Capítulo 1: Decisión
—Buenos días, Gabrielle. —Escuché una voz infantil que provenía de la cocina.
Me paré en el marco de la puerta y pude observar a un niño en medio de ella mirándome atentamente. Tenía el cabello oscuro y ojos de color zafiro muy intenso, de contextura delgada además de expresión seria.
—Hola. —Saludé y me hice consciente que sólo llevaba una camiseta que me cubría hasta mis muslos, pero ya sabía quién era mi invitado y no me incomodaba.
—Gabrielle, te hiciste otro tatuaje más. —Reprendió mirando con disgusto mi pierna descubierta. En ella tenía una enredadera de rosas azules desde mi tobillo hasta mi cintura.
—Sí, quería recordarme en la mierda que estoy metida. —Dije cruzándose de brazos y apoyándome en la encimera con despreocupación, siempre obtenía el mismo sermón cuando me tatuaba.
—No es bueno que destruyas tu cuerpo. —Regañó con el ceño fruncido.
—No es destruir. —Respondí ofendida—. Es adornar.
—Bueno, no es ese tema del que vine a hablar —y movió su cabeza despejando sus ideas al parecer—. Hoy hay una reunión en el café Triada y nuestro acompañante será Lucifer. —Informó y mi mandíbula se desencajó.
—¿Estás bromeando? —Dije atónita. Que Lucifer y Dios se reunieran era algo que sólo se daba cada cientos de años, ya que usualmente me dejaba este tipo de temas a mí.
—¿Por qué crees que haría eso? —Respondió indignado—. Sabes que odio bromear.
—Y tú sabes que yo odio los malos acompañantes. —Refunfuñé rodando los ojos.
Con Luci nuestra relación era algo problemática y evitaba mis reuniones con él a toda costa, ya que no terminaban del todo bien.
—No hagas eso Gabrielle. —Me reprendió de nuevo por rodar ojos.
No le dije nada, pero si hice una cara de burla, después de todo nadie quiere contrariar a Dios. Él tiene cierta tendencia a personificarse como un niño o niña cada vez que viene a este mundo, pero para nada con la actitud de uno.
—Te espero a las diez e intenta ser puntual. —Instruyó antes de desaparecer en un pestañeo.
Suspiré pesadamente y me dispuse a darme una ducha. Recogí todo lo necesario, entré al baño en donde pude apreciar mi reflejo con mayor detenimiento.
Mi cabello rubio oscuro estaba muy largo así que supongo que lo cortaría, había bolsas oscuras que era una mezcla maquillaje corrido y mis propias ojeras, un contraste con los ojos azules que miraban cansados. Y en estos momentos me pregunto, ¿en dónde está la ventaja de ser un ángel? Siempre salen en la películas y libros, ellos siempre estaban limpios, pulcros y bellísimos. Pero ese no era mi caso, me veía tan mundana como cualquier otro humano.
Decidí no prestarle mucha importancia a mi apariencia y me desnudé entrando a la ducha. El agua era relajante y ya no sentir sangre seca bajo las uñas era casi liberador, y en especial con lo asquerosa que era la sangre de demonio. Una vez fuera de la ducha y seca, me vestí con unos vaqueros de Denin y una camiseta como dos tallas más grande que la mía de color rojo oscuro, unas botas y listo.
Recordaba con bastante ambigüedad que Jane me había pedido ayuda con no sé qué, pero allí iría. Antes de salir recordé mi asquerosa cara y ocupe la técnica que aprendí desde que se crearon las gafas oscuras, tapar mis feas ojeras.
Si la maldita Jane viviera más cerca, suspiré. Sería más cómodo y no tendría que gastar combustible en ir a verla. Caminé hacia mi moto una Harley Davidson modelo V-road y partí rumbo a la casa de mi mejor amiga que estaba a la salida de la gran ciudad de Lancaster, Pennsylvania.
Amaba mi moto, era liberador correr en ella a toda velocidad y disfrutar el viaje, a pesar que no me gustaban los medios de transporte porque simplemente podía volar, las motos tenían algo que me atraía.
Ya más cerca doblé por el camino de tierra hacia a la casa de dos pisos, de color verde muy claro, ventanas grandes en el primero y segundo piso. En frente unas pequeñas escaleras blancas de madera que llevaban a la puerta principal, con un patio trasero enorme y un jardín precioso llenos de diversas flores y plantas. Un presentimiento raro me invadió, a penas aparqué la moto toqué la puerta apresurada y la abrió una Jane muy desarreglada y con los ojos hinchados.
