Una vez que Dios comió su tarta de fresas y su té, salimos del lugar. Los demonios se habían ido y sólo quedamos los dos.
—Tengo cosas que hacer —dijo a modo de despedida antes de desaparecer en un pestañeo, como siempre lo hacía.
Me encogí de hombros y caminé por la calle hacía donde estaba estacionada mi moto —porque al igual que él—, también tenía cosas que hacer. O mejor dicho cazar.
Fui directo a mi departamento por las calles menos pobladas para llegar más rápido, ya que la noche había caído y mi tiempo era escaso. Una vez allí, me dirigí a mi habitación y cambié mi ropa por mi atuendo para cazar. Éste consistía en una camiseta, pantalón y chaqueta, todo en color n***o. Luego tomé mi brazalete, el cual tenía una piedra angelical que hacía aparecer mi espada de fuego, con llamas sagradas, haciéndola la única con la que se podía exterminar demonios. Salí de mi departamento con el tiempo justo, así que rápidamente subí por la escalera de emergencia a la azotea del edificio.
Lo primero que vi al llegar fue la espalda de Rafael, otro arcángel como yo. Él si era como todos se imaginan a los ángeles. Tenía el cabello n***o y lacio, ojos azules hermosos, pómulos marcados, labios finos y mandíbula fuerte. Era bellísimo, pulcro y tenía una sonrisa que te hacía sonreír también a ti tan solo con verla. Y hoy, como siempre, se encontraba perfectamente vestido con un traje n***o que se ajustaba a su gran cuerpo, y tenía una corbata azul que combinaba perfecto con sus ojos.
Me acerqué a él e inmediatamente se dio media vuelta.
—Gabe —susurró y me enredó en sus brazos.
—Hola Raf —le devolví el abrazo—. ¿Hay demasiado trabajo hoy? —Pregunté con una leve sonrisa.
—No mucho –Respondió con una sonrisa gentil.
Rafael es como mi hermano mayor. No como Miguel, que es el "hijo perfecto". Raf es el protector de todos, aunque no es el mayor, actúa como tal, es comprensivo, modesto y amable. Además es algo así como mi mellizo, ya que nos crearon juntos. era fácil darse cuenta ya que compartíamos el color de ojos.
Sacó un pedazo de pergamino de su chaqueta y me lo ofreció. Lo tomé en seguida y la registré.
—Un demonio molestando a una niña con habilidades extrasensoriales, Abaddona tentando a una chica y espíritus atrapados por un demonio en un hospital. –Habló Rafael lo mismo que yo leía.
—He tenido peores días. —Me encogí de hombros con media sonrisa guardando el papel en mi bolsillo.
—Fue un gusto verte, Gabe. —Me devolvió la sonrisa y materializó sus alas absolutamente blancas mientras se paraba en el borde del techo.
—Espera. ¿Cómo está Uriel? —Pregunté preocupada.
Hace un par de años, Uriel, toda una belleza, se enamoró de un chico humano. Dios lo sabía, pero también comprendía que no cometería un error parecido al de los Grigori, los cuales crearon a los conocidos Nephilim o híbridos de ángel y humano. Ellos habían caído por la tentación, pero Uriel no era tan tonta.
—Está mejor… superándolo —sonrió de lado y saltó de la azotea.
Sonreí con amargura.
Mis alas hicieron acto de presencia materializándose en mi espalda y de inmediato noté su gran peso, que cada vez se hacía menos familiar al pasar tanto tiempo en mi forma humana.
Salté de la azotea al igual que Rafael y estiré mis alas abriéndolas en un gran arco. Es una de las pocas veces en la cual me podía sentir libre, sin nada que me até al suelo y simplemente volar. A veces echaba de menos el cielo en donde lo podía hacer todo el tiempo, pero cuidar a la humanidad era mi misión principal.
Primero iría por el demonio del hospital, ya que curiosamente era el hospital en donde estaba la niña acosada.
Miré la hora en mi celular, era cerca de medianoche. Resultaba curioso que a esta hora la mayor parte de los humanos durmieran, ya que es en la noche donde se esconden los peores peligros. Supongo que se confiaban.
Al llegar a la azotea del Hospital general de Lancaster, enseguida pude percatarme de la energía demoníaca de allí. No era nada parecido a un príncipe del infierno, pero si podía ser alguien de alto rango.
