Cuando su temblor disminuye, se desploma contra mí, nuestros cuerpos empapados en sudor y nuestra respiración agitada. La abrazo con fuerza, saboreando su peso contra mi pecho, sabiendo que este momento podría ser fugaz. Mi lado racional resurge, recordándome que este encuentro nace de impulsos carnales más que de amor. Pero en este abrazo apasionado, es fácil olvidarlo. Beso su frente y me giro de lado, retirándome de ella. El deseo de estar con ella es fuerte, pero no quiero ensuciarme. Ella se queda con los ojos cerrados mientras voy al baño a quitarme el condón. Su humedad brilla en mi pene y dificulta quitármelo. Estoy tan confundido como complacido con lo que acaba de pasar. No vine a Elizabethton para acostarme con ninguna mujer ni para encontrar una nueva amante, y aunque Eden es

