—Vete a la cama mientras todavía te lo permita— le ordenó secamente. Le hizo perder el equilibrio y casi caer al suelo y se apresuró a salir de la habitación. Yamina se quedó parada a la luz de la luna. Se sintió aturdida, como si hubiera caído una bomba a su alrededor y todo estuviera en inmenso desorden. No acertaba a ordenar sus pensamientos, dominada aún por el éxtasis que la invadió cuando él la tomó entre sus brazos. Le era difícil comprender qué significaba todo aquello, qué significaba el loco palpitar de su pecho. Le dolían aún los labios por la violencia de aquellos besos y, al mismo tiempo, anhelaba que él volviera a besarla. Acercándose a la escotilla apoyó la mejilla contra la frescura del vidrio y observó la plateada belleza de Monte Santo. Pero ni aún el sereno paisaje

