Los días pasan de prisa, solo faltan cuarenta y ocho horas para estar parada frente a el altar con mi amado Santiago. Me encuentro frente a el espejo probando mi vestido de novia, de pronto la puerta se abre y me quedo en trance. La tía Selma, le llamo así, aunque sé que no es mi tía pero desde que me casé con Santiago le llamo así, por todo el cariño que me a brindado. La antes nombrada tapa los ojos de Santiago y él se queda gélido. —San, sabes que no puedes ver a la novia antes de la boda —Tía, esas son creencias tontas, veo a mi esposa todos los días —Sal ahora de aquí— le gira y lo saca, antes de cruzar el mural de la puerta San gira su rostro y me lanza un beso. —Osita, estás hermosa. La tía Selma le da un pequeño manotazo en la ancha espalda de mi esposo y cierra la puerta

