"Es fácil esquivar la lanza, mas no el puñal oculto."
Proverbio chino.
—Es un placer conocerla, lady Megan —dijo Gabriel con tono grave y ceremonioso.
—Le agradezco, milord —musitó Megan, evitando su mirada.
Con una sonrisa cargada de malicia, Megan recorrió lentamente con la vista a Miranda. Luego se acercó a ella y la besó en la mejilla.
—Querida hermana... No estoy segura de si debería perdonarte por no invitarme a tu fiesta de compromiso —comentó con evidente ironía.
—Te recuerdo que has estado ausente por largo tiempo —replicó Miranda con serenidad.
—Una carta, quizá, habría sido suficiente. ¿No lo crees, hermanita? —insistió Megan, buscando provocar.
—La última vez que te envié una carta, fue devuelta sin abrir.
—Siento que mi presencia te incomoda, Miranda. ¿No te agrada que haya venido? No olvides que esta también es mi casa.
—Megan, por favor, no empieces. Te prohíbo amargarle la velada a tu hermana —intervino el marqués, visiblemente irritado.
Gabriel, percibiendo el creciente malestar, consideró prudente apartar a Miranda antes de que Elisa —o Megan, como parecía llamarse en realidad— cometiera alguna imprudencia.
—¿Me concedería este baile, lady Miranda?
El rostro de ella se iluminó con una expresión de dicha.
—Será un placer, milord.
Radiante, Miranda permitió que Gabriel la condujera con elegancia hacia la pista de baile. Su corazón latía con fuerza, pero su sonrisa permanecía serena, casi etérea. A su alrededor, las luces de los candelabros titilaban como estrellas atrapadas en cristales, y las notas del vals flotaban en el aire como un susurro romántico.
Gabriel, sin embargo, apenas notó su alegría. Su mirada se había desviado hacia la puerta por la que Megan —o mejor dicho, Elisa— acababa de desaparecer. Una punzada de conflicto le cruzó el pecho, pero enseguida la enterró bajo una capa de compostura. Se volvió hacia Miranda con una sonrisa leve, casi mecánica, y colocó una mano en la pequeña de su espalda.
El vals comenzó, y sus cuerpos se movieron con armonía inesperada. Miranda flotaba a su lado, liviana y elegante, dejándose guiar con naturalidad. Headfort, acostumbrado a las debutantes que pisaban más que bailaban, quedó gratamente sorprendido. Aquel vals no era simplemente una danza, sino una conversación muda, y ella respondía a cada paso con una intuición encantadora.
—Baila usted muy bien —comentó él, con amabilidad y cierta sorpresa.
—Y usted también es un excelente bailarín —respondió Miranda, logrando que su voz sonara tranquila, pese a que por dentro gritaba como una colegiala emocionada.
Le asombraba el autocontrol que había logrado en su presencia. Apenas podía creer que estuviera bailando con el conde de Headfort, el hombre al que tantas soñaban ver a su lado.
—Deseo disculparme por... la pequeña disputa con mi hermana —murmuró tras unos instantes, bajando la mirada con un leve rubor.
—No hay razón para hacerlo —respondió Gabriel con una voz grave, suave, que rozaba lo afectuoso—. ¿Qué le parece si olvidamos ese incidente?
—De acuerdo —susurró Miranda, sintiendo cómo la calidez de sus palabras le envolvía el pecho.
Aprovechó un breve giro para observarlo con disimulo. El perfil de Gabriel, esculpido y sereno, parecía tallado por manos divinas. Se preguntó cómo sería sentir esos labios bien formados contra los suyos. Su mirada bajó por su cuello, por la línea firme de su mandíbula. Era alto, de hombros amplios, y había una fuerza contenida en él que le resultaba tan intimidante como fascinante. Bajo su mano, sentía el calor de su cuerpo, el ritmo pausado y poderoso de su respiración. Y ese aroma… sutil, masculino, con notas de sándalo y cuero, le embriagaba como un secreto antiguo.
Sin duda, pensó Miranda, ésta era la mejor noche de su vida.
Gabriel, por su parte, no alcanzaba a comprender cómo dos mujeres tan diferentes podían ser hermanas. Megan —o Elisa— era bella, decidida, con una energía arrolladora. Miranda, en cambio, era tímida y delicada, casi como un témpano de hielo.
