Conocidos

2186 Palabras
«…muy a nuestro pesar, todo indica que el señor Sergio Doncella fue el responsable del accidente sufrido por nuestro amigo y respetado Coronel Sinisterra. Este caballero venía pasando información al Clan de los Mercenarios, por eso muchas de las acciones que adelantamos fracasaron porque ya sabían. Es una mancha para la institución tener un policía corrupto…» El jefe de la división de narcóticos sintió como era halado hacia atrás y el puño sobre su rostro. Los periodistas captaron la imagen sin dejar de grabar lo dicho por un hombre alto de contextura delgada, cabello y ojos negros que parecía un poco desaliñado por la sombra de la barba que acentuaba los rasgos masculinos. —¡Nunca se te ocurra volver a decir que mi padre es un corrupto! —¿Quién es usted? —la reportera que segundos atrás mantenía la atención en lo dicho por el Jefe Carlos Durán, colocó el micrófono ante Murat que con un leve guiño de Solano habló frente a las cámaras. —Soy el hijo de Baris Sinisterra y Sergio Doncella —dijo sin importarle la cara de sorpresa que varios hicieron por la declaración—. Nadie es culpable hasta que se demuestre lo contrario, y les aseguro que les haré pedir disculpas por cada una de las mentiras que crean de este imbécil. Después de eso los periodistas fueron retirados sin permitirles hacer más preguntas, mientras Murat ingresaba custodiado por dos policías militares a la sala de interrogatorios, donde fue sentado frente a la mesa y esposado como cualquier criminal. La satisfacción de ver a Durán sangrando por la nariz y el morado que se iba formando por el golpe que, sin duda, le rompió el tabique, dejó ver una sonrisa que ni siquiera con los gritos e insultos del superior se borró del rostro del menor de los Sinisterra. Treinta minutos duró la recriminación, una videoconferencia con su jefe directo en Elhi y la promesa de colaborar en lo posible en el caso sin causar problemas. Al colgar, Durán lo observó para con prepotencia explicar su plan. Murat no daba crédito a lo que el hombre decía, en que cabeza podía caber que lo iban a presentar como uno del cartel del sur, cuando era más que evidente que si habían descubierto a sus padres ya debían saber quién era, a que se dedicaba, y por lógica, tenerlo vigilado. —Discrepo con su punto de vista señor, yo le propongo una acción directa. —Si no se hubiese presentado ante todos como el hijo de Doncella, creo que el plan resultaría a la perfección —reclamó el hombre dejando una sensación de sorna en el ambiente—. Pero por respeto le escuchamos a su eminencia. No era una sensación, sin duda el detective Durán se burlaba con descaro de lo que le propondría, descartando de antemano la propuesta así le oyera relatarla. Demostrando el temple que Baris le inculcó desde pequeño, Murat comenzó a explicar parte de su plan, la propuesta radicaba en confrontar a aquellos que aparecían en la lista que el Jefe Durán suministró como “camaradas” de Doncella. La incredulidad de los presentes creció cuando el joven hizo mención de la viuda de Felipe Barrera, aunque la mujer no tenía ningún lazo confirmado con los clanes, nunca pudieron encontrar al asesino de su esposo y por lo denunciado por Baris, parecía que era uno de los secuaces de Christian Bejarano, perteneciente a los Mercenarios. El silencio no auguraba nada bueno para Murat, el Jefe Durán le solicitó retirarse al hotel donde se hospedaría mientras deliberaba con los encargados del caso en la central lo que había dicho. Cualquier contestación la tendría al día siguiente, además, le sugirió descansar, fuese positiva o no la respuesta, no debía perder la objetividad y centrarse en que su padre apareciera. El pelinegro miró a Solano que con gentileza le acompañó hasta la puerta, una que prácticamente le cerró en la cara. Negó con la cabeza, ahí ya no tenía más que hacer, así que colgándose el maletín salió rumbo al apartamento de sus padres, en el camino envió un mensaje con la dirección al Capitán Solano, el tipo le caía bien y sabía que entendería la indirecta. Al llegar a la casa procedió a revisar el cuarto de Doncella y Baris, el desorden que encontró le confirmó sus sospechas, el caso jamás se dio por concluido, ambos