La envidia, el más mezquino de los vicios, se arrastra por el suelo como una serpiente.
Ovidio.
Andrew entró con sigilo en la habitación de Gabriel, quien aún dormía profundamente. Sin miramientos, corrió las cortinas, dejando que la luz del día inundara el aposento, y se sentó con aire satisfecho en un sillón frente a la cama, dispuesto a divertirse a costa de su amigo.
Headfort despertó de súbito, se giró boca abajo y se cubrió la cabeza con una almohada, murmurando maldiciones contra la diligencia de sus criados. Sin embargo, al entreabrir los ojos, descubrió que no se trataba de ninguno de sus sirvientes, sino de su inoportuno y sonriente amigo, quien, para colmo, sostenía en las manos una taza de lo que parecía ser té.
Gruñendo, Gabriel se volvió de espaldas, tomó la almohada que tenía bajo la cabeza y la arrojó con fuerza. Andrew la esquivó con agilidad y soltó una carcajada.
—¿Qué haces aquí? —dijo Gabriel, con voz ronca.
—Mi estimado amigo —replicó Andrew con tono burlón—, siempre me sermoneas por mi vida disoluta, y por comenzar el día cuando el sol ya ha recorrido medio cielo. Así que decidí seguir tu consejo y adoptar hábitos más virtuosos.
—¿Y eso se te ocurrió precisamente hoy? No me hagas reír —respondió Gabriel, sin disimular su escepticismo.
—Jamás es tarde para redimirse. Además, deseaba ser el primero en compartir contigo las novedades del día. Escucha esta joya, es mi favorita:
"El conde más desvergonzado de Inglaterra ha elegido a su condesa. Solo cabe preguntarse... ¿Será por amor?"
—No imaginaba que leyeras panfletos de chismes —murmuró Gabriel, frunciendo el ceño.
—No suelo hacerlo —rió Andrew—, pero los detalles de tu fiesta de compromiso no me los habría perdido ni por todo el oro del mundo. ¿Y bien? ¿Cómo estuvo la velada, mi desvergonzado amigo?
—No sabía que entre tus múltiples virtudes se contaba la de ser una vieja chismosa —replicó Gabriel, con sorna.
—Soy un hombre de recursos.
En ese instante, Marcus, el ayuda de cámara de Gabriel, entró para asistirlo en su rutina matutina.
—¿Será posible que el señor vizconde permita a mi criado realizar su trabajo? —preguntó Headfort, con fingida solemnidad.
—Ni más faltaba, milord. Su chambelán se encargará de que el desayuno esté listo en cuanto descienda al comedor. Así tendrá energías para conversar cuanto desee.
Andrew salió de la habitación con aire jovial.
—¡Marcus, no te quedes ahí parado! Tráeme el batín de inmediato —ordenó Gabriel con impaciencia.
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Treinta minutos más tarde, Gabriel se hallaba presentable. Vestía una chaqueta azul marino de mañana, un chaleco color beige y pantalones marrón oscuro. Al llegar al comedor, encontró a Andrew ya instalado y desayunando con entusiasmo.
Tomó asiento frente a él y comenzó a revisar los periódicos dispuestos sobre la mesa. Como era de esperarse, casi todos hablaban de su inminente boda. Abandonó la lectura al notar la presencia de Marcus, quien acababa de servirle el desayuno.
—Gracias al cielo —murmuró—, la noticia más importante de la noche no ha sido publicada.
—¿Y acaso hay algo más relevante que eso? —inquirió Andrew, señalando los titulares.
—Elisa estaba en la fiesta —dijo Gabriel en voz baja.
—¿Y cómo se enteró del compromiso? —preguntó Andrew, abriendo los ojos con incredulidad.
Gabriel le relató con calma todo lo acontecido la noche anterior.
—Headfort, eres un hombre con suerte, quién lo diría… Una señorita de una de las familias más encumbradas de Londres, convertida en tu amante —comentó Andrew con una sonrisa socarrona—. Quizá deba enfilar mi artillería hacia las debutantes. Tal vez me suceda algo similar.
