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INFILTRADO Una Red de Mentiras

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INFILTRADO Una Red de MentirasValentino Moreno y Álvaro Méndez enfrentan su misión más peligrosa al infiltrarse en el círculo de Francisco Noble, un empresario carismático que oculta una red de narcotráfico, corrupción y abuso doméstico. Paula Suárez, esposa de Francisco, lucha por proteger a su hijo Sergio tras ser obligada a regresar a un hogar lleno de violencia y control.Con la ayuda de Julián Funes, un abogado comprometido, y el trabajo encubierto de Valen y Álvaro, se desmorona la red criminal que protegía a Francisco. En un desenlace lleno de acción y sacrificios, Paula recupera la custodia de Sergio, encuentra esperanza en Julián, y comienza a reconstruir su vida.Un cierre impactante para la saga, donde la verdad y el amor triunfan sobre las sombras.

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1— El Dolor de la Traición
Prólogo La huida La noche no hizo ruido cuando Paula cerró la puerta. Fue cuidadosa. Demasiado. Como si el mundo entero pudiera despertarse con el más mínimo error. Sus dedos temblaban al girar la llave, no por el frío, sino por el miedo que le recorría el cuerpo desde hacía semanas y que, esa noche, por fin había decidido escuchar. Sostuvo a su hijo contra el pecho. Sergio dormía. La respiración pequeña, tibia, ajena al abismo que ella estaba cruzando. Tenía el pulgar cerca de la boca y el ceño apenas fruncido, como si incluso en sueños intuyera que algo estaba mal. Paula apoyó la frente en su cabeza y cerró los ojos un segundo. Solo uno. Porque detenerse era peligroso. El bolso colgaba de su hombro, liviano. Demasiado liviano para una huida. No había fotos, ni recuerdos, ni objetos importantes. Solo documentos, algo de ropa y lo imprescindible para no volver. Nunca. Avanzó por el pasillo con pasos mudos. Cada sombra parecía moverse. Cada crujido del piso era una amenaza. El miedo no era nuevo; llevaba años conviviendo con él. Lo nuevo era la decisión. No iba a quedarse más. No iba a esperar otra explosión. Otro grito. Otra mirada que prometía daño aunque la boca sonriera. No iba a permitir que su hijo aprendiera que el terror era normal. Al llegar a la puerta principal, dudó. Un segundo. Recordó su voz. Su forma de hablarle cuando nadie miraba. Las manos que apretaban un poco más de lo necesario. Las palabras que no dejaban marcas en la piel, pero sí en todo lo demás. Tragó saliva. —No permitiré que te lastime a ti también —susurró, apenas, contra el cabello de su hijo. La frase no era una promesa. Era una sentencia. Abrió la puerta. El aire de la noche la golpeó de frente, fría, oscura, real. Afuera no había certezas, ni protección, ni garantías. Solo una calle vacía, un auto esperando y un futuro completamente desconocido. Pero también había algo más. Una posibilidad. Paula caminó sin mirar atrás. Cada paso era una ruptura. Cada metro, una vida que se cerraba para siempre. Subió al auto, acomodó a Sergio con manos firmes pese al temblor, y arrancó. Cuando el vehículo se perdió en la oscuridad, la casa quedó atrás. Silenciosa. Imponente. Vacía. Y por primera vez en mucho tiempo, Paula no sintió miedo de lo que dejaba… sino de lo que había tardado tanto en huir. Capítulo 1 El dolor de la traición Francisco Noble empujó las puertas dobles de su despacho con una violencia que no era nueva, pero que esa noche tenía algo distinto. No fue solo rabia. Fue desesperación. La madera crujió bajo el impacto y el sonido se expandió por la sala como un disparo seco. Nadie se sobresaltó. Todos lo estaban esperando. Sabían que llegaría. Y sabían que no vendría a pedir ayuda: vendría a exigirla. El aire estaba espeso, cargado de whisky caro, humo viejo y un rastro químico casi imperceptible. Un olor que no pertenecía a la habitación, sino a él. Francisco avanzó unos pasos, con el cuerpo rígido, los hombros tensos, como si cada músculo estuviera preparado para atacar. Sus ojos estaban rojos, vidriosos, inyectados en sangre. No era solo alcohol. No era solo una falta de sueño. Era el desgaste de alguien que llevaba demasiado tiempo creyéndose invencible… y que, de pronto, había descubierto una grieta. A simple vista seguía siendo Francisco Noble: traje oscuro a medida, camisa perfectamente planchada, zapatos lustrados. El hombre al que todos temían. El que nunca pedía nada porque siempre tomaba lo que quería. Pero esa noche su cuerpo lo delataba. Las manos le temblaban. Apenas. Lo suficiente para que alguien atento lo notara. El cabello, normalmente impecable, estaba levemente despeinado. La mandíbula apretada con tanta fuerza que parecía a punto de quebrarse. Francisco Noble no perdía el control. Hasta ahora. —Necesito que me ayuden. Su voz salió grave, raspada, con