Capítulo VIIJenkins se había excedido en sus esfuerzos por proporcionarles una deliciosa comida la cual se rociaron con una botella de exquisito vino blanco que Lord Castleford había traído consigo. Pero a Yamina le resultaba difícil pensar en otra cosa que en el hombre sentado frente a ella, y cada vez que sus ojos se encontraban era como si el mundo se detuviera. Se preguntaba cómo pudo considerarlo ajeno e indiferente. Lo sentía ahora vibrar emocionado y su voz había adquirido una profundidad de que antes carecía. Ella jamás imaginó que pudiera llegar a sentirse como ahora, que una ilusión así le hiciera pensar que jamás había vivido hasta ese momento. Muchas veces soñó estar enamorada. En Rusia, el amor era parte del vivir; la música, la literatura, la gente toda, se movía impulsad

