Murat

2334 Palabras
Tres años habían pasado desde que Bárbara Barrera asumió el clan de su marido. Nadie daba un centavo por lo que una mujer podría hacer dentro del negocio, sabían que muchas lo habían logrado, pero la mayoría quedaba enterrada por el sentimentalismo de los hijos y de los amantes con los que se revolcaban. Por tal motivo, no se le hizo extraño que después del entierro de Felipe, donde fue consolada con hipocresía por todos aquellos que querían el poder de El Mago, tuvo que enfrentar una lucha con los clanes que propugnaban para quedar con las cuentas y los contactos de Barrera. Meses abriéndose lugar en el mundillo que aprendió a soportar, donde fue necesario entender que debía manipular a las personas que le daban alguna oportunidad aprovechándola al máximo, todo con un único objetivo, defender lo que por derecho le correspondía. Nunca pensó en la carga que se echaba a los hombros, amaba con locura a Felipe, pero todo lo que significaba ser El Mago la superaba. Muchas noches en la revisión de documentos y contratos, llegó a sospechar que ninguno de los clanes conocía a ciencia cierta lo que hacía su difunto esposo, una ventaja que le dio Barrera, empero con la aparición de los Mercenarios, se convirtió en una bomba de tiempo para todo aquel que quisiera mantener el statu quo del negocio. Una verdad que se le presentó cuando el c*****r de Christian apareció y todos la sindicaron como la culpable, allí fue cuando comprendió que para poder competir debía aprender a ser algo más que una simple esposa y empresaria. Con ayuda de quien fue el segundo al mando de su marido, en menos de una semana ultimó a cada uno de los que se atrevieron a traicionar a Felipe, en ninguno de esos bastardos gastó más de una bala. Lo curioso fue que a pesar de los anillos de seguridad que poseían los cabrones, el grupo que la acompañaba siempre salía ileso, esto le creó la fama que hasta ahora la perseguía, así como el apodo que optó por dejar a su alter-ego “Santa”. No obstante, a pesar de ser respetada con o sin ese personaje, no la relegaba de las situaciones con los clanes y la policía que no variaban a través de los años, para la muestra un botón, pensó Bárbara cuando dejó la carpeta con la información del embarque que cayó en el muelle de San Jacinto, el dinero y la mercancía fue robada por los Mercenarios. Esos tipos eran como la maleza, entre más los podabas, más rápido crecían. Era consciente que la única manera de acabarlos era llegar a la cabeza, el problema radicaba en que ni siquiera los estúpidos que le servían conocían su verdadera identidad de su líder. El olor a la colonia de One Millon de su segundo, Daniel Carmona, hizo que diera la vuelta en la poltrona donde se encontraba a espadas de la puerta. —Bar-bar es una realidad, ya confirmaron una muerte y el otro está en el hospital. —Es necesario que no hable con nadie antes de que lo haga con nosotros —expuso la mujer con cansancio, odiaba que las cosas se le salieran de control—. ¿Qué dice la policía? —El caso había sido reabierto oficialmente, el detonante fue la desaparición de una joven de unos veinte años que era familiar de un político. —¿Por eso volvieron? Carmona asintió, sin duda alguien los chivó, nadie en sano juicio se metería con los protegidos del flaco Higuera, el tipo los cuidaba y admiraba el valor del par de hombre que le demostraron que les valía un p**o que supieran su relación, y que eran tan machos como cualquiera de los imbéciles que debían “comerse” a más de una vieja para pregonar su hombría. La viuda Barrera cogió la carpeta para repasar la información, algo no cuadraba en la historia de los dos policías antinarcóticos corruptos, estos tipos estaban detrás de algo más grande y que, por lo visto, no habían podido terminar cuando uno de ellos fue transferido de emergencia para su país natal diez años atrás. Bárbara leyó con atención la historia y los detalles, no obstante, su mente divagaba buscando la respuesta que no obtenía en esos papeles. Nadie regresa de por nada, y menos si era consciente de que les constaría su vida. Se levantó desbaratando el ordenado peinado que mantenía en las horas de oficina donde era la respetable dueña de la Pesquera Barrera. —Voy a visitar a un enfermo a la Clínica del Norte —anunció dirigiéndose a la puerta interior del despacho y que la llevaba a una habitación que utilizaba para descansar cuando el stress le ganaba. —¿Irás como ella? —La sonrisa que se dibujó en los labios de la mujer confirmó la presunción de Carmona, que con un suspiro supo que sería una larga tarde—. En veinte minutos nos vemos.   