Capítulo 5

1557 Palabras
Peython Lewis. —Ya ¡Dejame tranquila!—le pedía de manera altanera a Ian, quien no había dejado de reclamarme desde que crucé la puerta. —¿Para qué? ¿Para que hagas lo que quieras y te vayas con el primer imbécil que encuentres?—agarró mi brazo sin nada de sutileza, fuertemente—eso jamás ¿me oyes? ¡JAMÁS!—me grita esto último furioso. Está tan loco.. Casi siempre era la misma discusión insoportable. Llegaba del trabajo un poco después de que él lo hiciera, al entrar me esperaba con los brazos cruzados exigiéndome que deje mi empleo solo porque sus malditos celos lo manejan. Y no hay sentido, no soy nada suyo. O bueno, al menos Ian no lo veía de esa manera, para él desde que me conoció me volví de su propiedad, al parecer. Iba a contestarle pero la voz de mi querida madre se escuchó por los pasillos hacía acá. —Ay por Dios que son esos gritos- se quejó ingresando a la cocina, tapándose los oídos—me dan a dar jaquecas— Al verla venir, él me suelta bruscamente. —Oh estás aquí, seguramente hiciste algo que desagrade a Ian. Espero que no sea así, porque de lo contrario, te juro que te voy a...— —Ella no hizo nada malo, solo... he tenido un mal día y me desquité con ella— —Para eso está ¿no? Si quieres usala de saco de boxeo, no interesa—suelta una carcajada—quizás y la noqueas de una vez por todas— Agaché mi cabeza con rabia, tragando mis palabras bajo cobardía. No puedo comprender, a pesar de todo lo que he pasado, como esas palabras pueden salir de su boca sin rencor alguno. —Ya basta Grace, he dado una orden antes de ayer y espero que se cumpla—suspira—de lo contrario me veré obligado a tomar otro tipo de medidas— —No voy a tratar igual a esta...cosa—responde viéndome de pies a cabeza, con desprecio. —Grace detente— advirtió Ian ya enojado. Puedo notar como sus ojos se exaltan poco a poco. —Me encanta cuando te pones así, eres todo un macho alfa — sin importarle que esté yo presente, comenzó a besarlo. Que asco. Dios mío ¿Como hago para regresar el vomito a mi estómago? Este también la besó, sin despegar su mirada de mi lo cual lo hacía más repulsivo. Antes de que comenzaran a hacer cualquier otra cosa desagradable a mi vista, me marcho a mi habitación corriendo. No sé como al imbécil de Ian le da la cara como para hacer ese tipo de...demostraciones. Ay por favor Peython, abusó de ti cuando apenas comenzabas tu adolescencia y crees que no puede hacer otro tipo de cosas. Me senté cansada y suspirante. Pensante en lo que había sucedido la semana anterior, ya que, como mañana tengo que ir a terapia y mi psicólogo fue a mi trabajo la semana anterior....será extraño. Es decir, pudo ver una faceta de mi que casi nadie conoce, bueno, al menos las personas con las cuales frecuento. Pamplinas. Es solo una persona Peython, no el rey de Inglaterra. Me dirigí a la ducha para relajarme e irme a dormir por fin. Realmente estoy agotada. * Luego de unos largos 15 minutos salgo en pijamas y con el peine en la mano, pasando lentamente este por mi cabello. —Aún no hemos terminado de hablar— pego un leve salto por el susto que me provoca su voz— no tienes porqué hacerlo más difícil, Peython—suspira simulando cansancio—sabes que de uno u otro modo, la única que termina perdiendo eres tú— —¿Yo? Tu eres quien hace todos los días de mi vida difíciles— contesté enojada. Esto me supera. Me agota. Me sulfura. —Si tan solo te dejaras llevar y aceptaras esto que siento por ti todo sería diferente, podríamos ser..—le interrumpo. —Jamás lo haré, me desgraciaste la vida, abusaste de mi cuando tenia quince años ¡quince malditos años!