para ese entonces, el aroma aún permanecía.
La casa podría ser pequeña en su interior, de una sola planta, con sólo dos habitaciones y un baño, pero qué jardinazo que se gastaba.
Plantas medicinales en su mayoría, pero bien alineadas en la tierra y ordenadas con suma pulcritud las que vivían en macetas. Aquella casita le traía mucha más paz al chico de la que le traía su propio hogar con todas las comodidades habidas y por haber. Y es cierto eso de que no se trata de tener una pantalla de bastantes pulgadas o tener el juego de comedor más sofisticado que exista, sino de sentirse agusto con aquellos con quienes convives.
Aunque el problema no era la pareja con la que él compartía su vida cotidiana, sino él mismo y su nato defecto de no conseguir superar las cosas... O más bien, a las personas.
Sonrió con el flashback de los recuerdos de hace pocas horas, las tres mujeres compartiendo comida con él, contando anecdotas que se colaban en la conversación y riendo por lo que causaba gracia. En ese momento supo que ese era su lugar, que si un genio se presentara de repente a concederle tres deseos, sólo utilizaría uno; que esta vez la dicha no fuese efímera.
Relamiendo sus labios, sacó el teléfono inteligente que había comenzado a sonar dentro del bolsillo de su pantalón. Era su mejor amiga quien interrumpía su momento de tranquilidad.
—Bea —fue lo que pronunció a descolgar.
—¿Andas ocupado? Quiero que me ayudes a escoger el vestido que usaré para la fiesta, te paso a buscar a tu casa y todo, ¿Cómo ves?
Él siguió dándo cariño al gato mientras torcía los labios. No quería alejarse de ese sitio que le confortaba tanto, ni de ella. Pero tampoco quería que su amiga se enojase con él, más bien le había cancelado días atrás a un reencuentro para ir a ese mismo sitio con la excusa de hacer un sistema solar.
—No estoy en mi casa, te veo en la plaza y de ahí vamos por ese vestido.
Finalizó el corto conversatorio luego de oír un "Va pues" del otro lado de la línea. Dejó a Vincent con cuidado en el piso quemado, se adentró a la casa a despedirse de Cyia y la señora Gertrudys que se encontraban en la sala, viendo un álbum de fotos, con una pila de estos, pendientes sobre la mesita de madera.
—¿Ya te vas? Justo iba a hacer café —inquirió la más jóven.
—Sí, me surgió algo —contestó él—. Pero tomaré ese ofrecimiento como un motivo para volver por estos días- culminó, sontiente.
—Dios te acompañe, mijo —fue lo único que contestó la nana, regresando su vista a los recuerdos plasmados en el papel fotográfico.
—Amén, hasta pronto.
Seguido de eso, salió y se situó frente a la pelirroja, quien no se percató de su presencia ni porque la brisa dejara de abrazar sus poros, entonces Eliot tuvo que carraspear su garganta.
Ella subió la cabeza con lentitud, en un difícil intento de colocar su atención en algo que no fuera la historia de Aquía, la vendida por diez mil coronas.
—Tengo que salir con Bea —juntó sus mejillas, haciendo sonar un beso que ella correspondió—, te veo mañana.
—Está bien —fueron las únicas dos palabras que salieron de su boca.
Fueron pocos los segundos que se quedó viendo al castaño antes de que se perdiera por las calles de la colonia y ella en el reino de Aragog.