Capítulo uno: La fantasma del piano
La puerta del camerino se cierra y finalmente estoy sola. Hay más personas aquí, pero no importa, hacen su trabajo en silencio. Es lo más cerca que puedo estar a una soledad relajante. Lo había estado anhelando. En un espacio entre mi espalda baja y el respaldar de la silla de ruedas, oculto por los pliegues de mi vestido, he pasado desapercibida una copia de “El fantasma de la ópera”. No parece la lectura que escogería una chica como yo. La he escogido por necesidad. Para sentirme fuerte, alimentar mi fantasía.
Pero no puedo leer ahora. Primero tengo que soportar la tortura del maquillaje y el peinado. Sólo cierro los ojos y dejo que hagan lo que quieran conmigo. El tacto del libro en mi espalda me reconforta mientras la maquillista y la estilista hacen lo que pueden conmigo. La maquillista analiza el tono de mi piel. Demasiado blanco, no hay muchos colores de la paleta de sombras que me favorezcan. Necesita pensar en su estrategia, o simplemente desapareceré bajo la potente luz del escenario.
Siempre es una maquillista diferente, en cada teatro. Siempre tienen que resolver el mismo dilema, cada uno con su propia respuesta.
Los problemas de los maquillistas no son nada en comparación al de los estilistas. No hay ninguna estrategia posible para ellos, sólo una batalla de fuerza bruta en la que yo soy el campo que terminará devastado. Mi madre (por asesoría de un mánager de imagen) insiste en que use el cabello rubio largo, con algunos tirabuzones, aunque sea tan rebelde y frágil que se desgarra con cada cepillada inmisericorde por ponerlo en su lugar. Me divierte la idea de que algún día me terminaré quedando calva, y entonces ¿Qué harán conmigo?
¿Siquiera importará?
Una estilista, un día, salió a donde creyó que no podría escucharla y se quejó de que mi cabello parecía el de una muerta. Recuerdo que me hizo llorar, y le hice más difícil el trabajo a la maquillista.
Era más débil en aquel momento, supongo. Ahora lo entiendo perfectamente. El cabello de una muerta. Eso es bastante acertado.
La estilista comienza jugando con mi cabello, usando los dedos de sus manos.
- Tienes un cabello muy bonito – me dice, los mismos halagos de siempre – es como del color del champán.
“Yo lo llamaría más bien un rubio muerto” pensé.
La estilista revisa entre sus productos. No tengo fe en que ninguno de ellos vaya a ser de mucha ayuda. Sin embargo, toma uno que me toma por sorpresa.
- ¿Perfume?
- Es un aceite perfumado. Es una tradición de medio oriente. Se dice que es un símbolo de autoridad, de capacitación para hacer algo importante – dice, mientras se coloca el producto en la mano – tranquila, no contiene alcohol como para hacerle daño a tu cabello. Sólo quiero darle algo de amor.
- Está bien – me limito a decir, algo cortante.
- También quiero darte algo de amor a ti – me dice, sonriendo, y dándome un ligero beso en la mejilla.
Ya veo. Es nueva. Aún no entiende la dinámica. Esto no se trata de amor. Se trata de i*******a. Ellos se emocionan, aplauden con todas sus fuerzas. Sería demasiado triste confundirlo con amor. Con la i*******a, quien más sufre es el ídolo.
Aplica el producto. Es sorprendentemente gentil con sus manos, y más aún con su cepillo.
- ¿Puedo verlo? – Le pregunto –
Me lo entrega con una sonrisa, y lo analizo entre mis manos. Mis dedos son tan flacos.
No es el típico cepillo que usan los estilistas, todo chillón y de apariencia futurista y neón. Es de color marfil, con una decoración femenina y cerdas delicadas. Es viejo, desgastado, pero tiene una cierta aura al respecto.
- ¿Perteneció a tu madre? – le pregunto, un insulto disfrazado bajo capas y capas de ironía.
- Algo así – me dice, mientras me guiña un ojo, como si fuera algo de lo que estar orgullosa – ¿Quieres escuchar algo de música mientras continuamos?
En una grabadora pone algo de música de una banda de chicos K-Pop. Es lo que las chicas de moda escuchan hoy en día.
Yo no soy una de esas chicas.
Mi respuesta, cerrar los ojos. He aprendido a cerrar los ojos y hacer que el resto del mundo desaparezca.
Cuando vuelvo a abrir mis ojos, ya han terminado conmigo, la puerta del camerino vuelve a cerrarse, y esta vez me he quedado sola. Tengo entre unos quince a diecisiete minutos para mí sola, para leer esta novela. La mayoría no creería que pudiera hacerlo. Parece psicometría. Pero no es la primera vez que la leo, es una novela que me sé de memoria. Sólo paso los dedos por sus páginas desgastadas y la refresco en mi mente.
Me hace sentir poderosa. Convierte una situación trágica en una fantasía poderosa.
Así, cuando estoy en el escenario, ya no soy una frágil criatura pálida, sentada en silla de ruedas frente al piano. ¿Para qué tratar de embellecerme? De todas maneras, el público va a cerrar los ojos. Quieren la música, no a mí. Pero mi música es poderosa. Aunque cierren los ojos, no pueden evitar ver aquello que yo quiero que vean. Como si fuera una diosa, dibujo mundos enteros para ellos. No es necesario que me vean.
Soy la fantasma pianista.
Es una bonita fantasía, hasta que cesan los aplausos y los reflectores se apagan.
Entonces regreso a mi vida normal. A morir un poquito más, cada vez.Vacías felicitaciones de rigor, un ramo de rosas. Negocios para la próxima presentación, no tengo nada qué decir. De regreso a casa, la fantasma pianista desaparece, sin que nadie la vea. Ni siquiera mi elegante madre, al otro lado de la limusina. No quiero ir a casa, pero ¿A dónde podría ir? Ni siquiera sé a dónde quiero ir. Una jaula no es necesaria cuando no se sabe volar.