Capítulo 5: Mudanza

1956 Palabras
Era de mañana y antes de que Jane despertara tenía sus maletas y cosas importantes listas al lado de la puerta. Muy bien, sabía de primera mano lo que les podía causar la perdida y la soledad a las personas. Ella estaba profundamente rota, sin nada a que aferrarse y de cierto modo la entendía, así que intentaría no dejarla más sola. Fui una tonta al pensar que ella podría mantenerse bien ya que desde que murió su abuela no fue nunca más la niña alegre que conocí hace años. Estaba con Dank en la sala principal, cada uno sentado en un sillón frente a frente. Alex estaba arriba. Él no se quiso alejar de Jane, y yo se lo permití sólo porque me prometió mantenerse distanciado para que ella no sospechara del cierto apego que le tenía. —¿Estás mejor? —Preguntó Dank con expresión seria. —Como si te importara —respondí tajante. Lo peor de que se me hubieran escapado esas lágrimas y de que Jane hubiera pasado por esta situación era que habíamos tenido público y eso machacaba mi orgullo. —Claro que me importa —soltó—. Tenemos una misión que completar y lamento decirte que si no estás bien, no lo lograremos —dijo mirando hacia otro lado. No le respondí nada, y al notarlo fijó sus ojos en mí. Sostuve su mirada oscura y él no la movió. Nunca antes me había fijado con detalle en sus ojos. Resulta que estos no eran del todo negros sino que tenían un pequeño resplandor café cobrizo, eran raros, especiales. Seguimos nuestra pequeña guerra de miradas hasta que escuché la escalera y por ella apareció Jane. Llevaba una blusa negra, vaqueros claros y botas. Sin embargo lo que más destacaba era su cara la cual tenía una expresión de absoluto arrepentimiento mezclada con dolor. Sus ojos rojos y nariz rosada mostraban que había estado llorando. —Gabe —susurró con la voz quebrada. Me dolió verla así. Corrí a su lado y la abracé tan fuerte como nunca pensé abrazar a alguien. —Me sentía tan sola... No sabía qué hacer... Tú eres un ángel y no te puedo obligar a que me acompañes —sollozó—. Lo siento —balbuceó y se aferró aún más a mi cuerpo. —Nunca más te dejaré sola. Nunca más —le susurré al oído. Era una promesa que lucharía por mantener en pie. Después de estar abrazándome por un rato, me dedicó una sonrisa pero sabía que, en el fondo, lo hacía solo por mí, no porque quisiera sonreír realmente. Sus ojos se posaron detrás de mí. —¿Por qué mis cosas están en la puerta? —Preguntó y frunció levemente el ceño. —¡Sorpresa! Te vas a mudar a mi departamento por un tiempo —avisé con entusiasmo y su cara mostró total sorpresa. Se escucharon unas pisoteadas que bajaban las escaleras y Alex apareció detrás de ella. Jane lo miró con desconfianza y luego su mirada recayó en mí nuevamente. —¿Nos vamos ahora? —preguntó tranquila. —Cuando tú quieras —respondí encogiendo los hombros. –Vámonos entonces, tengo hambre. Podemos comer en tu departamento —sugirió moviéndose a la puerta. Tomó sus maletas, abrió la puerta y salió de la casa. Me encogí de hombros y la seguí. Narra Jane: Viajamos en el auto n***o de Dank, los chicos delante y nosotras atrás. Íbamos en completo silencio hasta que el celular de Gabe sonó. Habló con alguien al otro lado de la línea sólo con monosílabos y tuve un mal presentimiento. —Lo siento, Jane, pero Raf me acaba de llamar y tengo que ir con Dank a revisar un tema —avisó y mis ilusiones de tener una agradable comida con mi mejor amiga murieron. —Bien, no te preocupes, me las puedo arreglar sola —solté con una rápida sonrisa forzada y ella asintió con aspecto preocupado. —Alex cuídala o lo último que veras en tu existencia será mi espada —amenazó Gabe con tono de broma, pero sabía que iba en serio, al menos en parte. —Yo la cuido. Ve tranquila. —Habló relajado y me miró por el retrovisor. Por unos segundos me había quedado ajena a la conversación y luego caí en la cuenta de que no iba a estar sola, sino que Alex iba a estar acompañándome en el departamento de Gabe. —Déjanos en la próxima esquina, por favor —indicó Gabe. El auto paró y ambos, Gabe y Dank, salieron rápidamente. No pretendía hablar con Alex así que sólo me dediqué a mirar por la ventana y perderme en mis pensamientos ya que aún faltaba bastante tiempo para llegar. Cerré los ojos. Estaba cansada y subía por las escaleras después de dejar a Gabe con sus asuntos. Entré a mi habitación oscura, aún se podía sentir el aroma de mi abuela, y mis ojos se llenaron de lágrimas. La única persona que me quería incondicionalmente y me entendía, me había dejado sola. No era su culpa pero era doloroso. En mi mesita de noche tenía mis pastillas para dormir y al lado mis antidepresivos. Tomé el último frasquito y eché unas cuantas en mi mano. Con mi querida abuela muerta y siendo despreciada por mis propios padres dudaba que a alguien le importase que durmiera para siempre. —Jane, ya llegamos —escuché la voz de Alex que me llamó a la realidad. Bajé del auto y fui hacia el maletero para tomar mis maletas pero Alex se adelantó y las tomó. Lo miré con cara molesta y él solo me dedicó una sonrisa radiante que me hizo incomodar. No soy el tipo de chica que se siente cómoda con un chico coqueteándole, aunque haya tenido a mi novio por un año. Nunca me sentí cómoda con chicos y menos con uno que parecía modelo, con una sonrisa hermosa y ojos verdes que sería capaz de contemplar por horas. Caminamos por el estacionamiento hasta el ascensor y mientras esperábamos lo observé por el rabillo del ojo. Estaba con esa postura engreída clásica de los demonios, una leve sonrisa socarrona y sus ojos también me miraban de reojo. Cuando me percaté de ello y mis ojos chocaron con los suyos desvíe la miraba al instante. Apenas lo conocía y el que me haya encontrado observándolo seguramente le hiciera pensar que era una especie de acosadora, y eso por algún motivo me hacía sentir ansiosa, nerviosa e insegura. O tal vez era el hecho de que es un demonio y yo nunca había estado tanto tiempo con uno. O quizás eran ambas cosas lo que me hacía sentir así. Las puertas del ascensor se abrieron e interrumpieron el hilo de mis pensamientos. Dentro había dos chicas con aire de estar volviendo de una fiesta. Eran bastante guapas, ambas rubias, con un poco de maquillaje corrido y vestidos que no dejaban mucho trabajo a la imaginación en conjunto con unos tacones que me hacían doler los pies de solo verlos. Obviamente su atención se volvió a Alex, quien les sonrió y ellas encantadas le sonrieron de vuelta. Eso hizo que algo me molestara en el pecho Ignorando toda la situación entré al ascensor y apreté el número del piso de Gabe. Cuando empezamos a subir ambas chicas miraron las maletas de mujer —ya que eran lilas y celestes— que colgaban de las manos del chicos a mi lado y luego sus miradas cayeron en mí. —Hola, ¿es tu novia? —Preguntó la rubia con vestido azul más próxima a nosotros. Yo miré sorprendida a Alex, quien sonreía y abrí la boca para negarlo, pero él me ganó. —Sí —afirmó y mis ojos se abrieron desorbitadamente. Antes que alguna respondiera el pitido que indicaba probablemente su piso sonó. Salieron del ascensor después de susurrar entre ellas un precioso mensaje para mí: que desperdicio. Abrí los ojos con sorpresa. Me sentí algo herida por su comentario sin razón y creo que terminé de comprender lo imbécil que pueden ser algunas mujeres. —Solo están celosas —dijo con una sonrisa divertida Alex. —O son simplemente unas perras por naturaleza —dije por impulso. –Exacto. Y ellas no saben que las morenas son mi debilidad —sonrió sin dirigirme la mirada. Mis mejillas en ese instante se pusieron rojas y miré hacia mis pies. No solía ser tan tímida, de hecho siempre era extrovertida, pero él tenía al parecer una fórmula única de como cohibir a una chica. El ascensor abrió las puertas indicando el penúltimo piso en el que vivía Gabe y salí rápidamente con las llaves de repuesto del departamento en mano. Abrí las puertas tan deprisa como pude, tanto así que creo que Alex ni siquiera había terminado de salir del ascensor. Al instante de entrar recibí un aroma ya familiar entre a miel y almendras, característico de Gabrielle. Avancé hasta el salón y abrí las cortinas dejando la cálida luz de la mañana entrar. Cuando me di vuelta Alex estaba observándome desde la puerta. Mis ojos se toparon con los suyos volvía a desviar la mirada, una vez más. Había algo dentro en mi interior que me decía que no lo mirara demasiado o caería embobada en sus brazos. Y no sabría decir si era miedo a volver a enamorarme o porque sabía que estaba olvidando, de a momentos, que era un demonio muy peligroso. Narra Gabrielle: En cuanto nos bajamos del auto caminamos hacia la dirección que me había dicho Rafael por teléfono. Resulta que el lugar era un bar de mala muerte, apartado de la ciudad, en el que a esta hora de la mañana no había nadie. —Gabe —dijo Rafael apareciendo desde la esquina de un edificio en ruinas y me recibió con un abrazo. —Raf —dije mientras le correspondía su abrazo. Cuando nos separamos su mirada de dirigió a Dank y sus ojos azules se oscurecieron al instante. Su mirada reflejaba odio y desprecio. Miré a Dank y sus ojos oscuros reflejaban lo mismo. —Vamos, chicos, dejen sus asuntos testosterónicos para otro momento, hay que ver primero esto —dije rodando los ojos con desdén. Caminé hacia el bar y por el olor a azufre supuse que había un demonio allí. Los chicos que al parecer dejaron su encuentro de miradas, me siguieron. Abrí la puerta y enseguida vi a un hombre vestido de n***o, rubio y de ojos oscuros, además de guapo como todos los demonios. Era Astaroth, un duque infernal. —Hola, Gabe —saludó con una sonrisa. Debo decir que aunque este bastardo sea un mentiroso y tramposo, me caía bien. Más de una vez tuvimos que trabajar juntos y me causaba bastante gracia. —Hey, Asti —saludé y chocamos nuestros puños. Éramos como viejos conocidos. Sentí la mirada de Rafael enojada sobre mí. Sabía que no a todos los ángeles les hace mucha gracia que me lleve bien con algunos demonios, pero la que tiene que trabajar con ellos y vivir en el mundo humano soy yo y no ellos. —Hola, Astaroth —saludó Dank con una sonrisa y chocaron puños igual que yo. —Tanto tiempo, príncipe —devolvió el saludo. —Bueno, ¿y cuál es el tema que tenemos que tratar? —Preguntó Rafael de mala gana, a lo que nos miramos entre los tres y sonreímos ante su molestia. —Tengo información de Lucifer. Primero puede que tu amiga bruja nos lleve hacia nuestros prófugos amigos —dijo mirándome —. Y lo segundo, que Maimón quiere a la chica —agregó y mi corazón paró de latir.
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