—Esto no es motivo de chiste, Weymouth. Es un asunto muy serio —replicó Gabriel con severidad.
—Deberías alegrarte. No tendrás que casarte con la feíta. Hablas con el marqués, le confiesas que mantienes relaciones con su hija menor, y asunto resuelto. Aunque, claro, es probable que primero te rete a duelo —añadió Andrew en tono burlón.
—No es tan simple. Como habrás notado, todo Londres sabe ya de mi compromiso. Romperlo ahora causaría un escándalo de proporciones monumentales, y lady Miranda quedaría expuesta al ridículo. Sería objeto de burlas y humillaciones. Esa joven no me ha hecho ningún daño. El problema es con el marqués, no con ella. Sería egoísta… y cruel tratarla de ese modo.
—No se diga más, entonces… cásate con la fea y obtén tu fortuna mientras te diviertes con la preciosura de lady Megan —soltó Andrew con una sonrisa maliciosa.
—Cuida tu lengua, Weymouth —advirtió Gabriel, con tono severo.
—Tranquilo, mi desvergonzado conde —dijo levantando las manos en señal de paz—. No volveré a hablar del maremágnum de pasiones que mantienes con las hermanitas Sutherland.
—A veces me pregunto cómo es que aún te soporto.
—Tal vez porque soy tu mejor amigo.
—Estoy considerando seriamente poner fin a esta amistad… tóxica.
—Imposible —replicó Andrew con suficiencia—. Sin mi toxicidad, tu vida perdería encanto. Sería tan gris como una mañana de invierno sin fuego en la chimenea.
—En ese caso, mi tóxico amigo, se nos hace tarde. Hoy no será un día fácil en la Cámara de los Lores. El conde de Clarendon representa una oposición formidable, pero contamos con el apoyo del duque de Arden. Es nuestra responsabilidad, como nobles, tender la mano a quienes no gozan de nuestras mismas ventajas. Una vía para ello es facilitar el acceso a la educación de las clases humildes.
—Cuentas con mi apoyo, Headfort, aunque muchos opinan que no hay mérito alguno en enseñar a los pobres. Piensan que su destino no cambiará por aprender a leer o escribir.
—Eso demuestra su estrechez de miras. La aristocracia no ha sido capaz de imaginar un mundo más allá de su propio reflejo. Esta sociedad necesita con urgencia una infusión de sangre nueva e ideas frescas.
—En efecto. Estoy impaciente por ver cómo dejas en evidencia a los opositores.
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Miranda se había despertado con el alba. No había conciliado el sueño; su mente, obstinada, no dejaba de revolverse en torno a Gabriel. Él estaba presente en cada rincón de sus pensamientos, como un perfume persistente que se niega a desvanecerse.
Tan absorta estaba en sus cavilaciones que no notó la llegada de su padre al comedor.
—Buenos días, hija —saludó el marqués, inclinándose para besarla con ternura en la frente, mientras le ofrecía el brazo para acompañarla a la mesa del desayuno.
—Buenos días, padre —respondió Miranda con una sonrisa suave, sentándose con elegancia junto a él.
—Al parecer hoy desayunaremos solos, querida —comentó mientras vertía el té en su taza—. Tu madre y tu hermana aún no han despertado.
—Mejor así —respondió ella, bajando un poco la voz y apartando la mirada con cierta inquietud—. En realidad, me gustaría hablar contigo a solas.
El marqués dejó la tetera a un lado y entrelazó los dedos sobre la mesa, observándola con atención.
—Te escucho, hija mía.
—He escrito a tía Martha para informarle de mi compromiso —dijo Miranda con aplomo, aunque sus manos se crispaban ligeramente sobre la servilleta—. Su ayuda nos será de gran utilidad, tanto a la casamentera como a mí. Deseo asegurarme de que todos los preparativos marchen sin contratiempos.
—¿Acaso tu madre se ha negado a colaborar? —preguntó él con una ceja alzada, percibiendo la tensión en su voz.