Desmaterialicé mis alas y entré al edificio bajando por las escaleras de emergencias. Dejé que mi intuición me llevara hasta la habitación de la niña. Bajé hasta el octavo piso y justo antes de abrir la puerta alguien me tomó de la cintura alejándome. Mi cuerpo en ese momento se comenzó a retorcer y luchar para que los brazos me soltaran.
—Está despierta, no hagas ruido —dijo en mi oído la voz que reconocí de inmediato como la de Dank.
La mano izquierda de Lucifer, Asmodeo, es uno de los siete príncipes del infierno y su pecado capital, la lujuria. En más de una ocasión me lo había topado pero jamás había hablado con él. Algunos decían que era el demonio más tentador de todos y que poseía un encanto de "ángel".
Relajé mi cuerpo y él captó eso dejándome en libertad.
—¿Cómo sabes que está despierta? —Interrogué en el tono más bajo posible y siendo demasiado consciente que mi espalda estaba aún tocando su pecho, y sus manos seguían puestas en mi cintura. Era bastante incómodo.
—Soy un príncipe el infierno —respondió con una leve risa, y fue un sonido exquisito al oído. Ahora entendía lo que decían algunos.
—Y yo soy un arcángel. —Contesté rodando los ojos, aunque sabía que no me vería por la oscuridad.
—Pero estas bastante oxidada. ¿Cuantas décadas has vivido en el mundo humano, preciosa? —Preguntó medio riendo, en un tono irónico con su voz sedosa y baja.
El sonido de su risa hizo que mi cuerpo vibrara y un pequeño escalofrío recorriera mi columna vertebral.
—Cállate —gruñí—, la niña nos puede escu...
—¿Quiénes son ustedes? —La voz de una niña me interrumpió.
Demasiado tarde, pensé con disgusto, mientras veía a la niña delante de nosotros. Tendría alrededor de unos ocho años, el cabello oscuro y unos enormes ojos violetas que nos miraban con recelo.
—Somos enfermeros, ya nos íbamos. —Dijo Dank y tomó mis hombros empujándome.
—Ustedes mienten —acusó y me percaté de que sostenía con fuerza un peluche de conejo blanco. Para la vista de los mortales era eso, pero yo era capaz de ver que el conejo era un talismán, hecho con magia blanca que repelía malas energías.
—Técnicamente él miente. Soy el arcángel Gabrielle. —Me presenté y ella abrió los ojos muy sorprendida.
—Sabía que los ángeles existían —sonrió victoriosa, y yo le devolví esa sonrisa.
—¿Quién te dio ese conejito? —Cuentioné acercándome a ella e inclinándome para estar a su altura.
—Una señora que se llamaba Jade. Era muy buena. —Dijo tendiéndome el conejo para que lo tomara en mis manos.
Lo recibí y sonreí de nuevo. Jade era la abuela de Jane.
—¿Quién es él? —Preguntó mirando con odio a Dank. Ella como persona con habilidades podía sentir las energías, y sabía que las de él no eran las más buenas.
—Es un compañero de misión —solté encogiéndome de hombros y eso relajó su cara.
—Uno de sus amigos me molesta, —tomó su peluche con más fuerza y se escondió entre mis piernas.
—¿Nos podrías decir en dónde está? —Susurré mientras acariciaba su cabeza.
—Le gusta estar en la morgue —respondió. Esta chica tenía talento para su corta edad. No cualquiera era capaz de leer sus intenciones, ella definitivamente era especial.
—Ven, vamos a dormir. Desde hoy él nunca más te molestará, —le aseguré y la guíe a su habitación.
Una vez que entramos pude ver la habitación iluminada por la esencia de la niña, y también manchas oscuras que hacían evidente el acoso del demonio.
La niña se acostó, y yo la acobijé. En unos minutos se quedó profundamente dormida, por lo que materialicé mis alas y saqué una pluma de ellas, una no tan grande y la dejé es su velador. A ella le serviría mejor que a mí.
—Se te dan bien los niños. —Hizo acto de presencia Dank, que me hizo saltar de la sorpresa.
—Sí, bastante bien —sonreí y salí de la habitación.
Comenzamos el camino a la morgue en silencio, pero pasado un momento él lo interrumpió.
—¿No te importa que ella sepa quién eres? —Preguntó con un verdadero tono de curiosidad.
—La verdad no. Ella ha visto cosas toda su vida que nadie más ve, y sé que guardará bien mi secreto —respondí sin que me importará mucho. Conocía un caso así, muy de cerca.
