Estábamos todos reunidos en la sala principal mientras esperábamos la llegada de Andrés, el jefe de marketing. Mi compañero, con el que mejor nos llevábamos en la oficina, me mencionó que estaría a punto de anunciar un ascenso y que él esperaba que fuera yo.
—No insistas —le dije a Piero, mi compañero.
—Tu trabajo es asombroso —insistió.
—¿Cómo puedes…?
Andrés ingresó a la sala y comenzó a revisar el trabajo de cada uno. No podía evitar que los nervios me consumieran.
—¿Adriana, no? —preguntó Andrés.
—Sí, señor.
—¡Es fascinante tu trabajo! Noto que cubriste todo el cuerpo excepto por las manos y pies.
—Así es, cubrí todo su cuerpo con vinagre, hígado y sangre de unos de los cuerpos de la morgue que sobraba, mientras que dejé descubierto sus manos y pies, no podía dañar su manicura y pedicura.
—Estilo muy interesante. ¿Qué hiciste con su sangre?
—Drené todo lo que pude y lo preservé en una funda de plástico con formol. Luego realicé una incisión en el abdomen y lo guardé ahí.
—No necesito revisar más trabajos. Este me ha cautivado.
—¿Adriana? Puedes oírme —insistió Piero.
—¿Qué pasó? Solo me quedé ensimismada por unos segundos.
—¡Felicidades! Nueva doctora forense —me colocó la medalla de honores en mi cuello y me entregó el cartón más importante de toda mi carrera universitaria con mi nombre en él.