un filo peligroso. No era una súplica. Era una orden mal disimulada. El silencio cayó sobre la sala como una tapa de hierro. Alrededor de la mesa estaban los hombres que sostenían su imperio desde las sombras: políticos con sonrisas públicas y manos manchadas, empresarios que movían cifras obscenas sin dejar rastros, oficiales de alto rango que sabían exactamente cuándo mirar hacia otro lado. Todos habían recibido algo de Francisco. Y todos le debían algo. —Paula… —continuó, y el nombre de su esposa se convirtió en veneno apenas cruzó sus labios—. Paula se llevó a mi hijo. Alzó la voz de golpe. —¡Me lo robó! ¡Me lo secuestró! El puño cayó contra la mesa. Las copas vibraron. El whisky se agitó. El sonido resonó como un trueno contenido. Bajo la furia, había algo más. Miedo. Uno de los oficiales, alto, de rostro pétreo, habló sin levantarse de su asiento. —Francisco, cálmate. No fue un pedido. Fue un aviso. —¿Qué quieres decir con “secuestro”? Francisco se inclinó hacia él, los ojos encendidos. —Se lo llevó del país. Desapareció. No avisó. No preguntó. No dejó una explicación. Nada. —Escupió las palabras—. Huyó como una cobarde, llevándose a mi hijo. El silencio que siguió fue peor que una discusión. Nadie respondió de inmediato. No porque dudaran qué decir, sino porque estaban evaluando cuánto de aquello era verdad… y cuánto no. Un empresario de cabello gris, mirada calculadora y voz siempre medida, se cruzó de brazos. —Francisco… ¿por qué tu esposa haría algo así? La pregunta fue suave. Pero letal. Francisco sintió que algo se cerraba en su pecho. Sabía lo que pensaban. Sabía que ninguno confiaba completamente en él. Nunca lo habían hecho. —Está confundida —dijo, forzándose a sonar firme—. Se dejó llenar la cabeza de mentiras. De gente que quiere destruirme. Pero no voy a permitirlo. No voy a dejar que me quite a Sergio. El nombre de su hijo lo atravesó como un golpe. Algunos bebieron de sus copas. Otros desviaron la mirada. El oficial con una cicatriz marcada en la mejilla apoyó los codos sobre la mesa. —Seamos claros, Francisco. Si Paula huyó así, no fue por capricho. Algo la hizo salir corriendo. —¡Mentira! —rugió—. ¡Yo no hice nada! Pero ni él creyó del todo sus propias palabras. El oficial chasqueó la lengua. —No nos vengas con cuentos. Todos acá sabemos quién sos. ¿Querés que creamos que ella simplemente se volvió loca? Un escalofrío le recorrió la espalda. Por primera vez en años, Francisco sintió que el control se le escapaba. —No hice nada —repitió, con los dientes apretados. El empresario de cabello gris tomó un sorbo de whisky. —No estamos aquí para juzgarte. Estamos para decidir qué conviene hacer. Francisco pasó las manos por su rostro. Respiró hondo. —No me importa el costo. No me importa a quién tenga que mover. Quiero a mi hijo de vuelta. —Podemos encontrarla —dijo el oficial de la cicatriz—. Pero habrá que actuar rápido. —Y con discreción —añadió el empresario—. Si esto se filtra, tu caída nos salpica a todos. —Nadie se va a enterar —prometió Francisco—. Paula no sabe con quién está jugando. Carlos, el oficial de la cicatriz, se levantó. —Haré algunas llamadas. Tenemos poco tiempo. Francisco asintió, pero ya no estaba escuchando. Caminó hacia la ventana. La ciudad se extendía ante él, brillante, sometida. Siempre había sido su reino. Esa noche, por primera vez, no le ofrecía consuelo. Cerró los ojos. Porque perder nunca había sido una opción. Y, sin embargo, algo ya se le estaba escapando de las manos. Cuando Francisco abandonó el despacho, lo hizo con pasos firmes y la respiración descontrolada. La puerta se cerró tras él con un golpe seco. Durante unos segundos, nadie habló. Solo el hielo derritiéndose en las copas. El empresario de cabello gris rompió el silencio. —Yo no voy a apoyar a un narcotraficante que se droga con la misma basura que vende. Nadie lo contradijo. —Siempre fue un bastardo —dijo otro, de barba prolija—, pero antes tenía cabeza. Ahora se está consumiendo solo. —Esa mujer lo soportó todo —agregó el primero—. Para que haya huido así… tuvo que ser algo imperdonable. Paula. La mujer silenciosa. Sumisa. Invisible. Y aun así, había escapado. —No pienso mover un dedo por él —dijo un oficial—. Está acabado. —Y nos va a arrastrar cuando caiga —sumó otro. Las decisiones se sellaron en silencio. Nadie ayudaría a Francisco. Excepto uno. Carlos se levantó lentamente. —Yo lo ayudaré. Las miradas se clavaron en él. —¿Por qué? —preguntaron. Carlos sonrió de lado. —Porque cuando todos se bajan del barco… es cuando más provecho se puede sacar del naufragio. Bebió el último sorbo de whisky y dejó el vaso sobre la mesa. —Sé perfectamente cómo nadar en la mierda sin ahogarme. Y salió del despacho, dejando atrás el olor a poder, alcohol… y traición.

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