Capítulo — La amiga del alambrado Una semana había pasado desde que Julieta volvió a instalarse en la hacienda de Don Eusebio. Una semana entera donde el silencio del campo se había convertido en su refugio, y la rutina, en su manera de mantener la calma. El ómnibus la había dejado temprano en la parada en la ruta que iba rumbo a Minas, y allí, el capataz de Eusebio la esperaba en la camioneta para llevarla de regreso. El viaje hasta la estancia fue distinto esta vez: a lo lejos se veían las sierras bajas de Lavalleja cubiertas de neblina, el verde del campo recién lavado por la lluvia, y algún que otro jinete solitario arreando ganado. La ruta cortaba los campos como una línea infinita, y Julieta, apoyada contra la ventanilla, no pudo evitar pensar que esa soledad que veía también era l