—No, padre —respondió, negando suavemente con la cabeza—. Pero preferiría que ella se encargue únicamente de las invitaciones. En cuanto al resto, me gustaría organizarlo a mi manera. Tenemos perspectivas muy distintas sobre lo que significa una boda.
El marqués soltó una breve risa nasal, ladeando una sonrisa mientras tomaba un sorbo de su té.
—Por mí no hay objeción alguna. Me agradará tener a Martha en casa durante una temporada. Al menos alguien sensato rondará estos pasillos.
—Gracias —dijo Miranda con los ojos brillantes—. No sé cómo agradecerte todo lo que haces por mí.
Él le tomó la mano por encima de la mesa y la sostuvo con calidez.
—Miranda, lo único que me importa en esta vida es verte feliz.
Después del desayuno, el marqués se retiró a su estudio. Se encontraba revisando unos documentos cuando escuchó el firme y decidido golpeteo de unos tacones en el pasillo. La puerta se abrió sin previo aviso.
—Johan, lamento interrumpirte, pero es necesario que hablemos de un asunto de suma importancia —anunció la marquesa, con el rostro tenso y los labios apretados.
El marqués alzó la vista apenas un segundo, sin detener su escritura.
—Dorothy, estoy ocupado. No tengo tiempo para disputas domésticas —dijo con fastidio, sin apartar la pluma del papel.
—No se trata de un problema doméstico —replicó ella con frialdad, cerrando la puerta tras de sí con deliberación—. Es un asunto que atañe al futuro de nuestra hija: te pido que reconsideres el compromiso de Miranda con el conde.
Él alzó la mirada lentamente, con gesto incrédulo.
—Creo que la última vez que hablamos de este tema dejé clara mi postura. Ya conoces mi opinión.
—Lo sé —admitió ella, cruzando los brazos con rigidez—, pero como madre es mi deber hacerte ver que Miranda no está preparada para asumir una responsabilidad tan grande como convertirse en condesa de Headfort.
—Miranda es perfectamente capaz de hacerlo —afirmó, dejando la pluma a un lado y reclinándose en el respaldo del sillón.
—¿También crees que será capaz de soportar una vida marcada por las infidelidades y excesos de su futuro esposo? —preguntó, inclinándose hacia él con intensidad—. ¿Crees que podrá soportar la humillación?
El marqués entrecerró los ojos, escudriñando el rostro de su esposa.
—¿A dónde quieres llegar con esto?
—Tú lo que buscas es una alianza con una de las familias más poderosas de Inglaterra —declaró con voz tensa—. Pero Megan es quien realmente está preparada para ese mundo. Es carismática, bella y tiene la inteligencia para conquistar al conde y encaminarlo.
Johan se levantó lentamente del sillón, con las manos apoyadas sobre el escritorio. Su mirada era gélida, su voz un susurro cargado de furia contenida.
—Dorothy… no entiendo cómo he podido soportarte tantos años. Peor aún, no comprendo cómo llegué a casarme con una mujer tan egoísta. Y no me perdono haber permitido que llenaras a Megan con tu veneno. Aunque eso, lamentablemente, ya no puedo remediarlo.
La marquesa retrocedió un paso, herida en su orgullo.
—Me estás ofendiendo, Johan.
—La ofensa la cometes tú —dijo él con voz grave— al pedirme que exponga a mi hija al escarnio público, anulando un compromiso para favorecer a tu favorita. Nunca has sabido apreciar a Miranda, ni ver el enorme potencial que posee. Con su dulzura y nobleza podría conquistar al mundo —añadió, alzando la voz—. Escúchame bien: Miranda se casará, y esa es mi última palabra.
Dorothy lo fulminó con la mirada. Su rostro estaba rígido, y la mandíbula apretada por la rabia.
—Espero que no llegues a lamentar la decisión que has tomado —dijo con voz helada, antes de girarse con brusquedad y salir del estudio dando un portazo que retumbó en toda la casa.
