Capitulo —Escapando
Narrador
Era una mañana como cualquier otra.
Al menos, eso parecía desde afuera.
La casa estaba en silencio, demasiado silencio, de ese que no trae calma sino advertencia. El aire se sentía pesado, cargado, como si las paredes supieran algo que todavía no se había dicho en voz alta. Paula lo percibía en la piel, en el pecho, en esa incomodidad persistente que no lograba sacarse de encima.
Estaba sentada en el suelo, observando a su hijo. Sergio, de apenas dos años, jugaba tranquilo con unos bloques de colores. Los apilaba con torpeza, los tiraba, reía cuando caían. Su risa era limpia, ajena, completamente inocente.
Paula no podía dejar de mirarlo.
Pensó, por un instante absurdo y doloroso, que si el mundo se rompía, él no lo entendería. Que seguiría jugando, buscando su mano, llamándola mamá sin saber que algo irreparable estaba ocurriendo.
Los gritos de Francisco siempre habían sido parte de la casa.
Una constante.
Un ruido de fondo al que, con el tiempo, había aprendido a sobrevivir.
Pero esa mañana fue diferente.
No hubo un motivo claro. No hubo una señal concreta. Solo una urgencia interna, una presión en el pecho que la obligó a levantarse. Algo la empujó hacia el pasillo. Hacia la oficina.
Cada paso le pesaba.
La puerta estaba entreabierta. Paula se detuvo, sin atreverse a entrar del todo. Entonces escuchó su voz.
—Haz lo que tengas que hacer. Si tienes que matarlo… que lo maten.
El mundo se detuvo.
El corazón de Paula dio un salto violento, como si hubiera perdido el ritmo. Se quedó inmóvil en el umbral, con la respiración contenida, sintiendo cómo la sangre le golpeaba en los oídos.
Francisco nunca había hablado así delante de ella. Nunca con esa frialdad.
No gritaba. No insultaba.
Ordenaba.
—El cargamento tiene que llegar al puerto, sí o sí —continuó—. No me importa lo que tengas que hacer. No voy a perder un solo dólar. ¿Me escuchaste? Asegúrate de que todo entre. Todo. El día acordado.
Paula sintió que las piernas le temblaban.
—Si tienes que romperle los huesos, hazlo. Si tienes que desaparecerlo… hazlo. Pero no me hagas perder el dinero.
Retrocedió un paso sin hacer ruido.
El pánico la envolvió como una marea helada.
Narcotráfico. Drogas. Muerte.
Lo que hasta ese momento había sido apenas una sospecha, un murmullo incómodo que siempre había preferido ignorar, ahora tenía palabras, órdenes, consecuencias. Su esposo no solo era violento. Era peligroso. Y ese peligro acababa de alcanzarla.
Su mundo se resquebrajaba.
Entonces, una voz pequeña, dulce, rompió el aire.
—Mami…
Paula giró de golpe.
Sergio estaba allí, parado en la puerta, mirándola con esos ojos enormes que todavía confiaban en ella para todo. Paula lo abrazó con desesperación, apretándolo contra su pecho, como si su cuerpo pudiera blindarlo del horror.
En ese instante, lo supo.
No era solo ella.
Era su hijo.
Francisco se dio vuelta al escuchar la voz infantil. Cuando vio a Paula, la furia le deformó el rostro. Caminó hacia ella sin dudar, la tomó del brazo con violencia y la empujó dentro de la habitación.
Paula cayó contra el sillón. El golpe le arrancó el aire.
No tuvo tiempo de incorporarse.
Los golpes llegaron uno tras otro. Secos. Brutales. Cada impacto le explotaba en el cuerpo. El dolor era intenso, pero más fuerte aún era la humillación. La certeza de que, para él, no era nada.
Intentó cubrirse. Intentó protegerse. No pudo.
Y entonces escuchó a Sergio llorar.
Ese sonido la atravesó de lado a lado.
