Capitulo —¿Como se atrevió a abandonarlo?
Punto de vista — Francisco Noble
La casa estaba vacía.
Vacía de voces, vacía de pasos chiquitos, vacía de esa rutina que, aunque él la despreciara, le confirmaba algo básico: que el mundo seguía girando a su alrededor. Ahora no había nada. Solo el zumbido constante del aire acondicionado y su respiración, cortada, áspera, como si el aire le costara.
Francisco caminaba de un lado al otro sin rumbo, con la camisa arrugada, el nudo de la corbata flojo, la mandíbula apretada. Cada tanto se detenía, miraba un punto fijo, como si ahí estuviera la explicación, y después volvía a moverse. No sabía quedarse quieto. No podía. La quietud lo obligaba a pensar.
Y pensar era peligroso.
La rabia lo venía comiendo por dentro desde que Paula se fue. Pero había algo peor que la rabia: la sensación de traición. Esa idea insoportable de que lo habían desafiado. De que le habían arrancado algo que era suyo.
Paula se había llevado a Sergio.
A su hijo.
Y eso era lo único que no podía perdonar.
El recuerdo le volvió como una puñalada: el rostro de Paula, la sorpresa en sus ojos, el golpe seco cuando la empujó contra el sillón. Nunca la había golpeado antes. Nunca había cruzado esa línea. Se había encargado de destruirla de otros modos: con palabras, con gritos, con ese control sutil y sostenido que la obligaba a pedir permiso para respirar. La había encerrado sin poner rejas. La había doblegado sin necesidad de marcas visibles.
Hasta ese día.
Ese día perdió el control… y se lo había mostrado. Se lo había mostrado de la peor manera.
Ella había escuchado la llamada.
Las palabras le ardían todavía en la garganta, como si hubieran sido veneno. Haz lo que tengas que hacer. Si tienes que matarlo. El cargamento tiene que entrar. Y el horror no era haberlo dicho. El horror era admitir que Paula lo escuchó y lo entendió.
En ese mismo instante, ella eligió huir.
—¿Cómo pudo hacerlo? —murmuró, y la voz le salió ronca, como si estuviera hablando desde un lugar enfermo dentro de sí.
¿Cómo se atrevió a irse? ¿Cómo se atrevió a abandonarlo después de todo lo que él le había “dado”?
Porque así lo veía. No como amor. Como inversión. Como propiedad. Como un pacto en el que ella debía agradecer de por vida. Había construido para ella una vida impecable desde afuera: casa, comodidad, apellido, apariencias. Lo que no se veía —la oscuridad real— era su manera de administrar el mundo.
¿Acaso no se dio cuenta de todo lo que hice por ella?
El pensamiento lo irritó todavía más, porque tenía ese sabor de víctima que odiaba reconocer en sí mismo. Francisco no era víctima de nadie. Francisco era el que decidía.
El polvo de cocaína que había inhalado esa mañana seguía corriendo por sus venas. Le daba una energía sucia, una electricidad que no sabía dónde descargar. Los dedos le temblaban apenas. La cabeza le iba rápido. Demasiado rápido. Podía sentir su propio pulso en las sienes.
No paraba de pensar.
No encontraba soluciones.
Solo imágenes: Paula con el bolso, Paula apretando a Sergio contra el pecho, Paula mirándolo como si él fuera un desconocido… o peor, como si fuera un enemigo.
Esa mirada lo había dejado marcado.
Sergio, en cambio, era otra cosa.
Sergio era su trofeo. Su extensión. Su prueba de dominio. Un hijo criado en su casa, bajo sus reglas, destinado a parecerse a él, a aprender a obedecerlo. Y ahora ese niño estaba lejos, fuera de su alcance.
¿Y Paula?
Paula era su esposa. Su propiedad. La mujer a la que había reducido a un espacio pequeño para que no pudiera moverse demasiado. Pero se le escapó. Se le escapó como agua entre los dedos.
Y lo peor era lo que eso decía de él.
Francisco apretó los puños, sintiendo cómo la culpa empezaba a intentar entrar. Pero la culpa en él no era arrepentimiento. Era molestia. Era rabia por haberse permitido un error.
Porque, en su cabeza, el error no era haberla golpeado.
El error era haberle dado una salida.
Nadie se me escapa.
Nadie.
Se repitió eso como un mantra mientras salía hacia su despacho, como si el cambio de escenario pudiera devolverle control.
La oficina era impecable. Madera oscura, muebles pulidos, cuadros caros elegidos para imponer respeto. Todo lucía como el lugar de un hombre que sabía lo que hacía. Pero adentro, en su cabeza, no había orden. Había una guerra.
Las sillas estaban vacías. Nadie lo esperaba. Las llamadas que había hecho eran inútiles. Los tipos a los que les pagaba por “lealtad” de pronto estaban ocupados, fuera de cobertura, con excusas ridículas.
Nadie quería meterse.
Porque Paula tenía contactos.
Porque el asunto olía a escándalo.
Y porque, si la policía o la ley se acercaban demasiado, todos podían caer.
Francisco lo sabía. Y esa soledad —esa certeza de que, cuando el incendio se acerca, cada uno salva su pellejo— lo enfureció todavía más.
Solo uno aceptó verlo.
Carlos Montessoro.