Cuando la música llegó a su fin, Gabriel acompañó a Miranda hasta el borde de la pista y se excusó con cortesía, alegando que debía saludar a unos conocidos. Cruzó el salón en dirección al jardín, donde había visto salir a Megan.
Megan por su parte sabía que él iría a buscarla. Lo había notado seguirla con la mirada.
Gabriel la halló sentada en un banco apartado, a cierta distancia de la casa.
—¿Por qué no me dijiste que eras hija de Hutchinson? —inquirió con evidente enfado.
—No consideré relevante revelar esa parte de mi pasado —respondió con calma.
—Interesante... ¿Pensabas contármelo algún día?
—Por supuesto que sí, Gabriel. Estaba esperando salir de ese internado miserable, que no era más que la prisión donde mi padre decidió encerrarme.
—No me vengas con farsas, Elisa... Megan... o como sea que te llames. Salías de ese maldito lugar cuando te venía en gana. Si no me falla la memoria, frecuentabas mi cama más de lo que una joven decente debería.
—Me arriesgaba por ti, Gabriel. Pero ya basta de reproches. Tú también me ocultaste que pensabas desposar a la mojigata de mi hermana.
—No la llames así —su voz fue más áspera de lo que pretendía.
Megan lo miró, sorprendida por su severidad.
—¿No me digas que te agrada la santurrona?
—Por supuesto que no. Pero tampoco tolero que hables así de ella. Miranda no tiene culpa de nada, es una víctima de las circunstancias, igual que tú... igual que yo.
—¿Y qué soy yo entonces? ¿Un pasatiempo? —espetó furiosa.
—Esa misma pregunta podría hacértela yo a ti —replicó con tono encendido.
—Tú no puedes casarte con Miranda —dijo ella con los ojos fulgurantes de ira.
—Megan, si me hubieras dicho que eras hija de Hutchinson, habría movido cielo y tierra para obtener tu mano. Pero ahora es tarde. Nuestro compromiso fue anunciado esta noche. He dado mi palabra.
—Gabriel, no puedes hacerme esto.
—Hay muchas cosas en juego. Si rompo este compromiso, tu padre me destruirá. Mi madre no lo soportaría... y ella, en este momento, es lo más importante para mí. Además, no puedo arruinarle la reputación a tu hermana. Sería su ruina social.
—Esa idiota con aires de santa es lo que menos me importa —gritó Megan.
—¡Basta! Tranquilízate. Todo esto no durará mucho tiempo. Después... después podremos estar juntos. Pero ahora debo casarme con ella.
—No sé si podré soportarlo.
—Tendrás que hacerlo. Por el momento, debemos mantener las distancias. No podemos correr el riesgo de que alguien nos descubra.
—Gabriel, me muero por estar contigo.
—Megan... no lo hagas más difícil.
—¿Qué pretendes? ¿Qué envejezca esperando por algo incierto?
—Necesito tiempo. Dos meses. ¿Puedes esperarme?
—No lo sé... es demasiado para mí.
—Es lo único que puedo ofrecerte ahora.
Megan se acercó con intención de besarlo, pero Gabriel se apartó de inmediato al ver a Dorothy, la marquesa, acercarse desde la casa.
—Mi dulce niña, has llegado justo a tiempo —exclamó la marquesa, recibiendo a su hija con un abrazo tan efusivo como teatral. Sus labios pintados esbozaban una sonrisa, pero sus ojos eran calculadores.
—Madre, por favor, no me avergüences —protestó Megan en voz baja, entrecerrando los ojos con fastidio.
—¿Acaso es un crimen emocionarse al ver a mi pequeña después de tanto tiempo?
—Si me disculpa, debo retirarme. Estoy seguro de que tienen mucho de qué hablar —intervino Gabriel con una reverencia impecable. Su tono fue cortés, pero no logró ocultar del todo cierta incomodidad. Sin esperar respuesta, giró sobre sus talones y se alejó hacia la mansión.
—Querida, no has perdido el tiempo con el conde —susurró Dorothy con picardía, observando a su hija con orgullo mal disimulado.
—Solo estábamos conversando, madre —respondió Megan, disimulando su molestia tras una sonrisa de compromiso.