Murat Sinisterra descendió del coche frente a la Clínica del Norte sin esperar el cambio, sabía que dio mucho más del costo de la carrera, pero necesitaba verlo, saber que era mentira que sus padres, Baris Sinisterra y Sergio Doncella, no estaban muertos como le avisaron en la madrugada. Seis horas que lo mantuvieron en vilo hasta que llegó donde una recepcionista que con parsimonia le indicó donde se encontraba el único de los varones que sobrevivió. Las manos le sudaban y la respiración comenzó a faltarle, si alguien le preguntaba a cuál de los dos preferiría ver muerto, aseguraría que preferiría morir él. Ambos lo criaron, aunque uno era su padre biológico, el otro se convirtió en esa madre que nunca tuvo, una que a pesar de estar viva, pocas veces se hizo presente incluso cuando aún convivía con Baris. Respiró profundo antes de abrir la puerta, en medio de dos máquinas que monitoreaban sus signos vitales, se hallaba Baris. Se aproximó con cuidado de no despertarlo, ver a su padre con la venda en la cabeza, con el yeso en el brazo izquierdo, pero respirando y vivo fue en parte un alivio. No obstante, eso significaba que Doncella fue quien falleció, una noticia que no sabía cómo iba a dársela a su papá, y ante la cual temía que la reacción el hombre que ahí yacía, fuese la muerte. El leve movimiento de la mano de oficial en la cama le alegró, al abrir los ojos tan parecidos a los suyos sonrió para tratar de preguntar por su compañero. No fue necesaria la respuesta verbal, los ojos de Sinisterra se llenaron de lágrimas, Sergio estaba muerto y él por poco no cuenta el cuento. Con dificultad llevó la mano a sus mejillas para limpiarlas —Me empujó al acantilado recibiendo la bala que iba para mi —contó Baris con ironía—. Siempre protegiéndome como si fuera una damisela en peligro. —Sabes que esto podía pasar por lo tontos que fueron. El hombre asintió dejando salir unas lágrimas que indicaron a Murat que el mayor entendió el mensaje, Doncella y él se confiaron, dieron por hecho que nadie los descubriría al tener al Flaco de su parte, se les olvidó que en ese negocio los chismes y las estrategias iban de la mano.   Los minutos pasaron hasta que Sinisterra sintió que el agarre de su padre se suavizaba, el mayor lloró en silencio hasta quedar dormido, el dolor de perder un compañero era mucho, pero el que fuese su pareja dolía aún más porque no pudo defenderlo . Murat salió de la habitación para buscar donde comer, y volver a acompañarlo, vio como dos hombres que se hallaban en el pasillo se le aproximaron mostrando sus placas, era necesario que conversaran, asintió para pedir que fueran a la cafetería. Uno de ellos quedó a cargo de la vigilancia en lo que, quien se presentó como el Capitán Daniel Solano, lo siguió. Unos minutos después almorzaban con un par de hamburguesas, mientras conversaban de lo ocurrido. —¿El Mago? —cuestionó Murat limpiando las comisuras de su boca con la servilleta de papel—. Se supone que es el lavador, no un traficante. —Las cosas cambiaron, se cree que el hombre extendió el negocio, sin embargo, tu padre y Sergio buscaban algo más —el capitán Solano mostró el documento en su celular—. Es información confidencial, esto es lo que inteligencia logró obtener de las actividades que hacían. Sinisterra arrugó el entrecejo, nada de lo escrito tenía sentido— ¿Es el mismo caso de hace diez años? La respuesta fue afirmativa. Murat recordó que una vez su padre y la mujer que lo parió se divorciaron, Baris y él comenzaron a viajar por diferentes partes del mundo por cuestiones de trabajo. En su mente aparecían las imágenes de los aeropuertos de diferentes lugares, y de casi ninguna de quien pudiese llamar su amigo. Su educación estuvo a cargo de una serie de tutores privados que le enseñaban en los apartamentos que alquilaban por unos meses para luego volver a emprender la marcha. Tendría unos trece años cuando lo vio por primera vez, un hombre de cabello rubio y ojos verdes que se presentó como oficial de apoyo para la investigación que Baris