El policía entró como si la vida fuera simple. Traje gastado, ojos fríos, calma entrenada. De esos hombres que siempre parecen estar un paso por delante, no porque sean inteligentes, sino porque saben ensuciarse las manos sin que se les note.
Montessoro lo miró sin juzgarlo, como si ya hubiera visto cosas peores. Se encendió un cigarro con una parsimonia irritante y se acomodó en el sillón de la oficina privada.
—Te ayudaré, Noble —dijo—. Pero no me pidas milagros.
Francisco lo miró fijo.
Esa tranquilidad ajena le molestaba. El policía sentado ahí como si fuera una reunión más, como si su familia no acabara de desaparecer.
—Necesito a mi hijo —dijo Francisco, y se sorprendió a sí mismo por cómo le tembló la voz en el fondo—. Y necesito a Paula. Los quiero a los dos. Y los quiero ya.
Montessoro soltó una bocanada de humo y asintió, lento.
—Voy a mover contactos. Cámaras. Registros. Aeropuertos si hace falta. Pero escuchame bien: las cosas han cambiado. Y si ella se fue con ayuda… no va a ser tan fácil encontrarla.
Con ayuda.
Esa frase se le clavó como un anzuelo.
Francisco sintió un retorcimiento en el estómago. ¿Quién la ayudó? ¿A quién se le ocurrió meterse? La idea de alguien tocando lo que era suyo le encendió algo oscuro.
Montessoro se levantó para irse.
—Te aseguro que lo conseguiré —dijo, ya en la puerta—. Y cuando lo haga, Paula no tendrá más remedio que regresar.
La puerta se cerró, y Francisco quedó solo.
El silencio le cayó encima.
Miró alrededor. Papeles, carpetas, contratos sin abrir. De pronto todo se le hizo irrelevante. ¿De qué le servían millones y poder si no podía imponer lo básico, lo que siempre había creído indiscutible?
Se acercó a la ventana. La luz de la tarde entraba débil, como cansada. El aire acondicionado seguía zumbando, y de repente lo odió. Ese sonido constante parecía burlarse de él.
Agarró el teléfono y marcó. Uno de los pocos números que sabía de memoria. El tono sonó. Una vez. Dos. Tres. Nadie.
—¡Contesten! —susurró entre dientes, y sintió cómo la ira volvía como una ola.
Había pagado favores durante años. Había comprado silencios, lealtades, obediencias. Y ahora que necesitaba algo, todos se escondían. Todos fingían no escuchar.
Desde la calle le llegó el sonido de un auto. Miró por la ventana y vio el vehículo de Montessoro alejándose. No estaba volviendo. Se iba. La realidad lo golpeó con una crudeza insoportable: estaba más solo de lo que se permitía admitir.
Paula se había ido.
Ella, que siempre había estado ahí, incluso cuando él la despreciaba. Incluso cuando la trataba como un objeto que debía quedarse en su lugar.
Y ahora su hijo también estaba fuera de su alcance.
En la mesa había una foto familiar. La miró sin tocarla. En la imagen, todos sonreían. Paula sostenía a Sergio, él posaba con esa expresión impecable, ensayada, perfecta para los demás.
La sonrisa era una fachada.
Siempre lo había sido.
Francisco apretó la mandíbula.
Ella nunca lo había amado. Nunca. Tal vez lo había temido. Tal vez lo había tolerado. Pero amor… eso era otra cosa.
Y aun así, se había quedado.
Hasta que dejó de hacerlo.
Un golpe suave en la puerta lo sacó de sus pensamientos. Un asistente asomó la cabeza para avisarle algo, pero Francisco ni lo escuchó. Lo despachó con una mirada. No podía tolerar interrupciones. No podía tolerar debilidad ajena.
Entonces el teléfono vibró.
Número desconocido.
Algo en su estómago se tensó. Contestó.
—¿Sí?
—Soy yo.
La voz la reconoció antes que su mente. Paula.
El pecho se le cerró, como si lo hubieran golpeado por dentro. La sostuvo en la oreja con una fuerza que casi le dolió la mano.
Pero ella no le dio margen.
—No busques más. Ya tomé una decisión.
Francisco sintió, por un segundo, una ráfaga de alivio enfermo: estaba hablando. Paula estaba ahí, del otro lado. Seguía existiendo dentro de su mundo.
—Volvé, Paula —dijo, intentando recuperar su tono de siempre—. Vos sabés cómo termina esto. Volvés.
Silencio.
Un silencio largo. Denso. Un silencio que no era duda: era control. Pero no el suyo. El de ella.
Y cuando Paula habló, su voz fue más fría que nunca.
—No lo entendés, Francisco. Ya es tarde para nosotros. Y ya no te pertenezco. Ni vos ni nadie me posee.
La llamada se cortó.
Francisco quedó con el teléfono en la mano, mirando la nada, sintiendo un vacío que no sabía nombrar. No era tristeza. No era dolor. Era otra cosa: la primera grieta real en su idea de control.
Paula había hablado… y no había pedido permiso. No había suplicado. No había temblado.
Y eso lo enfureció de una manera nueva.
Lenta. Profunda. Peligrosa.
Apretó el teléfono hasta sentir que le dolían los dedos, y en su cabeza, como una promesa oscura, una sola certeza se formó:
Paula y su hijo eran suyos.
Y él iba a asegurarse de que el mundo entero lo recordara.
Porque el final todavía no estaba escrito.
Y Francisco Noble no era un hombre que permitiera perder.