—¿Qué sucede? ¿Paso algo? ¿Estás bien? —Mil preguntas más se me ocurrieron y mil suposiciones saltaron en mi cabeza.
—Estaba viendo Harry Potter y las reliquias de la muerte parte uno. Y murió Dobby. —Balbuceó con los ojos cristalizados.
Rodé los ojos.
—¿En serio qué pasa? —Pregunté, sabía que no era verdad o por lo menos en parte.
—Pasa, te cuento adentro —abrió la puerta un poco más y aun así una fuerza externa no me dejaba pasar.
—Demonios, no saqué el triskel de la puerta —dijo cerrando la puerta y en poco segundos la volvió a abrir.
—Ahora si —sonrió levemente.
El triskel es un símbolo celta que sirve para que nada indeseado pase y bueno yo no soy que digamos indeseada, pero Jane siempre tiene su nivel de protección al máximo.
La seguí por el pasillo, las paredes eran de color celeste como la gran mayoría de la casa por dentro, algunos cuadros adornaban el pasillo hasta la primera puerta a la izquierda en donde estaba la sala principal. Allí un sillón marrón grande en donde había una manta, dos sillones individuales a juego, una alfombra azul oscuro y arriba de ella una mesita de centro de madera clara, en frente una televisión prendida y alrededor lleno de estanterías repletas de libros, algunos más nuevos, pero otro con la apariencia de ser verdaderamente viejos.
Jane caminó hasta el sillón grande en donde su larga silueta de un metro sesenta se encogió en cuanto tomó asiento. Sus ojos cafés hinchados y levemente cerrados me miraban con atención. Sus labios gruesos estaba secos, la punta de su nariz respingada estaba roja y su cabello corto hasta los hombros oscuro y con mechas azules, revuelto.
Ya sabía lo que venía, sólo por ver el panorama sobre la mesita de centro. El helado, galletas, películas y ella destrozada, eso es igual a su novio terminó con ella.
—Bien, ¿y qué me tienes que contar? —Pregunté casual.
—Mi novio me cortó —dijo encogiéndose en el sillón y tomando el pote de helado de menta entre sus manos.
—¿Y por qué el señor perfecto, según tú, te cortó? —Pregunté tomando el pote de helado de sus manos y sentándose a su lado.
—Le conté que era una bruja —susurró entre dientes.
—Sabes que es un imbécil, ¿verdad? —Le pregunté entre con humor e indignación.
Jane Stronblack mi mejor amiga y una bruja genio de dieciséis años. ¿Se preguntan cómo es que un arcángel y una bruja adolescente terminaron siendo mejores amigas?, bueno yo también lo pregunto a veces.
—Sabes que aún lo quiero —dijo en tono bajo tomando el helado de mis manos y metiéndose una gran cucharada a la boca.
—Humanos, las únicas criaturas que abandonan dos años de relación sólo porque uno de ellos es diferente. —Regañé para mí misma con desdén quitándole el pote de helado de nuevo y también comiendo una gran cucharada.
La parte de Harry Potter era verdad y seguimos viendo la película pero luego de un rato Jane se había quedado dormida con la manta que tenía sobre ella. La tomé en mi espalda y la llevé a su cuarto, aunque era bastante alta no era muy pesada y me hacía preguntar si se estaba alimentando bien.
Jane es desciende de una línea familiar bastante compleja, una parte de sus antepasados eran druidas celtas, otra parte más reciente son wiccanos y la parte más oscura son brujos del caos. Ella heredó los talentos de todos sus ancestros, y el peso que tenía sobre sus hombros no era nada liviano. Su madre sin mucho talento para la magia se retiró, pero en cuanto la tuvo y supo de su poder, ella la abandonó, así su abuela quedando a cargo de ella.
Sonreí ante el recuerdo, su abuela fue una persona maravillosa, le dejó su casa, sus libros, todos sus conocimientos y amor, aunque también la dejó sola. Antes de fallecer me pidió encarecidamente que si de verdad era un ángel, que ayudara y cuidara de Jane. Y cada día de esta vida intento hacer lo mejor posible.
Salí de su habitación y ordené su sala. La casa de por sí estaba limpia, con lo maniática que era Jane era de esperarse. Abrí su refrigerador y no tenía casi nada de comida, me enojé conmigo misma por no haber estado más atenta y salí con mi moto a comprar más comida.
Cuando llegué a la tienda de comestibles más cercana, sentí una mirada fugaz en mí, levanté la mirada y el ex novio del año me estaba mirando.
