Solano agradeció la invitación retirándose con Murat del lugar poco antes de la medianoche, ambos mantuvieron un silencio cómodo durante el recorrido. Inmersos como iban en sus pensamientos, no les importó compartir su experiencia en la cena.
Cuando llegaron al hotel, Sinisterra se despidió sin preguntar nada para el día siguiente, el encuentro con Bárbara le llenó de recuerdos nostálgicos de un pasado que alguna vez quiso realizar con su excompañera de universidad.
Se cambio de ropa acostándose, dentro de unas horas debía pedir los objetos personales de su padre, ir al lugar donde vivía y mirar que le dejó como pista para comenzar la búsqueda y la limpieza del nombre de Doncella. Cerró los ojos envolviéndose en las calientes cobijas, cuando estaba por dormirse el celular sonó mostrándole el nombre de quien se le había olvidado por completo en esos dos días.
No contestó, su novia en ese instante era alguien que le tenía sin cuidado, era consciente que debió confrontarla antes de marcharse, pero las cosas se dieron tan rápido que el escape a la situación fue más fácil, y sobre todo, menos hiriente.
Selena era hermosa, inteligente y poseía otras cualidades que la convertían en la pareja ideal de muchos, sin embargo, cuando la encontró con su madre biológica y que secundaba a la mujer para obtener la pensión de Baris junto con la casa en Elhi, el amor por ella se le terminó. Sonrió acomodándose en la cama, Sergio se lo había dicho más de una vez, ella no le convenía, pero no interferirían en su decisión.
El teléfono volvió a vibrar, esta vez con la información que necesitaba. Solano era hábil en su trabajo, no se dio cuenta en qué momento lo hizo, pero el localizador estaba enviando la información de los mensajes del móvil de Carmona al suyo.
El esbirro de la viuda Barrera se debía cuidar, porque en definitiva el capitán le iba complicar la existencia.
Por su parte, Bárbara se mantuvo pensativa desde que se marcharon los policías, el reencuentro con Murat le dejó un sinsabor en la boca que se complementaba con la presencia de Baris en su casa. Nunca involucraba sentimientos con sus trabajos, algo que aprendió al lado de Felipe cuando conoció la índole de su negocio, pero ahora las cosas la superaban.
No sólo era la presencia de Sinisterra, la muerte de Doncella, sino la manera como Solano logró sonsacarle a su madre información durante la cena, el capitán demostró ser un rival de cuidado, por eso, el que no hubiese hecho ningún movimiento que pusiera sus actividades en riesgo, se le hacía extraño.
Repasó la cena, la conversación, las acciones del detective, aquellas que pudo seguir cuando su atención no estaba en Murat, y por lo que Carmona pudo decirle, tampoco vio algo extraño en el comportamiento del oficial. Sin embargo, el hombre demostró que era perspicaz, bastante observador y manipulador, le recordó estar con Doncella, y esa era la verdadera razón del temor y la sospecha de que Solano no se marchó sin ponerle algo para vigilarla.
—¿Sigues pensando en él? —cuestionó Carmona ingresando a la habitación con el celular que le entregó para que leyera.
—El que debía pensar en él eres tú —repuso la mujer para dar media vuelta y meterse al baño—. Ten listas las cosas, en veinte minutos salimos.
Carmona asintió, se dirigió al garaje para encender el automóvil que rompía con el esquema de los carros de lujo que se encontraban allí, lo encendió para esperarla frente a la puerta principal, en esos instantes miró de nuevo su celular, el equipo de alta gama estaba vinculado a dos aparatos más, uno era el de Bárbara, y el otro aquel que utilizaban para Santa.
Revisó el mensaje que llegó a ese último número y vio como cada vez más los del clan de los Mercenarios se especializaban en codificar las solicitudes, sólo para quienes reconocían el lenguaje utilizado, existía alguna coherencia en la manera como escribían el lugar y la hora dentro de una nota que parecía vender productos de la compañía telefónica.