—No te reprocho nada, cariño. Al contrario, me complace que hayas regresado con tan buen sentido del momento. Y no estaría nada mal que el conde posara su mirada en ti... en lugar de en esa tontuela de tu hermana.
Los ojos de Megan brillaron con furia contenida.
—Estoy furiosa con padre. Yo estoy en la flor de la juventud, en edad casadera. Miranda ha tenido ya cinco temporadas y jamás consiguió atraer a nadie. Por derecho, ese compromiso me corresponde a mí.
—Intenté hacerle entrar en razón, hija mía... Pero ya sabes cómo es tu padre cuando se trata de Miranda.
—Por supuesto que lo sé. Es su niña mimada. Nunca le niega nada. Es como si yo no existiera.
Dorothy le acarició el rostro, como si pudiera consolarla, aunque su toque tenía más de ambición que de ternura.
—No te desanimes, Megan. Eres hermosa, tienes gracia, y no te será difícil hallar un marido con título. Quizá incluso un duque, con algo de suerte.
—No quiero un duque, madre. No me interesa un título vacío. Quiero a Gabriel. Tienes que ayudarme a convencer a padre de que anule ese compromiso absurdo.
Dorothy entrecerró los ojos, calculando. No era una mujer sentimental; lo que la movía era el poder, la posición... y la posibilidad de doblegar la voluntad del marqués.
—No será tarea fácil... pero por supuesto que te ayudaré, querida. Las cosas no están dichas aún.
Megan no necesitó más. Su decisión estaba tomada, y hervía por dentro con una mezcla de rabia, humillación y obstinación. Su hermana no se casaría con Gabriel. Él era suyo. Siempre lo había sido.
Miranda, con su aire tímido y su moral de convento, no era más que una sombra sin chispa. Insulsa, sin el menor atractivo, ni el carácter necesario para despertar deseo. ¿Qué hombre, habiendo probado la pasión de Megan, podría siquiera considerar a Miranda como esposa? Solo de imaginarlo, le hervía la sangre. Se morirían de aburrimiento en su cama, pensó con veneno, apretando los puños tras su falda bordada.
No importa cuántos obstáculos haya, se juró Megan. Gabriel será mío. Cueste lo que cueste.
✨✨✨✨✨✨
Mientras tanto, Miranda recorría el salón con la mirada inquieta, esquivando conversaciones y abanicos, hasta que por fin divisó a Danielle junto a la mesa de refrigerios.
—¡Danielle, al fin te encuentro! —exclamó aliviada.
—Estaba refrescándome con un poco de limonada —respondió su amiga con una sonrisa—. Pero ya he terminado. Ven, vamos afuera. Tienes que contarme todo sobre tu baile con el conde. ¡Te vi!
Salieron a la terraza, donde el aire fresco del jardín les ofrecía un respiro del bullicio y, sobre todo, algo de intimidad. El murmullo de la música llegaba amortiguado, y las luces de aceite titilaban como luciérnagas.
—Fue... maravilloso —dijo Miranda, con un brillo suave en los ojos—. Aunque ya sabes cómo me pongo. Estaba tan nerviosa que apenas logramos intercambiar palabras coherentes.
—¡Por el amor del cielo, Miranda! Esta noche fuiste la envidia de todas las mujeres presentes. Te juro que disfruté cada mirada celosa. Si hubieras visto los gestos de algunas, ¡parecía que les hubieran servido vinagre en vez de vino!
—No todo fue perfecto —confesó con un suspiro, bajando la mirada—. Megan ha regresado.
Danielle se quedó en silencio unos segundos, como si intentara digerir la noticia.
—¿Esa arpía? ¿Cómo es posible? ¿No debía volver dentro de un mes?
—Estoy convencida de que madre intervino. Y no ha vuelto por nostalgia ni por amor familiar. Ha regresado con una sola intención: arruinarlo todo. Lo vi en su expresión, en la forma en que me observó... con esa sonrisa gélida que sólo usa cuando planea algo.
—No puedes dejar que te afecte —respondió Danielle con firmeza, tomándole la mano—. Está rabiosa porque tú serás la futura condesa de Headfort. Siempre creyó que el mundo le debía cada cosa que deseaba. Y ahora, para superarte, necesitará casarse con un duque.
—El único duque disponible ya pasó de los setenta años —acotó Miranda con una mueca irónica.
