EMOCIONES FUERTES Al amanecer, estaba enfadada. Enfadada porque mi única gran aventura, mi gran misión en el mundo, tal como era, había sido estropeada por lo sobrenatural. Retiré los cerrojos, abrí las puertas y dejé que entrara la luz. Me puse una muda y unas chancletas y salí al patio. Antes de perder los nervios, subí las escaleras del balcón y entré en la habitación que había sobre mi cama. Las tablas del suelo eran ásperas y las paredes estaban sin pintar. Se había salvado algo de la pintura original en parches de revoque antiguo. El techo abovedado era magnífico y me recordaba a la Casa Coroneles. Me perdí momentáneamente en su potencial antes de que volviera a surgir en mí la ira por el intruso sobrenatural. Nadie ni nada iba a asustarme para que abandonara aquel esplendor. En la

