La noche en el infierno de Lucifer, como me gustaba llamarla a Sol, quemó tanto como en el mío. Ella no desvió la mirada severa desde las dos mesas por delante que nos separaban, con intentos fallidos de cohibirme porque comenzaba acostumbrarme a su intensidad y usarla a mi favor, correspondiéndole y manteniéndome en su línea sin bajar la guardia, incluso cuando Alicia acariciaba mi pierna por debajo de la mesa y buscaba mi contemplación para decirme cosas al oído, busqué su mirada para comprobar que mi jefa, estaba encendida de la bronca, sin poder decirme nada porque no había contacto alguno que ella no pudiera aprobar, porque no lo veía. Los discursos aburridos de los empresarios me inducían en un sueño un poco vergonzoso, ya que mi clienta era muy social con sus compañeros de mesa y