Dejó el equipo en el puesto del copiloto y buscó dentro de sus bolsillos para encender un cigarrillo, al exhalar el humo se dio cuenta que esa noche parecía no tener fin, lo peor era que en unas horas debía estar en el centro de Guasaya acompañando a Carolina, la madre de Bárbara, con las compras de souvenir que llevaría a la capital. A sus treinta y siete años no tenía su vida clara, se dedicó a ser primero el amigo y fiel trabajador de Felipe Barrera, con quien creció y quería como un hermano, y ahora, adoptó, tal vez por esos sentimientos, a Bárbara, quien en tan poco tiempo se convirtió en alguien que debía proteger.
No obstante, cuando toda esa locura que él secundó porque sabía que Felipe no merecía una muerte tan estúpida, se preguntaba qué iba a hacer.
El celular sonó antes de que se sumergiera en el proceso de autocompasión que en los últimos meses parecía más frecuente de lo que quisiera, el nombre le sorprendió, en un momento de la cena el Capitán Solano cogió el celular de la mesa y guardó el número creyendo que era el de Carolina, la dama sonrió cuando se lo devolvió, dándose cuenta que era el de Carmona y no el suyo, pero como ambos tenían el mismo color de carcaza era fácil para quien no supiese de tipos y marcas confundirlo.
Se había prometido borrarlo cuando se marcharan, pero prácticamente el mensaje del encuentro llegó diez minutos después y se olvidó por completo de la situación.
Tomó el aparato y leyó las palabras:
«Danny, si es que puedo llamarte así, me gustaría conversar un poco más del bote que quieres vender. Para evitar confusiones como en la cena por llamarnos igual, cambia el contacto a mi segundo nombre, Stephano Solano».
Sonrió por lo impertinente, el detective era un “avión”, desde que ingresó a la casa demostró el interés en conocer los verdaderos negocios de Bárbara, el problema que tenía es que se enfrentaba a alguien que no engañaría tan fácil. Cuando fue a responder sintió la puerta abrirse y a la castaña ingresar convertida en su alter-ego, arrancaron de inmediato para el encuentro con los Mercenarios.
La bodega quedaba en el muelle, como era costumbre, nunca citaban a los gatilleros dos veces en el mismo sitio, Carmona observó los cinco coches camuflados entre los conteiner, colocó el sensor de calor y revisó la construcción con el equipo que habían adquirido del mercenario que los entrenó después de la muerte de Felipe. Diez hombres se apostaban entre el techo y algunas paredes falsas que había en el amplio espacio del lugar, una mesa y por lo visto, los invitados eran unos quince. Santa asintió para despedirse y caminar al primer punto de seguridad.
La revisión por el guardia de la entrada a la bodega equivalió a perder su arma, le dieron paso encontrándose con varios matoncillos que conocía de anteriores trabajos, miró hacía el fondo del lugar donde estaba —como lo dijo Carmona— una mesa con cuatro personas, una de ellas, a pesar del tiempo, fue fácil de identificar.
German Nereida, aunque un poco mayor y con un corte tipo militar, a diferencia del largo cabello que antes llevaba con una coleta, se veía más fornido y una cicatriz atravesaba su mejilla por debajo del ojo izquierdo, proporcionándole ese aire de chico malo de las series americanas.
Un silbido y la puerta de la bodega fue cerrada con una reja que bajó dejándolos incomunicados.
Nereida ordenó a los presentes organizarse en dos filas manteniendo una distancia de metro y medio entre ellos, la formación le permitió observarlos de forma individual, en su rostro podía ver el análisis que realizaba de las capacidades corporales de cada uno, Santa recordó a su instructor, hacía lo mismo y eso le daba la ventaja de trabajar sus fortalezas, así como minimizar sus debilidades.
Al verla la sonrisa que se dibujó en su rostro le indicó a Santa que iba a ser la última en la prueba.
—Vienes a un desfile o ¿qué? —habló con desprecio—. Ropa de cuero negra y una camisilla blanca pegada al cuerpo, una mascada en la cabeza y un labial rojo que grita que eres una perra.
—Ustedes me llamaron, si no te gusta mi ropa, la próxima vez avisen con tiempo de estas reuniones.
