Capítulo — Semillas de esperanza El mes había pasado lento y extraño para Julieta. Su cuerpo ya no le pertenecía del todo: las náuseas la sorprendían al amanecer, y había días en que apenas lograba levantarse de la cama. El olor de la leche recién ordeñada le revolvía el estómago, y por primera vez desde que estaba en lo de Don Eusebio, no siempre podía cumplir con su rutina matinal. —No se aflija, mija —le decía el viejo con ternura, dejándole un mate sobre la mesa—. Ahora lo importante es usted y ese gurisito que lleva adentro. Malú puede esperar. Ella sonreía con gratitud, aunque por dentro la incomodaba sentirse limitada. Había crecido toda su vida demostrando que era capaz de todo, que podía con todo, y ahora su propio cuerpo le enseñaba otra lección: a veces había que rendirse y d