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Megan paseaba de un lado a otro en su habitación, los tacones resonando con impaciencia sobre el suelo de madera pulida. Sus manos se movían nerviosas, jugueteando con un colgante que pendía de su cuello mientras lanzaba miradas frecuentes hacia la puerta. Al escucharla abrirse de golpe, se detuvo en seco.
—¿Madre? ¿Qué ha ocurrido? —preguntó, con una mezcla de expectativa y tensión en la voz.
Dorothy irrumpió en la estancia visiblemente contrariada. Su rostro, pálido de rabia, contrastaba con el elegante vestido de brocado que llevaba. Sin siquiera responder de inmediato, dejó caer el abanico sobre la mesa con un gesto cargado de frustración.
—Lo que ya sabíamos —dijo al fin, con un suspiro entrecortado—. Se ha negado rotundamente a considerar la anulación del compromiso.
Megan apretó los labios en una línea fina. Dio un par de pasos hacia la ventana, y luego se volvió con brusquedad, los brazos cruzados sobre el pecho.
—No debería sorprenderme que no lograras nada con él —espetó con amargura, fulminando con la mirada el dosel de su cama, como si allí se escondiera la solución.
—Lo siento, cariño —murmuró Dorothy, intentando moderar el tono, aunque su frustración era evidente—. Pero no hay nada que lo haga desistir. Está decidido.
Megan frunció el ceño, pero en lugar de responder de inmediato, caminó lentamente hasta el tocador. Se sentó con elegancia forzada, clavando la mirada en su reflejo con una expresión calculadora.
—He estado pensando, madre… —comenzó, mientras alisaba con lentitud un mechón suelto de su cabello— y creo que hay una posibilidad.
Dorothy la observó desde el centro de la habitación, con los brazos en jarra y una ceja alzada con escepticismo.
—No creo que exista algo capaz de doblegar la voluntad de ese viejo gruñón.
Megan se giró entonces, dejando ver una sonrisa ladeada cargada de intención. Sus ojos brillaban con una mezcla de ingenio y veneno.
—Sí lo hay. O mejor dicho, alguien. Y esa persona es mi querida hermanita...
La marquesa frunció el ceño, aunque no del todo sorprendida.
—Miranda está feliz con la boda —repuso, acercándose un paso—. Y no es tan tonta como para rechazar a un conde.
—Con un poco de persuasión… lo hará —aseguró Megan, levantándose con calma, como si cada palabra fuera parte de una obra cuidadosamente ensayada—. Créeme, madre, lo hará yo me encargaré de eso.
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Los días pasaron.
Miranda y Danielle estaban en el salón azul, rodeadas de listas interminables, retazos de encaje, telas de seda y muestras de flores. A pesar de la emoción, los nervios comenzaban a apoderarse de Miranda; faltaba poco para el día más importante de su vida. La compañía de su amiga, sin embargo, le brindaba una calma invaluable.
Estaban tomando el té cuando el mayordomo apareció en la entrada.
—Milady, ha llegado lady Martha Thompson.
Lady Martha, viuda del barón de Linton y hermana de la marquesa de Hutchinson, entró en la estancia con la gracia y elegancia que siempre la caracterizaban. Vestía un traje de tarde color verde oscuro que realzaba el fulgor esmeralda de sus ojos y delineaba su figura esbelta. Solo unas hebras plateadas en su cabello cobrizo delataban el paso de los años. Aun así, seguía siendo una mujer encantadora.
Miranda se levantó de inmediato y corrió a abrazarla, emocionada.
—¡Bienvenida a casa, tía! —exclamó con una sonrisa radiante—. Me alegra tanto que estés de vuelta.
Su madre jamás la había tratado con la calidez que sí hallaba en su tía. Martha era la persona más compasiva y amorosa que conocía.
—Yo también me alegro de haber regresado, cariño. Y créeme, no me perdería tu boda por todo el oro del mundo.
—Tía, no sabes cuánto te he extrañado.