La respuesta borró la burla de German, que miró directo a los verdes ojos que le proporcionaban a Bárbara las lentillas cosméticas. El tipo viró rumbo a la mesa, Nereida odiaba trabajar con mujeres, escasamente soportaba a la tonta de Liliana Manrique, la docente de la que se enamoró en la universidad, pero por la que en ese momento no sentía nada, tantas mentiras y engaños, habían logrado matar ese sentimiento. A su cabeza llegó la imagen de Nohora y de su hermano Gabriel, una manera de darle vengarse de Christian y de la equivocación que les costó quedarse sin la información de quien era el lavador y las rutas de Barrera.
Encendió el proyector y comenzó la capacitación, dieciséis contratados para mantener a raya a la “tomba” y de ellos uno tendría el privilegio de asesinar al candidato presidencial Constancio Garzón.
Bárbara y los demás escucharon sin preguntar, al final cada uno tenía su rol en el asalto, el único que se uniría en el momento del atentado era el sicario. Fue así como cinco días después, ella caminaba vestida de asistente de vuelo junto a un chico pelinegro y ojos marrón que desempeñaba bien el trabajo de camarero.
Tendrían un chance antes de ingresar al avión, si fallaban uno de ellos tendría que hacerlo dentro de este, el problema es que era una misión s*****a, y con el riesgo de morir sin concretarla.
Santa dispuso lo necesario junto con Gabriel, el joven encargado de ultimar al objetivo, tendría unos dieciocho años, se veía cómodo realizando el trabajo de barman, y bien pudo notar que desde que comenzó a atender al candidato en la sala VIP fue devorado con la mirada por el político.
Los comentarios de doble sentido y la manera como le acariciaba la mano cada vez que el joven se aproximaba a él, pronto tenían al gatillero nervioso, por una casualidad muy bien estudiada por Nereida que consistía en los gustos de quien sin duda sería el próximo presidente del país, ambos fueron colocados dentro del servicio particular del hombre previo a subir al avión comercial que le transportaría al exterior.
La petición de Garzón, diciendo que lo dejaran a solas con Gabriel hizo que el chico la mirara con miedo, «¿qué diablos hacía ese niño ahí?», pensó Bárbara.
Los guardaespaldas le llevaron fuera de la sala colocándose en la puerta e indicándole que debía aguardar hasta que el político terminara con su diversión. Bárbara sonrió para asentir, el tipo merecía de verdad que lo mataran; casado, con dos hijos y llevando la bandera de la moralidad, de luchar contra la corrupción del narcotráfico en el Estado, y de mantener la estabilidad económica, demostraba que detrás de esa máscara poseía un defecto que bien podía acabar con su carrera.
Seis disparos se escucharon alertando a los hombres y haciendo que ella se devolviera, en el suelo se encontraba Constancio con varias heridas a la altura del pecho, frente a él Gabriel lucía semidesnudo y con el labio partido.
—¡Sáquenlos de aquí!
Bárbara tomó la mano del chico y salió corriendo del lugar, los periodistas que estaban en la puerta externa de la sala llegaron tan rápido que fue imposible tapar el estado de nervios del chico al lado de ellos, una vez dentro del ascensor de servicio, la ojiverde vistió al joven que no hacía sino temblar mientras apretaba el revolver.
—¡Hey! Lo hiciste bien, te defendiste de ese puerco.
—Yo…yo la cagué, mi hermana, mi hermana… la van a matar porque no pude hacerlo.
Bárbara abrazó a Gabriel saliendo con él al parqueadero, el carro con Carmona se estacionó, y se marcharon.
Minutos después el celular repicó con la llamada de Nereida.
—Eres una mierda, el tipo casi viola a Gabriel —la carcajada de German la hizo apretar el móvil—. El trabajo se hizo, va rumbo a la Clínica Militar.
—Dile al chico que, si no muere, no podrá volver a verla.
—Los milagros existen Nereida, y él volverá a ver a su hermana. Además, conseguirte un enemigo como yo te aseguro que no te conviene.
—¿Me amenazas Santa? —preguntó con burla el hombre al otro lado de la línea.
—Te aconsejo que busques a tus hombres en la puta bodega que estás, recuerda, mis jefes jamás juegan sin un comodín.
German miró la pantalla cuando se colgó la llamada, pidió a su hombre de confianza que revisaran el lugar, después de diez minutos tuvo la respuesta.
—¡MALDITA SEA! ¿Cómo los mataste?