—Esa manipuladora sería capaz de casarse con él solo por el placer de sentirse por encima de ti —soltó Danielle, indignada.
—No creo que llegue tan lejos...
—Miranda, sabes tan bien como yo que con Megan no existen límites. Pero no te preocupes. Solo tienes que resistir un mes.
—Un mes con Megan es como mil años en el purgatorio —murmuró, dejando escapar una risa amarga.
—Estaremos tan atareadas con los preparativos de tu boda que ni siquiera notarás su presencia. Tendrás una excusa perfecta para evitarla.
—Eso espero... —dijo Miranda, con el ánimo algo más aliviado.
—Y algo más: habla con tu padre. Asegúrate de que la marquesa no meta sus narices en la organización. De lo contrario, te casarán con el uniforme de las cocineras de la mansión.
—¡Danielle! —rió Miranda—. Tienes cada idea…
—Lo digo en serio. ¿O acaso no viste el vestido que llevas esta noche?
—Mañana hablaré con mi padre. Y ya he escrito a mi tía Martha. Está encantada de encargarse de todo. Confío en ella más que en nadie.
Mientras compartían confidencias en uno de los rincones más sombríos de la terraza, su conversación fue interrumpida, sin que ellas lo supieran, por la llegada de tres jóvenes que irrumpieron en el lugar. Como no advirtieron su presencia en la penumbra, comenzaron a murmurar con total desparpajo.
—Qué gusto más espantoso tiene lady Miranda —dijo una, señalando con desdén—. Ese vestido amarillo parece sacado del baúl de una institutriz jubilada.
—¿En qué mercaducho de pueblo habrá comprado semejante trapo? —añadió otra, con una carcajada burlona que contagió a las demás.
—No parece la hija de un marqués, sino la del barrendero del puerto —remató la tercera, con veneno en la voz y el alma.
—En cambio, lady Megan es encantadora en todos los aspectos —dijo una, con voz cargada de admiración fingida.
—¿Viste el vestido que llevaba? De un azul profundo, bordado en pedrería fina. Y esas joyas... brillaban como estrellas. A su lado, lady Miranda parece una sombra desvaída.
Las risas se perdieron en el aire nocturno, mientras las tres muchachas se alejaban despreocupadas, de vuelta al salón.
Miranda se quedó inmóvil, con la espalda recta, pero los ojos empañados. Danielle, a su lado, apretó los labios con furia contenida.
—No les hagas caso, Miranda. No hay ni una palabra cierta en lo que dijeron.
—Sí lo es... y tú lo sabes —susurró ella, intentando contener las lágrimas que amenazaban con delatarla.
—No es cierto —insistió Danielle, girándose hacia ella—. Puede que tu hermana sea hermosa, pero es superficial, fría y egoísta. Tú eres noble, leal, bondadosa. Eso vale más que cualquier vestido o sonrisa fingida.
—Pero eso no es lo que los caballeros buscan. No quieren dulzura ni nobleza. Quieren belleza, encanto... una mujer que luzca bien a su lado. Para el conde de Headfort, no soy más que una dote andante.
—Los matrimonios en nuestra sociedad rara vez comienzan por amor.
—Justamente por eso me duele tanto. Siempre soñé con algo distinto. Casarme por amor... no solo por deber.
—¿Es que no quieres casarte con el conde?
—Es lo que más deseo —respondió Miranda con los ojos encendidos—. Pero quisiera que al menos... al menos sintiera algo por mí.
Danielle tomó su mano con fuerza.
—Eso puede venir con el tiempo —dijo Danielle con suavidad—. Una prima mía se casó sin conocer realmente a su esposo. Fue un matrimonio arreglado, como tantos otros, y al principio todo fue difícil. Apenas se hablaban. Pero con los años, el cariño fue creciendo entre ellos… y ahora no pueden pasar un día separados. El amor puede surgir, Miranda, incluso donde menos lo esperas.
Hizo una pausa, mirándola con ternura. Tú eres fuerte. Siempre lo has sido. Nunca te has rendido antes, y no vas a empezar ahora.
—Tienes razón —asintió, respirando hondo—. No puedo darme por vencida sin luchar. Haré todo lo que esté a mi alcance para ganarme el corazón del conde.
—Así se habla, amiga mía. Las oportunidades que la vida nos da, hay que aprovecharlas con valentía.