Por una mirada, un mundo;
por una sonrisa, un cielo;
por un beso... yo no sé
qué te diera por un beso.
Gustavo Adolfo Bécquer
La boda fue fijada para el 25 de abril. A solo tres días de convertirse en la condesa de Headfort, Miranda se hallaba abrumada por los preparativos. Organizar el enlace se había tornado en una labor extenuante. Por fortuna, su tía Martha y la casamentera resultaron ser un gran auxilio. A medida que la noticia se propagaba por Mayfair, comenzaron a lloverle visitas. Damas a quienes apenas conocía se presentaban como viejas amigas, deseosas de enterarse de los pormenores del compromiso. Asimismo, era constantemente invitada a almuerzos, bailes y reuniones sociales. Al cabo de un mes, se encontraba exhausta. Su padre, con tono tranquilizador, le aseguraba que tras la boda todo marcharía con mayor calma.
Aquella tarde, Miranda y Megan habían sido invitadas a una reunión en la residencia de lady Clayton. Desde la fiesta de compromiso, Miranda no había vuelto a ver a Gabriel, y esa ausencia le provocaba cierta desazón. Sin embargo, abrigaba la esperanza de que una vez casados, las cosas cambiarían para bien.
Había mucho que desconocía respecto al matrimonio y no sabía con certeza a quién acudir con sus inquietudes. Le asaltaban dudas sobre lo que sucedía entre un hombre y una mujer en la intimidad conyugal. Su saber al respecto era escaso, por no decir inexistente. Así pues, mientras su doncella terminaba de arreglarla, decidió aprovechar la oportunidad.
—Ashly, ¿sabes qué ocurre entre los esposos cuando están a solas?
La doncella se volvió hacia ella con una mezcla de asombro y recelo.
—Milady, ese no es un asunto del que deba hablar con usted. Si su señora madre llegase a saberlo, se disgustaría mucho.
—No pienso decírselo, te lo prometo.
—¿Acaso no sabe nada?
—Lo que sé es vago y confuso. Mi única amiga, Danielle, está igual o peor informada que yo.
—Debería consultar con su madre... o tal vez con su tía. A mí me da muchísima vergüenza hablar de esas cosas.
—Ashly, sabes bien que mi madre jamás me lo explicaría. Por favor, te lo ruego —insistió Miranda con tono suplicante.
La doncella, visiblemente incómoda, ignoró la súplica y abandonó la habitación antes de que su joven señora insistiera aún más.
«Tendré que buscar a alguien que me saque de esta bendita duda», pensó Miranda, divertida pese a todo.
Cuando ella y Megan arribaron a la imponente mansión de los Clayton, fueron recibidas por la vista de una construcción majestuosa en tonos blanco y crema. La simetría perfecta, las columnas de estilo griego y una ancha puerta flanqueada por ventanas clásicas le conferían un aire señorial. Un lacayo acudió de inmediato para ayudarlas a descender del carruaje. Luego de atravesar el amplio vestíbulo, el mayordomo las condujo hacia el parque oriental, donde las risas y el tintinear de copas llenaban el aire con su alegre bullicio.
Miranda escudriñó con atención a los asistentes. Había mesas redondas cubiertas por manteles lila que el viento mecía suavemente. Varias madres se resguardaban a la sombra, mientras las jóvenes damas conversaban en pequeños círculos, girando sus sombrillas a juego, murmurando con entusiasmo los últimos rumores de la alta sociedad. Miranda avanzó con paso vacilante, convencida de que no pertenecía del todo a aquel mundo.
Nunca le había agradado la superficialidad de la sociedad que ahora la acogía. Megan, en cambio, se sentía como pez en el agua. Su padre, siempre comprensivo, la alentaba a seguir los dictados de su corazón; su madre, por el contrario, jamás comprendió su pasión por la música. En tres días, su vida daría un vuelco y tendría que adaptarse a un nuevo papel, uno más acorde con su título futuro. Aquella clase de reuniones sería, le gustara o no, parte de esa transformación.
Dejó a Megan entre sus amigas y se apartó, caminando sola sobre la hierba fresca. Una brisa ligera agitaba las hojas de los árboles y murmuraba entre las ramas. Siguió el sendero bordeado por ciruelos en flor, hasta detenerse junto a un rosal. El perfume dulce de las flores se elevaba en el aire diáfano. Las rosas eran sus favoritas; podía pasar horas cuidándolas en el jardín, en especial las rojas. Se inclinó para aspirar su fragancia embriagadora, cerrando los ojos por un instante.
—Si no tiene cuidado, podría lastimarse —advirtió una voz grave y desconocida a sus espaldas.
Miranda se sobresaltó y, en su desconcierto, perdió el equilibrio. Estaba a punto de caer sobre el rosal cuando un brazo firme la sujetó por la cintura. Sintió cómo la giraban con suavidad, pero con determinación, y al alzar la vista, su mirada se encontró con unos ojos azules tan intensos como el mar en calma. Aquella mirada tenía el poder de desarmarla por completo. Era Gabriel.
Esa tarde, el conde de Headfort había acudido a la residencia del vizconde de Clayton con el propósito de ultimar ciertos detalles relativos a una propuesta que sería presentada ante la Cámara de los Lores. El vizconde era uno de sus aliados políticos más cercanos.
Al llegar, se percató de que la vizcondesa celebraba una reunión social y, para su desconcierto, la invitada de honor era su prometida. No tuvo más opción que representar su papel de prometido complacido; de lo contrario, las habladurías no tardarían en brotar como la maleza. Le informaron que Lady Miranda se hallaba en el jardín, y decidió ir a saludarla brevemente.
Sin embargo, al verla tropezar, sus intenciones cambiaron. La rodeó con sus brazos para evitar que se hiciera daño, y al tenerla entre ellos, sintió el contorno delicado y sensual de su silueta presionar contra su pecho. Instintivamente la atrajo más, arrugando la seda de su vestido.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
Una locura —un impulso primitivo, poderoso e imposible de contener— se apoderó de él. Fue como si una fuerza ajena hubiese irrumpido en su sangre, dominando su voluntad. El mundo exterior se desvaneció, reducido al aroma de rosas que exhalaba la piel de Miranda, al calor de su cuerpo entrelazado con el suyo, al brillo vulnerable y confiado de sus ojos esmeralda.
Por primera vez, reparó en la profundidad de su mirada, en la dulzura casi peligrosa de su cercanía. Contuvo un suspiro, casi un gemido, ante la inesperada intimidad.
Miranda, por su parte, no deseaba apartarse. La sensación de estar entre sus brazos le resultaba deliciosamente embriagadora. El tiempo pareció detenerse mientras lo contemplaba, incapaz de desviar la vista de su rostro.
Gabriel bajó la mirada hasta sus labios. Con la yema del pulgar, los rozó con una delicadeza reverente, casi temblorosa, provocando en ella un súbito y urgente deseo de ser besada. Su corazón latía con tal intensidad que parecía querer escapar de su pecho, y le costaba respirar con normalidad.
El conde inclinó la cabeza. Cada uno de los sentidos de Miranda vibraba con expectación. Había anhelado aquel momento desde la primera vez que lo vio. Entreabrió los labios y comenzó a cerrar los ojos, justo cuando los labios de Gabriel se posaron sobre los suyos, anulando todo pensamiento salvo aquel instante compartido.
El beso fue lento y apremiante, un torbellino de emoción contenida. Él la estrechó con más fuerza, acercándola contra su cuerpo firme. Sus labios eran cálidos, seguros, exigentes. Al sentir cómo la lengua de él exploraba suavemente la comisura de su boca, no opuso resistencia. Se abrió a la caricia, temblando ante la dulzura arrebatadora de aquella intimidad. Su cuerpo entero se estremeció bajo la intensidad del contacto.
Estar en sus brazos se sentía natural, excitante, como si hubiese sido creado para ello. El beso la consumía y le encendía la sangre, y se rindió a él sin reservas.
—¿Miranda? ¿Estás allí? —interrumpió de pronto una voz femenina.
Ambos se separaron bruscamente, como si el aire helado los hubiese envuelto de golpe. Gabriel la soltó con visible desgana, pero sus ojos no se apartaban de los de ella. Miranda, aún absorta por la intensidad del momento, apenas pudo reaccionar.