—Y yo a ti, mi pequeña —dijo Martha, envolviéndola de nuevo en un abrazo cálido—. Danielle, querida, discúlpame por no saludarte antes.
—Milady, es una dicha tenerla aquí —respondió Danielle con dulzura, besándole la mejilla.
—¿Dónde están Dorothy y Megan? —preguntó Martha mientras se acomodaba en un sillón.
—No están en casa, han salido de visita. No deben tardar en regresar.
—¿Y tu padre? ¿Trabajando como siempre?
—Sí, ya lo conoces. Encerrado en su estudio desde temprano.
—Entonces vamos a ver a ese viejo cascarrabias.
Miranda se despidió de Danielle con una sonrisa cálida y condujo a su tía por el pasillo principal hasta el despacho. El aroma a cuero viejo y tinta fresca impregnaba el aire, y el sonido tenue de la pluma contra el papel les indicó que el marqués seguía enfrascado en su correspondencia.
—¿Nunca te cansas de trabajar, Hutchinson? —bromeó Martha desde el umbral, cruzando los brazos con elegancia mientras una ceja se alzaba en un gesto burlón.
El marqués levantó la vista y, al verla, su rostro se iluminó con genuina alegría.
—¡Martha, querida! —exclamó, dejando a un lado la pluma y poniéndose en pie de inmediato—. Qué gusto tenerte de nuevo en casa —añadió, rodeándola con un abrazo cálido y prolongado.
—He venido a desordenarles la vida, como siempre —replicó ella con una risa traviesa, palmeándole la espalda con afecto.
—Y yo encantado —dijo Johan, soltándola con una carcajada baja—. Aunque lo disfruto mucho más cuando se la desordenas a la cacatúa de tu hermana.
Martha se echó a reír, llevándose una mano al pecho mientras sus ojos centelleaban de picardía.
—Eres terrible, Johan —murmuró entre risas, lanzándole una mirada cómplice por encima del hombro.
En ese momento, el sonido de pasos firmes interrumpió la escena. La marquesa de Hutchinson apareció en la puerta, con el mentón ligeramente alzado y una expresión de hielo que podría congelar el té de media tarde.
—¿Qué estás haciendo aquí, Martha? —preguntó con frialdad, entrecerrando los ojos.
Martha se volvió lentamente, con la sonrisa aun curvando sus labios, aunque ahora teñida de veneno refinado.
—Es agradable ver que ciertas cosas nunca cambian —respondió, clavando la mirada en su hermana con una sonrisa maliciosa que no se molestó en disimular.
Dorothy entrecerró los ojos, posando una mano sobre el marco de la puerta con teatral indignación.
—No se me informó de tu visita, querida —dijo, cargando la palabra querida con toda la falsedad que pudo reunir—. Es evidente que mi opinión no cuenta para nada en esta casa.
Martha se acercó un paso, y le ofreció una sonrisa perfectamente ensayada, tan afilada como una daga envuelta en terciopelo.
—Yo también estoy encantada de verte, Dorothy —dijo, con una voz melosa que apenas ocultaba la sarcástica tensión entre ambas—. Como siempre, tu calidez es… inolvidable.
—Me agrada tu visita, Martha. Lo que me molesta es que no se me informe de las cosas —añadió la marquesa con altivez, levantando la barbilla con desdén.
—Es que a esta cacatúa todo le molesta —interrumpió Johan, arqueando las cejas con una expresión burlona.
Miranda apenas podía contener la risa ante la batalla verbal que se libraba entre sus padres y su tía. La mirada que su madre le lanzó al marqués bastaría para hacer temblar al más valiente: furiosa y fulminante. Ella nunca toleraba bien que su autoridad fuese cuestionada, y mucho menos por su hermana.
—Johan, estás tirando demasiado de la cuerda —replicó Dorothy, con la voz tensa por la ira contenida.
Consciente de que estaba a punto de estallar una nueva tormenta, Miranda optó por retirarse discretamente. Dejó el estudio y caminó hasta el salón azul. Necesitaba algo de paz, y nada la calmaba más que el piano.