Tomé un carrito, sabía que si el chico se me acercaba no podría detener mis enormes ganas de golpearlo, y aunque lo tenga prohibido, un patadita no le hacía mal a nadie. El chico se acercó y yo mordía disimuladamente el interior de mi mejilla en un intento desesperado de no golpearlo.
—Hola Gabe —saludó usando mi apodo. Se notaba bastante nervioso, no es como que de por sí mi apariencia diera miedo y con mi mirada que expresaba que exquisitamente le quebraría hueso por hueso. No para nada.
—Es Gabrielle para ti —le sonreí falsamente.
—¿Has visto a Jane? —Preguntó evitando mi mirada directa.
No imbécil, pensé en decirle. Pero cuando dicen que Dios todo lo ve, es que de verdad.
–Sí, de hecho vengo de su casa, se veía muy feliz viendo películas con su nuevo amigo, ¿cómo es que se llamaba?, Jack, si ese era su nombre. —Dije con tono alegre fingido hasta la médula.
Sus ojos verdes se opacaron y sonreí triunfante. El chico era bastante bonito, metro ochenta, moreno, ojos verdes y buen físico, pero eso no le quita que sea un idiota de primera.
—Okay, me tengo que ir. —Soltó con una sonrisa amarga antes de irse casi corriendo.
Maldito idiota pensé.
Entré por fin a los pasillos, tomé todo lo necesario y lo no tan necesario también. Me dirigí a la caja y pagué rápidamente, salí fuera de la tienda en donde estaba corriendo un viento más fresco y me devolví hacia la casa de Jane. Era bastante grande la casa para uno solo, pero a ella le encantaba los espacios grandes, pensé mientras me acercaba por el camino de tierra.
Entré con la llave de repuesto que cogí antes de irme, caminé por el pasillo y me percaté que había luz al final del pasillo en donde estaba la cocina. Me detuve en el marco de la puerta para observar a Jane que estaba sentada sobre la encimera blanca —como toda la cocina— con un café en la mano. Al verme llegar con bolsas frunció el ceño.
—Yo iba a hacer las compras en unos días más —informó.
—Bueno… yo las hice y sabes que es lo mejor. Es que a ti no te costó ningún dólar. —Respondí con una sonrisa de revista y ella solo rió—. Me tengo que ir Janie, tengo una reunión. Adivina con quién comeré hoy –pregunté ordenando las bolsas de compras.
–Emm... No lo sé en este momento no logro recodar algo de demonología. —Dijo encogiendo los hombros. Eso no era una buena señal, ella siempre se acordaba de todo.
—Lucifer —seguí la conversación sin darle mucha importancia.
Ella abrió los ojos como platos.
—Suerte, por favor no hagas nada estúpido. —dijo y yo reí ante la idea. Ella me conocía lo bastante bien para saber que podría hacer algo tonto.
—Me voy entonces, adiós. —Me despedí dándole un beso suave en la mejilla.
—Adiós —sonrió.
Caminé por el pasillo y en cuanto cerré la puerta de la casa sentí como si se me hubiera olvidado algo, algo importante que no podía recordar. Monté la moto emprendiendo rumbo al centro de la ciudad.
Después de un poco menos de una hora encontré el local y entré al pintoresco café, no era muy grande, pero bastante acogedor. Justo detrás de mí entró alguien, me doy media vuelta y allí está Dios con la misma apariencia que tenía esta mañana en mi cocina.
—Hey. —lo saludé lo más informal posible haciéndolo para molestarlo.
—Buenas noches, Gabrielle —dijo muy formal. A veces pienso que ya se rindió que tuviera modales, ya que Miguel era el ejemplo de hijo perfecto según él y yo la hija rebelde.
—Vamos, nuestra mesa está por aquí —indicó y yo lo seguí.
Como era de esperarse Lucifer y no sé que quienes más, aun no llegaban. Nos sentamos y en seguida llegó la mesera para tomar nuestra orden.
—Yo quiero una gaseosa y... —alcancé a decir hasta que Dios me miró enojado.
—Lo siento no pediremos nada hasta que lleguen nuestros invitados —dijo y le gruñí.
La mesera se rió y se fue.
—Tengo hambre —protesté molesta.
—Espera hasta las diez y si no han llegado puedes pedir algo —respondió comprensivo, puede ser duro a veces pero sigue siendo un buen padre o madre, ya que Dios es una entidad asexuada.
Como nunca en la vida Lucifer llegó a la hora con dos demonios detrás.