No dijo nada más hasta que faltaban metros para la sala de la morgue y esta vez yo interrumpí el silencio.
—¿Por qué estás aquí? —Dije dándome cuenta que no tenía idea de que hacía aquí y, que tal vez, vino a estorbar con mi trabajo.
—Digamos que el demonio que está aquí es uno poderoso, y se ha estado llevando almas que le pertenecen al infierno. Lucifer no está para nada feliz, por lo tanto a mí me toca venir ya que Alex esta algo ocupado —respondió con la verdad y me sorprendió viniendo de un demonio.
En momentos como estos agradecía poder saber si lo que salía de la boca de los demás era la verdad. Todo parte del pack arcángel.
Llegamos a la morgue, y el olor que se filtraba por las orillas de la puerta era nauseabundo. Abrí la puerta sin previo aviso y vi a una chica de unos quince años, pelirroja y de cuerpo lánguido. Cualquiera pensaría que es una adolescente normal, pero su mirada oscura y la sangre que tenía en la boca y las manos destacaban su verdadera naturaleza.
—Almadiel —susurró Dank muy sorprendido. Yo sonreí.
—Almadiel, siervo del duque del infierno Buriel, bajo el poder que me confiere Dios todopoderoso, te declaro culpable de inducir el odio a los espíritus que no te pertenecen e impedirles volver en paz. Y molestar a uno de los siervos de la gran deidad. Tu castigo será el exterminio total de tu esencia. —Recité mientras mis alas aparecían y del brazalete en mi mano derecha se materializaba mi espada ejecutora con las llamas ardiendo por toda la hoja.
—No me importa tu mierda de Dios, él no es nada mío. —Escupió con una voz gutural y una sonora carcajada.
—No es sólo él quien te quiere, Almadiel —comentó Dank a mi lado, refiriéndose a Lucifer.
—Asmodeo no es mi culpa, es Buriel. Mi señor me obligó a obedecer —mintió.
—¿Sabes que está mintiendo? —Sonreí de lado y pregunté con ironía.
—Es demasiado obvio —respondió Dank imitando mi sonrisa.
Me abalancé contra ella pero me esquivó subiendo al techo como una araña. Su cara se deformó y sus ojos se volvieron completamente negros. Rápidamente agité mis alas mínimamente y levité hasta el techo para tratar de bajarla pero lo hizo ella sola al esquivarme nuevamente. No perdí tiempo, y ya con los pies en el suelo volví al ataque. Ella era ágil y se movía con rapidez de un lado a otro utilizando todo el espacio de la morgue, por lo que papeles, camillas e incluso los c*******s terminaron en el suelo. Pude acorralarla un poco y en un movimiento rápido Dank, la tomó pero ella cortó su brazo con un cuchillo que sacó de su ropa haciendo que su sangre negra y espesa saliera de él. Inmediatamente aproveché para atacarla pero a su vez ella se dio vuelta y se abalanzó sobre mí también, y aunque en un movimiento traté de esquivarla, alcanzó a cortar mi muslo con el mismo cuchillo. No le di importancia al dolor que sentí al instante y la atravesé con mi espada.
—En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo. Descansa en paz alma perdida. —Recité antes que su cuerpo se transformara en polvo.
Tragué saliva y miré mi muslo. Estaba comenzando a ponerse n***o por la sangre de demonio que estaba entrando en mi sistema, y dolía como si fuego recorriera cada uno de mis tejidos nerviosos.
—¿Gabrielle, estás bien? —Preguntó Dank a mi lado.
—Duele como la mierda, pero estaré bien —dije tratando de ponerme de pie. Comencé a sentir náuseas, mareo y sudor saliendo de mí excesivamente.
—No está bien, llévala con su amiga, ella sabrá como calmar el dolor. Llama a Baal, nos vemos allí. —Escuché la voz de Lucifer tocando el polvo del demonio muerto.
Dank obedeció de inmediato. No quise que me llevara en brazos, mi orgullo de arcángel me lo impedía, así que me limité a aceptar su hombro para caminar con más facilidad, aunque solo quería arrancarme la pierna de un tirón. Apreté la mandíbula para no soltar ningún grito o gemido de dolor mientras me ayudaba a subir al puesto de copiloto.
Como demonio Dank no tenía alas, pero si un auto n***o bastante rápido.