hombres continuaron las investigaciones en esos intempestivos viajes que realizaban y que si veía sus pasaportes podía jurar que tenían como destino Colbia. —¿Qué se traían entre manos papás? —preguntó al retrato familiar, depositando un beso al vidrio lo devolvió a su sitio no sin antes pedirles una pista, una que le ayudara a limpiar el nombre de Doncella. La noticia de como Sinisterra golpeó al jefe de narcóticos fue la comidilla de los medios esa noche y a la mañana siguiente, era gracioso escuchar como cada uno de los analistas fijaba un punto de vista sin conocer a fondo el problema. Desde los comentarios más avezados que procuraban sembrar cizaña sobre la labor de la Central de Inteligencia del país, hasta los más alejados de la acusación de corrupción para ubicarlos en una corriente de pecado y juicio por la orientación de las víctimas, fueron algunos de los que se escucharon y sobre los que opinaron los televidentes, para al final no obtener ninguna conclusión. Bárbara apagó el televisor, terminó su desayuno y procedió a reunirse con el huésped que alojó la noche anterior. La cabaña quedaba cerca del lago, alejada de la mansión y parecía por fuera el área para guardar artefactos de pesca y de mantenimiento de las bombas, sin embargo, lo hermoso de la construcción estaba debajo de la caseta, un pequeño bunker que su esposo construyó por si llegaban a sitiarlos. Ahora, quien disfrutaba de ese lugar era otro. El aroma del perfume de la viuda inundó el lugar haciendo que el galeno a cargo diera la cara para saludarla y comenzar con el informe del estado de salud de Baris Sinisterra. El médico explicó la razón de mantenerlo sedado, no sólo por su propia seguridad, sino también para evitar que tratara de escapar antes de hablar con él y de lo que sabía de la organización. Gonzalo Fonseca relató las ventajas y desventajas del tratamiento aplicado en el hospital, uno bastante sencillo y que le hubiese permitido recuperarse de manera apropiada en dos o tres semanas, eso siempre y cuando Baris decidiese colaborar con su mejoría, al no saber su estado anímico, los resultados podían variar. Bárbara arrugó el ceño, ella necesitaba que estuviese en el menor tiempo posible listo para “colaborar” con lo que le daría el control sobre el clan de los Mercenarios y destruir —por fin— a quien fue el autor intelectual de la muerte de Felipe. El médico expresó a la viuda que el traslado no ocasionó complicaciones, sin reflejarlo esa fue una buena noticia porque estaba preocupada por alguna secuela que imposibilitara la recuperación del policía. La pregunta de cuando podrían conversar fue lo que la desanimó un poco, Fonseca recalcó la necesidad de mantenerlo en observación y no alterarlo por lo menos en cinco días, tiempo en el que las medicinas harían el resto. Bárbara asintió para volver a sus labores normales, revisar los contratos y analizar las nuevas ofertas, ya había entregado al clan del Cordobés lo perdido en el transporte y necesitaba recuperar el dinero lo antes posible, esos errores debilitaban la fama de El Mago, por lo que se obligaba a resarcir con prontitud lo que dañase la imagen del negocio abriendo la contingencia de competir por el cargo. Al entrar a la casa principal, Carmona la siguió explicándole las reuniones del día, la principal era con el grupo de Altamares, deseaba comprar una extensión de las piscinas que colindaban con la camaronera de su propiedad, esa zona poseía un pequeño muelle que les permitiría hacer los embarques especiales sin necesidad de exponerse en el puerto de la capital. Alistó los papeles que hacían falta y salió rumbo al automóvil que le aguardaba, fue cuando vio el auto de la policía estacionado frente a la propiedad y que le pedía se detuviese. —¿Algún problema oficial? —cuestionó Carmona al joven que reconoció como uno de los dos que estaban en el pasillo de la Clínica del Norte el día anterior. —Ninguno señor, pero necesitamos hablar con la señora Barrera ¿puede atendernos? Bárbara detestaba que le cambiaran los planes, haciendo uso de toda la paciencia que no poseía en esos instantes, descendió del vehículo para saludar al Capitán. —Usted comprenderá que mi agenda impide que