—Estoy aquí, Danielle —respondió al fin con voz trémula, mientras se apartaba un mechón de cabello del rostro y trataba de recuperar la compostura.
Al llegar, Danielle se detuvo abruptamente al verlos juntos. Alzó una ceja, notando la cercanía entre ambos.
—Amiga, estaba comenzando a preocuparme. Pensé que te había sucedido algo —dijo, cruzando los brazos y ladeando la cabeza con una sonrisa inquisitiva.
—Solo contemplaba el jardín cuando el conde me encontró. Conversábamos un poco —mintió Miranda, bajando la mirada con timidez, intentando ocultar el rubor que aún ardía en sus mejillas.
—Milord —dijo Danielle, inclinándose en una reverencia elegante.
—Lady Danielle —respondió Gabriel, devolviendo la cortesía con una leve inclinación de cabeza, su voz envuelta en formalidad, aunque sus ojos aún buscaban los de Miranda.
—Me temo que he interrumpido —añadió Danielle, soltando una sonrisa traviesa mientras fingía disculpa—. Será mejor que los deje continuar.
—No hay problema. De hecho, acabábamos de concluir nuestra conversación... sumamente interesante, ¿verdad, lady Miranda? —dijo Gabriel con un destello pícaro en los ojos, su tono más íntimo de lo debido.
—Así es, milord —afirmó ella, intentando sonar tranquila, aunque apenas pudo sostenerle la mirada. Un nuevo rubor le tiñó las mejillas, traicionando su agitación.
—Si me permiten, debo retirarme. Tengo una reunión pendiente con el vizconde —anunció Gabriel, enderezando los hombros.
Tomó con delicadeza la mano enguantada de Miranda y, con la solemnidad de un caballero, inclinó ligeramente la cabeza y depositó un beso breve y cortés sobre sus nudillos. El contacto le provocó a ella un escalofrío que recorrió todo su cuerpo. Luego, saludó a Danielle con otra reverencia medida y se alejó con paso firme.
Miranda lo siguió con la mirada, casi sin parpadear, hipnotizada por su porte elegante y la forma en que su figura se desdibujaba entre los senderos del jardín.
—No me digas que he interrumpido un momento importante —dijo Danielle en tono cómplice, con una mezcla de culpa y curiosidad chispeando en sus ojos.
—Sí, querida... hoy has sido terriblemente inoportuna —replicó Miranda con una sonrisa soñadora, llevándose los dedos a los labios como si aún pudiese sentir el roce del beso—. Me besó. Gabriel me besó.
—¡Oh, Miranda! —exclamó Danielle, cubriéndose la boca con ambas manos para no gritar—. Qué torpe soy...
—No digas eso —respondió Miranda, sin poder borrar la emoción que iluminaba su rostro—. No tenías manera de saberlo.
—¿Y cómo fue el beso? —preguntó Danielle, inclinándose ligeramente hacia adelante, con los ojos brillando de entusiasmo.
—Mágico... —susurró Miranda, bajando la voz como si revelara un secreto sagrado—. Fue mi primer beso... Gabriel... el conde es maravilloso.
Justo en ese instante, una voz las interrumpió.
—Hermanita, te espero en el salón verde. Lady Clayton desea que empecemos con el té —dijo Megan desde el umbral, con una sonrisa medida.
Miranda se volvió con rapidez, volviendo a la realidad.
—Ve tú primero. Ya te alcanzo —dijo con cortesía.
—Como desees —respondió Megan con dulzura fingida, antes de desaparecer por el sendero.
Una vez que Megan se alejó lo suficiente, Danielle volvió a mirar a Miranda con el ceño ligeramente fruncido.
—¿Y a qué se debe tanta cortesía por parte de Megan?
—Hemos decidido hacer las paces —respondió Miranda, encogiéndose ligeramente de hombros.
—¿Megan, haciendo las paces contigo? —Danielle entrecerró los ojos con desconfianza—. No sé si pueda creerlo.
—Te aseguro que es verdad —insistió Miranda, sentándose más erguida y cruzando las manos sobre el regazo—. Ha estado tranquila y hasta amable. Me ha ayudado con los preparativos… creo que está cambiando.
—¿Cambiando? —repitió Danielle, alzando una ceja con evidente escepticismo—. Disculpa, amiga, pero hace apenas unos minutos la vi entre sus conocidas: la misma Megan de siempre, coqueta, altiva y excesivamente pagada de sí misma. —Se inclinó un poco hacia ella, bajando la voz—. Debes tener cuidado. No creo que sus intenciones sean del todo sinceras.
—¿Qué insinúas? —preguntó Miranda, frunciendo el ceño, inquieta.
—Que no debes confiar en ella —respondió Danielle, mirándola con gravedad—. Megan no es buena, Miranda. En el fondo lo sabes.
Miranda bajó la mirada, jugando con el borde de su pañuelo.
—Tal vez tengas razón… —murmuró—. Pero creo que todos merecemos una segunda oportunidad. De todas formas, no desestimaré tu consejo.
Danielle le sonrió con ternura, aunque su mirada seguía cargada de advertencia.
La tarde concluyó sin más sobresaltos. Más tarde, ya en su habitación, Miranda intentaba concentrarse en la lectura de El mercader de Venecia de Shakespeare, pero sus pensamientos no dejaban de divagar. Cada palabra, cada línea, la llevaba irremediablemente al beso compartido con Gabriel. Cerró el libro con un suspiro suave, dejando que cayera sobre su regazo mientras apoyaba la cabeza en el respaldo del diván, con la mirada perdida en el vacío.
Entonces, la puerta se abrió suavemente.
Era Megan, sosteniendo una bandeja con una sonrisa encantadora.
—Como estás por casarte y casi no hemos compartido tiempo juntas, pensé en dormir aquí esta noche. ¿Qué te parece?
Miranda parpadeó sorprendida, pero luego asintió, esbozando una sonrisa.
—Me parece fantástico.
—Hazme un sitio, entonces —dijo Megan, entrando con paso ligero—. He traído galletas y leche para celebrarlo.
—¡Piensas en todo! —exclamó Miranda, riendo con dulzura mientras le hacía espacio en la cama.
Ambas se acomodaron sobre las sábanas de lino, envueltas en la tenue luz de la lámpara de aceite. Esa noche hablaron de todo: de las extravagancias de la tía Martha, de la costurera que parecía no terminar nunca el vestido de novia, de los invitados y los imprevistos del banquete.
Finalmente, surgió, como era inevitable, el tema de Gabriel.
—¿Estás emocionada por la boda? —preguntó Megan mientras mordisqueaba una galleta, con aire casual, aunque sus ojos brillaban con una intención más oscura.
—Estoy contenta —respondió Miranda, aunque un leve matiz de duda tiñó su voz. Bajó la mirada hacia su taza, que giraba lentamente entre sus manos.
—¿Y preparada para la vida de casada? —insistió Megan, con fingido interés, observando a su hermana por el rabillo del ojo.
—Creo que sí —contestó Miranda con un suspiro que denotaba incertidumbre.
Megan dejó la galleta en el plato y se recostó de lado, apoyando la cabeza sobre una mano.
—Esta tarde, mientras conversaba con algunas de mis amigas... escuché ciertas cosas sobre el conde de Headfort —dijo con tono casi indiferente, como si hablara del clima.
Miranda levantó la vista de inmediato, tensando la espalda.
—¿Qué clase de cosas?
—No estoy segura de si deba decirte algo así... —murmuró Megan, mirando el techo con una expresión ambigua.
—Por supuesto que debes decírmelo —dijo Miranda, con súbito nerviosismo—. Pasado mañana seré su esposa. Necesito saberlo todo sobre él.
—Está bien... —suspiró Megan, como si hiciera un gran sacrificio—, pero quizás no te agrade lo que oirás.
—Dímelo igual, por favor —rogó Miranda, dejando la taza sobre la mesita.
—Dicen que es un hombre acostumbrado a una vida licenciosa —empezó Megan, bajando la voz y el tono—. Que no conoce la fidelidad, y que jamás podría entregarse por completo a una sola mujer.
Miranda sintió que el corazón le daba un vuelco. Desvió la mirada, insegura.
—La gente suele decir muchas cosas... no todas son ciertas —musitó, aunque su voz temblaba levemente.
Megan se incorporó, acercándose más a ella.
—Es posible. Pero también afirmaron que tiene una amante... y que está profundamente enamorado de ella —dijo en un susurro cargado de veneno.
Una punzada de celos le atravesó el pecho. Miranda sintió un nudo formarse en el estómago, tan intenso que por un momento contuvo el aliento. Aun así, se obligó a conservar la compostura, apretando los labios con fuerza para evitar que sus emociones afloraran.
—Eso no puede ser verdad —musitó, apenas audible, con la mirada fija en el bordado de la colcha.
—Eso mismo respondí —replicó Megan con una sonrisa suave, demasiado medida para parecer auténtica—. Les dije que el conde es un hombre honorable.
El tono de su voz tenía la dulzura envenenada de quien dice una cosa, pero sugiere otra.
—Mejor hablemos de otra cosa —añadió, acomodándose entre las almohadas como si el tema no tuviera mayor importancia.
—Es lo mejor —concedió Miranda, aunque la inquietud ya se había instalado como una piedra en su pecho, pesada e inamovible. Permaneció unos segundos en silencio, jugando nerviosamente con el borde del camisón, hasta que levantó la vista hacia su hermana con ojos grandes y llenos de incertidumbre.
—Megan… tú… ¿sabes lo que ocurre entre un esposo y una esposa en la intimidad?
Megan la miró de soslayo, apenas girando el rostro. Sus labios se curvaron en una sonrisa apenas perceptible, cruel en su sutileza.
>, pensó, deleitándose un instante en su aparente superioridad.
—En el internado, algunas chicas hablaban sobre esas cosas... —dijo finalmente, con voz afectadamente pudorosa—. Pero no es propio de una señorita decente discutirlas.
—Confía en mí —suplicó Miranda, sentándose y juntando las manos con la ansiedad de quien ruega por misericordia—. Por favor, dime lo que escuchaste. Necesito saberlo. No quiero llegar al matrimonio sin entender...
—Está bien… —cedió Megan, suspirando con fingido fastidio—. Te lo diré, pero no digas luego que te he perturbado.
Miranda asintió con un gesto tembloroso, abrazando una almohada contra el pecho.
—Decían que la época del compromiso es la más bella, llena de atenciones y dulzura —empezó Megan con tono pausado, como si relatara un secreto prohibido—. Pero que luego, todo cambia. Que la vida conyugal tiene aspectos bastante… desagradables.
—¿Qué clase de aspectos? —preguntó Miranda en un susurro trémulo.
Megan se acomodó mejor en la cama, deleitándose en el momento.
—Cosas que suceden cuando un hombre y una mujer están solos en la cama. Según contaban, es algo terrible… como si te rompieran por dentro. Hay mucho dolor… incluso sangre.
Miranda palideció al instante. Sus labios temblaron y sus ojos se llenaron de un miedo atávico.
—Oh, Dios mío, Megan... eso no puede ser cierto —susurró, lívida.
—Dicen que las mujeres solo soportan aquello por el deseo de tener hijos —añadió Megan con voz sedosa, como si relatara una tragedia inevitable—. Pero que, una vez logrado, evitan toda intimidad con sus esposos... por lo insoportable que es.
El corazón de Miranda golpeaba con fuerza dentro del pecho. Se recostó sobre la almohada con movimientos lentos, como si sus extremidades pesaran el doble. Su mirada quedó fija en el dosel de su cama, completamente ida.
Megan la observó con disimulo y sonrió para sí.
—¿Ves por qué no quería contártelo? Mírate... te has alterado.
—No me pasa nada —dijo Miranda con voz débil, sin mirarla.
—Mira cómo estás, te has puesto muy pálida —comentó Megan, fingiendo preocupación mientras se inclinaba levemente hacia ella—. De verdad, no debí decir nada.
—Estoy perfectamente —insistió Miranda, llevándose una mano a la frente—. Solo estoy un poco cansada. Me gustaría dormir.
—Está bien, hermanita —murmuró Megan en tono dulce.
Se dio la vuelta lentamente, acomodándose de espaldas a Miranda, y mientras apagaba la lámpara con un suave movimiento, una sonrisa triunfal se dibujó en sus labios. Había logrado lo que quería: sembrar la semilla del miedo y la duda en la mente de su ingenua hermana.