Lucifer iba personificado como un hombre joven con barba y tatuajes, ojos oscuros, totalmente depredadores, nariz recta y vestido de perfecto n***o. Los otros dos demonios, uno era castaño con cara masculina y sensual, ojos verdes esmeraldas te hipnotizaban con sólo mirarlos y una sonrisa que derretía a cualquiera. El otro tenía el cabello n***o azabache, ojos oscuros que miraban con atención todo, una sonrisa arrogante y segura. Ambos la encarnación pura de la sensualidad y la tentación. Claro, eran demonios.
Tomaron asiento y saludaron.
—Buenas noches —saludó Lucifer con una sonrisa digna del Óscar.
Obviamente no era agradable para él ver a quien lo desterró, pero Lucifer solito se lo buscó.
—Buenas noches —saludó de vuelta Dios.
Y comenzó la clásica guerra de miradas de Dios y Lucifer. Siempre que había algún tema muy delicado que tratar ambos bandos se tenían que juntar y poder solucionar el problema, no es como que no se pudiera llegar a un acuerdo diplomático. Pero siempre —reitero siempre— los primeros minutos de nuestra no conversación, se basaban en la guerra de miradas de por lo menos cinco minutos entre ellos dos.
—Bueno si no les molesta voy a pedir algo para comer porque muero de hambre. —Comenté y los otros dos demonios se unieron a mí, ya que en más de una de estas situaciones los había visto.
Cada uno encargó la comida y ellos seguían en su guerra de miradas, solo pararon cuando la mesera les pidió su orden.
—Muy bien, ¿y el tema que nos convoca es? —Pregunté tomando un sobro de mi gaseosa.
—Es, mi querida Gabe, un ángel y un demonio se han fugado juntos y como sabrás el único lugar en donde pueden esconderse es aquí, en la tierra. —explicó Lucifer con su voz aterciopelada y sonrisa falsa.
—Mi querido Luci, gracias por la información. —Solté antes de pensar y molestando a Lucifer con un apodo que odiaba.
Los otros dos demonios estallaron a carcajadas, Lucifer me miraba con odio y Dios me regañó.
Como todos saben va en contra de la naturaleza que un ángel y un demonio estén juntos, ellos simplemente no pueden estar juntos. Y el único ejemplo que tuvimos uno de los dos murió por así decirlo ya que su existencia se fue a la cielo de la estrellas eternas y así va a ser siempre. Cada uno se destruye el uno al otro.
—Y queremos que trabajen juntos para encontrarlos, el demás trabajo lo haremos nosotros —dijo el niño a mi lado.
—Pero ustedes pueden verlo todo, Luci lo malo y tú lo bueno. –Lucifer gruñó y Dios rodó los ojos. Era primera vez que Dios rodaba los ojos, sonreí y reprimí mi risa. Esto se lo tenía que contar a Uriel.
—Se están protegiendo con algo y es su deber encontrarlos. Supongo que tú sabrás que nosotros estamos ocupados manteniendo el equilibrio del mundo y no jugando a la casita. —Soltó Lucifer con tono demandante.
—Como decirlo sutilmente Luci. Tú, imbécil, no me das órdenes. —Gruñí con tono afilado. Más de una vez habíamos jugado a las guerritas y casi siempre yo era la ganadora.
Gruñó y sus ojos se tornaron de un color rojo carmesí, yo me estaba parando lista para lo que seguía.
—Basta. —Interrumpió Dios enojado–. No comiencen una de sus estúpidas guerras —regañó.
—Bien —dijimos al unísono y nos sentamos de brazos cruzados.
—Gabrielle, ¿vas a aceptar la tarea? —Preguntó mi padre un poco más tranquilo.
—Claro —respondí al instante.
—Bien, él es Alex o Baal como lo conocemos los antiguos, mi mano derecha —apuntó Lucifer al moreno de ojos verdes—.Y él es Dank o Asmodeo, mi mano izquierda —apuntó al de ojos oscuros—. Espero que mantengas un poco de respeto ya que están es tu mismo rango —dijo muy despectivo y orgulloso Lucifer.
—Se supone que tú eres un rango más alto e igual te pateo el trasero —susurré para mí, pero bastante consciente que me había escuchado.
—Ella es Gabrielle, una arcángel y mi mano izquierda. —Me presentó Dios con mejor humor que hace unos minutos.
Nos saludamos con miradas y asentimientos entres los demonios y yo.
—Bien tengo cosas que hacer viejo, nos vemos. —se paró Lucifer y se alejó hasta salir del café.
Por lo menos comería en paz.