adelantaba. Tanto su padre como él lo miraron de arriba-abajo para con un bufido dejarle entrar a su hogar provisional. Una relación que con los días se volvía tensa por lo esquemático que era Sergio Doncella, la vida de comida a domicilio y el “desorden ordenado” de solteros se acabó. Murat se sintió en un régimen que no pidió, pero que sin duda necesitaba. De un momento a otro se vio en tardes de cocina y televisión con el rubio, estudiando para exámenes virtuales que validaban el Home School, y buscando colegios por semestres que le dieran la posibilidad de estudiar con jóvenes de su edad. A los dieciséis años llegaron a Colbia, la estadía se prolongaría más de lo necesario, por lo que pudo ser matriculado en un colegio normal, esa tarde fue la primera vez que escuchó a Baris gritar a alguien, y este era Sergio. El golpe que le dio a la mesa y de algo quebrándose le hizo correr a la cocina, la imagen con que se encontró distaba mucho de lo una pelea. Esa noche se enteró de muchas cosas con respecto a su nacimiento y la relación que a partir de ese momento iniciaba su progenitor. No le importó, para él antes de siquiera pensarlo, ya había convertido en su madre por siempre a Sergio. Por eso era ridícula la suposición de que Doncella fue el sapo que los vendió para salvar su vida, pero que se presumía que cometió un error generando que realmente lo asesinaran. Bebiendo de la limonada negó con la cabeza lo dicho por Solano que tan solo levantó los hombros sin dar una opinión al respecto, para continuar con la petición que le convocaba a ese lugar. —Mis jefes quieren que trabaje con nosotros por unos meses, una cara diferente quizás logre entrar más fácil con la estrategia correcta. —No estoy asignado y dudo que lo hagan por el vínculo filial que existe —Daniel negó con la cabeza mientras le pasaba un sobre con el sello de la agencia en la laboraba—. Me pidieron que le mostrará esto, que una vez la lea, proceda a darnos la respuesta. Murat la recogió para abrirla de inmediato, su padre le debía una explicación bastante larga y que le permitiera perdonarlo por estar metido en semejante proceso. Al final contestó guiado por los días en que esperaba ver a un Baris ya recuperado. —¿En tres días? Solano iba a contestar cuando los gritos de varias personas hablando de disparos en el tercer piso los hicieron salir de inmediato. El cuarto de Baris se encontraba en allí, Murat no tuvo que pensarlo, ya había perdido Sergio, no se arriesgaría con su papá. —¡Abajo! —¡Mierda! —contestó viendo como la bala rompía la manga de su chaqueta provocando un rasguño que medio sangró. El sonido de los proyectiles se mezclaba con los de los alaridos y el llanto que  asumió pertenecían a los que se encontraban dentro de las habitaciones del pasillo. Sinisterra con más aplomo y haciendo una seña a Solano le indicó que debían asomarse, necesitaban conocer el número de perpetradores y cómo combatirlos mientras llegaban los refuerzos. El capitán le arrojó un arma para que pudiese defenderse, a la cuenta de tres salieron para entre disparos contar cinco hombres y una figura que respondía desde el cuarto de Baris. Tan pronto estuvo el cálculo, regresaron a la seguridad de las paredes del final del corredor por donde llegaron. —¡Maldita sea! Santa está con tu padre — exclamó un poco desesperado Daniel. —¿Quién? —la respuesta llegó con cinco detonaciones. Solano le ordenó aguardar, el ruido de las ruedas de la camilla obligó a Murat a mostrarse con el arma dispuesto a disparar, no obstante, una mujer le encaró apuntándole a matar, quiso reclamarle, pero dos descargas le obligaron a ponerse a salvo, una advertencia de que si quería estar con su padre debía actuar de otra manera. Fueron unos minutos para que el lugar volviese a quedar en silencio, Solano guardó el arma saliendo para recorrer el lugar, ningún sobreviviente, todos tiros de gracia en medio de los ojos. —No falló ni uno, ¿tienes idea de por qué se llevó al Coronel Sinisterra? Murat negó ingresando a la que fue la alcoba de Baris, se asomó por la ventana viendo los vehículos que se alejaban. Después de lo ocurrido no era mucho lo que debía pensar para dar su respuesta a la propuesta de Daniel, la decisión la tomaron por él. —Capitán Solano, desde hoy estoy a su servicio.
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