conversemos en este momento, pero —dijo quitándose los lentes y llevándolos a su boca con coquetería—, si desea hoy en la noche lo espero a cenar. Solano sonrió aceptando la invitación, pidió la hora y las indicaciones de etiqueta, Bárbara dio la señal a Carmona para que fijara los detalles. Una vez en el automóvil Daniel comentó a lo que habían llegado. —¿El acompañante es el tipo que estaba en el carro? —Viene comisionado de Elhi para el caso de Doncella, además de ser su hijo. —Dany quiero que la casa este vigilada con más hombres, sobre todo el sendero, no deseo ninguna sorpresa. Tal como lo recomendó esa noche los tres círculos de seguridad se encontraban atentos a cualquier intromisión de la policía, Bárbara se arriesgó a meterlos en su casa, sin embargo, era un lugar conocido y más fácil de responder un ataque así su fachada de mujer honorable se viese comprometida. Solano y Sinisterra llegaron a la hora convenida, tal como lo esperaban fueron requisados con sensores electrónicos al igual que manualmente, al cerciorarse que no traían nada que atentase contra la vida de la señora Barrera les permitieron el ingreso. El recorrido desde la puerta principal hasta la casa tomaba poco más de cinco minutos a una buena velocidad, Daniel optó por manejar con lentitud. —Cualquiera diría que gozas con lo que sucede. —Murat ¿nunca trabajaste con tus padres? —el pelinegro negó de inmediato. La única vez que coincidieron la situación se volvió insoportable por tratar de protegerlo al punto de inutilizarlo, después de eso, jamás permitió que les dieran un mismo caso. —Es una lástima, hubieses aprendido demasiado de lo que es aprovechar las oportunidades y fijarte en los detalles. Sinisterra pormenorizó al hombre a su lado, tendría dos o tres años más que él, cabello castaño, ojos miel, atlético, de finos modales y con un excelente y muy costoso gusto para vestir, en esos dos días cada una de las prendas que lucía eran de buenas marcas, lo que le hacía preguntarse hasta donde fue pertinente aceptar la invitación. Daniel Solano miró de reojo a su copiloto, era tal cual como Doncella y Baris lo describían, amable, tranquilo a menos que se le molestara y perspicaz, cualidades que en ese ambiente podían ser una bomba de tiempo colocándolo en una situación riesgosa porque podría ser impulsivo, es decir, «actuar primero y después pensar», empero ambos se necesitaban, por ahora sólo le quedaba confiar en que no explotara como lo hizo con Durán. Parqueó el automóvil donde le indicaron y descendieron encaminándose a la casona que les daba la bienvenida. La casa tipo chalet se erguía en medio de un bosque de árboles nativos que se prolongaba hasta un lugar que por la hora no se alcanzaba a especificar. En el interior encontraron a Carmona que les saludó ofreciéndoles una bebida antes de la cena. Solano se sentó sin darle importancia a la decoración que se veía austera en comparación a lo que se suponía era la casa de un heredero de cuna como se le conocía al difunto Felipe Barrera. Por su parte, Murat paseó por el salón, observó los pocos cuadros que estaban colgados, las repisas en fina madera y las esculturas que si bien unas eran imitaciones miniatura de las originales, otras eran las auténticas de reconocidos artistas contemporáneos. A las nueve de la noche Carmona los convidó a pasar al comedor, en la cabecera de la mesa encontraron a la dueña de casa junto a una dama de la tercera edad, que les saludaron sonrientes. El Capitán se acercó extendiéndole la mano para recibir la de cada una y con elegancia besarlas, un acto que sonrojó a la mayor pidiéndole que se sentara a su lado. Cuando se hubo acomodado, fue que Daniel se dio cuenta que Murat permanecía quieto en la puerta como si hubiese visto un fantasma. —¿Sucede algo? —inquirió preocupado levantándose. Esa frase estimuló al pelinegro a caminar con dirección a la anfitriona que se irguió asustada por el comportamiento del extraño. Una acción que favoreció a Murat que la abrazó tratando de transmitirle la calidez del reencuentro. Una vez se separó sonrió para saludarla con un beso en la mejilla. —Al fin te encuentro mi querida Bárbara.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR