Bajo la tormentosa tempestad, el cuerpo de Fernandito fue sepultado; los suplicios y llantos ultrajaban el corazón de todos los ahí presentes. Después de una semana, Dania empacó sus cosas y bajó con lentitud las gradas. —Me voy, ahora que mi hijo ya no está, no tengo nada más que hacer aquí. —No es necesario... —intentó expresar Constanza. —Cierra la puerta cuando salgas —verbalizó Fernando y se dirigió al despacho. Tragando grueso, agarró su maleta y se propuso a salir. —¿Tienes dónde quedarte? —inquirió Constanza. —Iré a casa de mi hermano, te llamaré para cualquier cosa que necesite —comunicó y se marchó. Un mes había pasado; ya eran altas horas de la madrugada y Fernando no había llegado. Se encontraba junto a Josué y Enderson, matando sus penas. Los últimos años, las desgraci