Se sentó frente al instrumento, acomodó con delicadeza unas partituras sobre el atril y respiró hondo antes de comenzar a tocar. Sus dedos se deslizaron con suavidad sobre las teclas, interpretando una versión sencilla pero conmovedora del Air de Johann Sebastian Bach. Era una melodía que siempre lograba serenarla, perfecta para aquel momento en que su mundo entero parecía pender de un hilo. Su rostro reflejaba concentración, y cada nota parecía arrancada del fondo de su alma.
—Tocas muy bien, mi querida hermanita.
La voz la sorprendió como un jarro de agua fría. Se detuvo bruscamente y giró el rostro por encima del hombro, con los dedos aún suspendidos sobre las teclas. Megan estaba de pie junto a la puerta, vestida con un elegante vestido de tarde, y lucía una sonrisa inusualmente amable.
Miranda frunció ligeramente el ceño y respiró hondo, preparándose para una nueva ronda de ironías.
—¿Necesitabas algo? —preguntó en voz baja, con una mezcla de recelo y cansancio.
—No, solo disfrutaba de la dulce melodía. Ignoraba tu gran talento —dijo Megan, acercándose con pasos ligeros, como si no quisiera romper la calma del salón. Se sentó a su lado en el banco del piano y cruzó las manos sobre el regazo con estudiada dulzura.
Miranda alzó una ceja, desconfiada.
—Gracias… ¿Estás enferma?
—¿Por qué lo preguntas? —respondió Megan con una risa suave, aunque algo tensa.
—Porque es extraño que me hagas un cumplido —replicó Miranda, mirándola de reojo.
Megan desvió la mirada por un segundo, como si le doliera lo que acababa de oír. Luego, volvió a mirarla, con ojos brillantes y una expresión casi vulnerable.
—Eres mi hermana, Miranda. Te quiero, aunque no lo creas —dijo con voz queda, como si le costara admitirlo.
Miranda la observó en silencio, sus ojos escudriñando cada rasgo, cada inflexión, cada matiz. Su hermana jamás se había mostrado así de… humana.
—¿De verdad estás bien? —insistió con cautela, aún con la guardia alta.
Megan asintió lentamente.
—Sí. Estar lejos de casa me hizo reflexionar. He vuelto para quedarme y quiero que nos llevemos bien. Que seamos esas hermanas unidas que nunca fuimos.
Miranda entrecerró los ojos y bajó la vista hacia sus manos sobre las teclas.
—No estoy para tus juegos, Megan —advirtió, en un tono más firme del que esperaba usar.
—No es un juego —replicó ella con voz serena—. Sé que no me he portado bien contigo, y quiero que me perdones. Deseo que comencemos de cero.
Las palabras la tomaron por sorpresa. Tocaron una fibra sensible que Miranda creía endurecida. Su rostro se suavizó, y el silencio se extendió entre ambas por unos segundos.
—Megan… no sabes cuánto me alegra oír eso —susurró al fin—. A pesar de nuestras diferencias, yo te quiero mucho.
—Y yo a ti, hermanita —dijo Megan, inclinándose hacia ella con ternura fingida—. Quiero ayudarte en todo lo que necesites, darte consejos… como debe hacerlo una buena hermana.
Miranda sonrió con los ojos humedecidos. Se volvió hacia ella y la abrazó, cerrando los ojos con fuerza, aferrándose al calor que creía sincero.
—Gracias, Megan. Es el mejor regalo que podías darme.
Megan le acarició el cabello con gesto pausado, pero sus ojos, por encima del hombro de su hermana, brillaban con un destello oscuro.
Poco después, abandonó el salón con paso tranquilo. Una vez fuera del alcance de Miranda, su expresión se transformó. Sus labios se curvaron en una sonrisa triunfal, y sus ojos destilaban una mezcla de satisfacción y crueldad contenida.
Caminó por los pasillos con la seguridad de quien acaba de ejecutar un movimiento maestro.
La tonta había caído en la red… y no tenía idea de lo que se avecinaba.