— intenté que mi voz no se quebrara. Fallaste inepta. Él siempre será más fuerte que tú. Cualquier persona lo es. Eres una inútil, una inservible. Ni para defenderte sirves. Tonta, tonta, tonta. —Y te he dicho que me arrepiento...Peython, nena yo— suspiró y cerró sus ojos, acariciando su cien—debes entenderme, fue un momento de debilidad, estabas tan hermosa que yo...simplemente no me pude resistir—habla intentando justificarse. Es un imbécil, un psicópata. Ahora resulta que debo tener empatía con un monstruo como él. —Conmigo puedes tener todo lo que desees, te compraría la luna si así lo quisieras— Intentó tocar mi mano pero se lo impedí. No quiero que siquiera respire el mismo aire que yo, me asquea. —Lo único que quiero es salir de este maldito manicomio y no volverlos a ver jamás—cierro los ojos al decir aquello, nunca he sonado mas sincera. Eso pareció enfurecerlo ya que dio pasos amenazantes hacia mi. —Si algún día sales por esa maldita puerta, no será sola Peython, será conmigo¿me oyes? De mi maldita mano— —¡TIENES 40 ASQUEROSOS AÑOS!— estallé enojada. —Y TE DESEO Y AMO MÁS QUE A CUALQUIER OTRA PERSONA ¿TANTO TE CUESTA COMPRENDERLO?— —¿Y A TI TANTO TE CUESTA ENTENDER QUE TE ODIO? TE ODIO MALDITA SEA, TE ODIO IAN— De sorpresa tomó mi mandíbula con su enorme mano y me acorraló contra la pared. Sentí como mi alma se desprendía de mi cuerpo por milisegundos. Realmente estoy asustada. —Hazlo, odiame, vamos pequeña Peython, creeme que no me interesa— su respiración estaba agitada, al igual que la mía y en sus ojos se reflejaba la ira. —Mientras yo esté vivo, absolutamente nadie te podrá despegar de mi ¿comprendes? Nadie. Así que guarda bien ese sentimiento de rencor dentro de una cajita, porque lo tendrás dentro hasta que se me cante la gana—suelta una risa seca—Soy Ian King y tengo lo que deseo cuando lo quiero, incluida tú, y no podrás hacer nada para detenerme— Luego de su amenaza, pegó sus labios a los míos. Brusco y acelerado, asqueroso, repugnante y repulsivo. No habrían palabras para describir aquello. Repulsivo. Lucho por despegarme pero no puedo y la desesperación se mezcla con el miedo y la rabia. Hasta que por fin, al cansarse de mi pequeña lucha se separa de mi mirándome desafiante. —Que crees nena, hoy dormiremos juntos— sentí mi rostro palidecer y mis ojos aguarse— tranquila Pey solo dormir, no pasará nada... a menos que quieras— Apretó mis muslos e intenté separarme. —No creo que a tu esposa le haga mucha gracia que no duermas junto a ella—lanzo esas palabras con la esperanza de que cobre algo de sentido su putrefacta mente. Por favor, por favor. —Por eso no te preocupes que un poco de vino y pastillas para dormir lo arreglan todo— tocó mis mejillas— además de que, me da asco tan solo tocarla— Pegó su boca a mi oído y susurró—A la única a quien deseo tocar es a ti— Negué lentamente. Calmate Peython, si huele tu miedo será peor. —Y...tu-tu hija— Por favor, por favor. Ian se carcajeó y acarició mi espalda. —No está en la casa y no llega hasta mañana—mierda. Respiré hondo y desvié la mirada a la puerta. —Le he puesto llave, no puedes salir— Chillo frustrada. Ya no hay nada que hacer, no quiero terminar con el cuerpo y rostro morado. Ay por favor, das lastima Peython. —Estoy cansada— suelto derrotada. —Bien— se separa de mi— vamos a dormir— comienza a desabotonar su camisa y atino a correr a la cama y esconderme bajo las sábanas. ¡Genial Peython! Como si eso resolviera tus problemas. Así como cuando era pequeña y le temía al monstruo de la oscuridad. Aunque ahora ya no era una ilusión, esto era real. Escuché su escandalosa risa y pasos acercarse. —Recuerdame comprarte una cama más grande— bromeó como si la situación fuese la mas chistosa del mundo. Tranquila Peython, respira... El colchón se hundió e Ian destapó mi rostro. Mi corazón se para. Pum. Pum. Pum. Los latidos son tan fuertes que hasta se podrían oír desde el otro lado de la ciudad. —Mi preciosa— susurró antes de salivar mi cara. Y así transcurrió la noche.. entre besos asquerosos y una incómoda charla, logré dormirme pensando y martillando mi cerebro. La cobardía está en los genes de quienes más se creen fuertes. Y la fortaleza está en aquellos que se creen débiles. Quizás sea cierto, pero no sé como salir a la luz. Los brazos fuertes que me rodean en sueños son los de él. Son los brazos del demonio quien no me deja en paz. Son las piernas del diablo que me atan a las suyas. Son los supiros de Caín quienes no me dejan hablar. Y los besos de lucifer los que no me permiten gritar.
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