Levantó la vista y vio algo que le heló la sangre: Francisco estaba girando hacia el niño. Su expresión era oscura. Descontrolada.
No lo pensó,ni lo dudo un segundo.
El miedo se transformó en algo más fuerte. Algo salvaje.
Se lanzó sobre él y empujó la lámpara de la mesa. El estruendo fue seco. Insuficiente. Se incorporó como pudo, vio el palo de golf apoyado en la esquina de la habitación como esperándola y lo tomó con ambas manos.
Golpeó.
Una sola vez con fuerza,con todo lo que tenía.
Francisco cayó al suelo con un golpe seco, inconsciente.
Pero el mundo no se detuvo ahí para ella.
Eso fue lo primero que Paula entendió.
El reloj siguió marcando los segundos. La casa siguió respirando. Ella permaneció de pie, con el palo de golf aún entre las manos, temblando. El miedo seguía ahí, intacto, latiendo con fuerza.
Durante un segundo pensó que podía estar muerto.
La idea la sacudió enteramente. Se acercó con cautela y un miedo terrible, vio el leve movimiento de su pecho. Respiraba. Estaba vivo.
Pero quizás no por mucho tiempo.
—Y si muere,iré a la cárcel... Hablo en voz alta .
Buscó a Sergio con la mirada. El niño lloraba en silencio ahora, aferrándose a ella como si supiera que algo había cambiado.
—Mamá está acá… —susurró—. Mamá está con vos.Vamos mi amor.Tu papa se durmió en el suelo,está jugando,vamos.
Mientras caminaba hacia la habitación, recuerdos que había evitado durante años se le agolparon en la mente.
Los gritos que se habían normalizado.
Miradas duras. Señales que había ignorado por miedo a quedarse sola.
La maleta estaba donde la había escondido días atrás esperándola sin ser llenada.
Verla fue una confirmación dolorosa: en el fondo, siempre había sabido que este día podía llegar.
Metió ropa sin doblar, sin pensar. Ropa de Sergio. Su osito. Documentos. Todo parecía poco. Todo parecía urgente.
Un ruido la hizo congelarse.
El corazón le golpeó con violencia.
Pero no fue Francisco. Fue un auto pasando afuera.
La vida seguía igual.
Cargó a Sergio en brazos y salió de la habitación. Cruzó la sala sin mirar atrás. No quería recordar nada de ese lugar.
En la puerta principal dudó.
¿Y si despertaba?
¿Y si la alcanzaba?
¿Y si nadie la ayudaba?
Miró a su hijo pequeño.
No podía dudar está vez.
Giró la manija con cuidado. El aire frío de la madrugada la envolvió de golpe. Caminó sin rumbo fijo al principio, alerta a cada sonido. No podía usar su auto. Sabía que tenía rastreador.
Cuando el taxi se detuvo, el alivio la hizo temblar.
—Al centro, por favor —pidió, con la voz rota.
Durante el trayecto miró por la ventanilla, esperando verlos. Nadie. Aún tenía una oportunidad.
Ana abrió la puerta sin hacer preguntas. La abrazó. Cerró con llave.
Horas después, con una taza caliente entre las manos, Paula entendió algo más profundo: no solo estaba huyendo de Francisco. Estaba huyendo de la mujer que había sido.
—Va a buscarte —dijo Ana—. No podés quedarte acá.
—Lo sé —susurró—. Pero no tengo a nadie más.
—Conozco a un abogado. Se llama Julián.
Cuando Julián la miró, entendió de inmediato.
—Si querés desaparecer —le dijo—, vamos a tener que hacerlo bien. Francisco es peligroso.
Paula miró a su hijo dormido en su regazo.
—Haría lo que fuera por él.
Julián asintió.
—Entonces, empecemos.
Y sin saberlo, Paula acababa de cruzar el punto de no retorno.
La vida que conocía había quedado atrás.
Ahora solo quedaba sobrevivir.