Había oído maravillosas historias sobre los castillos, desde su creación hasta su construcción y no podía evitar sentir una fascinación incomparable por cada uno de ellos, pero el Castillo del Ramos me atraía más...Ninguno de mis mejores amigos estaban de acuerdo con mi gusto tan peculiar, decían que era espeluznante y les provocaba escalofríos.
—Vamos, no soy tan rara.
—Claro que lo eres —dijo Ana.
—Bueno, estoy segura de que Aldo me entendería.
—Esta vez no —dijo.
—¿Por qué?
—Te has pasado de la raya. Que te gusten los castillos extraños está bien, pero que te guste especialmente el de Ramos, es, sinceramente, otro nivel.
—Sigo insistiendo, no le veo lo raro.
—Tú estás acostumbrada a ese tipo de rarezas, pero nosotros no estamos acostumbrados a ver cuerpos multilados y colgados desde los balcones, y peor ver intestinos regados por toda la entrada.
—¿Solo por eso? —viré los ojos. Estaban exagerando.
—Sí, por eso.
—Saben que siempre pueden dejarme y enfocarse en sus cosas. Al fin a cabo, la única beneficiaria de esto soy yo.
—Aunque querramos, no podemos porque somos tus mejores amigos, y un mejor amigo no abandona.
—Solo no se quejen y estaré bien con la compañía de ustedes.
—Trato hecho.